Rivera, "un príncipe ensimismado" que "antepone su ambición al interés de Cs y España"

Asier Martiarena
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. (Photo by Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images)
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. (Photo by Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images)

El curso político está encallado por la negativa de buena parte de los dirigentes de este país a hacer lo que se espera de su cargo: demostrar que tienen la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para garantizar el bien común en la sociedad. El problema es que, en España, hoy en día, no hay cultura de sentarse a negociar. La nueva política ha traído a escena dirigentes "ensimismados" consigo mismos y cómodamente posicionados en el "inmovilismo". Hasta el punto de evitar el contacto físico. Uno de ellos es Albert Rivera, el líder de Ciudadanos que ha ido modelando una personalidad que dista mucho de la que tenía cuando comenzó en política.

El cambio ha sido tan radical que sus propios excompañeros de viaje no lo reconocen y coinciden en calificarlo como "un príncipe cada vez más ensimismado y solitario". Esta definición es de Arcadi Espada, fundador de Ciudadanos, quien señala que "es difícil saber en qué momento exacto un hombre o una organización pierden el contacto con la realidad".

Pero también se han expresado, en la misma línea, Francesc de Carreras o Félix Ovejero. A lo que habría que sumar, además, varios perfiles publicados en El Mundo, La Vanguardia o El País, entre otros.

Dentro de esa soledad voluntaria de Albert Rivera, tan sólo se asoman unos pocos elegidos. La portavoz de Cs en el Congreso, Inés Arrimadas; el secretario de Organización de la formación, Fran Hervías; El Secretario General, José Manuel Villegas; y el secretario de Comunicación, Fernando de Páramo. Es lo que algunos dirigentes de Cs llaman el "círculo Malú"–, que no dudan en situar "más en el plano personal que político su decisión de apostar, todo o nada, por su llegada a la Moncloa en un plazo máximo de cuatro años". Y lo hará cueste lo que cueste. Como informa el periodista Iñaki Ellakuría, "aunque eso pueda suponer, si fracasa, la implosión de Cs como partido".

Es lo que otros críticos desencantados califican como "la arrogancia propia del que evita molestas burocracias intermedias". Porque Rivera y los suyos "pasaron de la nada al poder, sin pasar por la política", apuntalan.

Desde el grupo Prisa se dictamina que "Ciudadanos escenificó con inusitada crudeza su conversión en instrumento de un líder que antepone la ambición de poder a la fidelidad a los principios fundacionales de su formación y a las prioridades del contexto político español y europeo".

Con todo ese caldo de cultivo se entiende que "la ignorancia del principio de realidad y la insolvencia analítica han llevado a Cs a tomar una mala decisión respecto a las mayorías surgidas del 28-A", anteponiendo el interés personal al interés nacional... ignorando incluso que permitir la investidura del PSOE "pudiera ser bueno para España".

Espada insiste en que "no han sido capaces de concebir su potencia. No es nuevo: lo que impidió que Arrimadas se presentara a la investidura en Cataluña no fue una decisión estratégica, sino la pura impotencia intelectual y política". En El País lo resumen con esta frase: "La obsesión de Rivera por el poder expone el país al oscurantismo de Vox".