Jugar para ganar, el riesgo de presionar a los niños a ser los mejores

Jennifer Delgado
·6 min de lectura
Ser criados para competir pone en serio riesgo el equilibrio psicológico infantil. [Foto: Getty Images]
Ser criados para competir pone en serio riesgo el equilibrio psicológico infantil. [Foto: Getty Images]

Niños que se calzan las botas casi a diario para competir por un puesto en la selección infantil de fútbol.

Niños que se ponen el delantal y compiten por ser los mejores cocineros ante las cámaras de televisión.

Pequeños artistas que compiten para que los jueces los califiquen como prodigios.

Niñas que compiten en concursos de belleza a edades cada vez más tempranas.

La lista continúa…

En la década de 1980 se produjo una “explosión de hipercompetitividad” que no ha hecho sino aumentar, según advierte la socióloga Levey Friedman Hilary. Se ha producido un incremento significativo del número de niños que participan en actividades cada vez más profesionalizadas y altamente competitivas.

Sus padres los apoyan, motivan y hasta presionan para que internalicen la importancia de ganar y tener éxito. Y mientras corren de un entrenamiento a otro, de un casting a otro y de una clase a otra, los niños pierden su infancia.

Una crianza intensiva con la vista puesta en el éxito

Los padres controladores convierten a sus hijos en un apéndice de ellos mismos. [Foto: Getty Images]
Los padres controladores convierten a sus hijos en un apéndice de ellos mismos. [Foto: Getty Images]

Hacer lo que sea para que los hijos tengan éxito. Esa es la consigna de los padres que diseñan milimétricamente la vida de sus hijos, apuntándoles desde pequeños a los jardines de la infancia más elitistas, colegios privados y un sinfín de actividades extraescolares, solo para que tengan más oportunidades en la vida.

No es casual que los padres gasten ahora mucho más dinero en la crianza de sus hijos. Un estudio realizado en la Universidad de Emory reveló que los padres de la clase media alta han triplicado el gasto en la educación de sus hijos desde 1970 hasta 2010.

Suele tratarse de padres controladores, que creen saber lo que es mejor para sus hijos y, por tanto, toman decisiones constantemente en su lugar, un hábito del que no pueden desprenderse ni siquiera cuando sus hijos son mayores. Los monitorizan constantemente - quieren saber dónde están y qué están haciendo - para evitar que suceda algo que pueda convertirse en una barrera para el éxito que tanto desean.

Una encuesta realizada por The New York Yimes lo confirma. El 15 % de los padres de jóvenes de 18 a 28 años han llamado o enviado un mensaje de texto en algún momento a sus hijos para asegurarse de que no se durmieran durante una clase o examen. El 14% les indicó qué carrera debían estudiar. El 76% les recordaban las fechas límite que debían cumplir en la universidad y el 8% había contactado a profesores de la universidad para discutir las calificaciones de sus hijos.

Estas cifras son tan solo la punta de un iceberg mucho más profundo y enraizado en la mentalidad del éxito y la competición. Los padres que abrazan esta mentalidad convierten a sus hijos en un apéndice de ellos mismos, viven a través de ellos, quieren que logren lo que ellos no lograron y los ven como un trofeo del cual presumir delante de otros padres. Para lograrlo, a menudo limitan su tiempo de juego y contactos sociales, arrebatándoles así parte de su infancia.

La obsesión por el éxito causa estrés, ansiedad y depresión en niños y jóvenes

Los trofeos y los títulos no son más importantes que los valores, las emociones y las habilidades de afrontamiento. [Foto: Getty Creative]
Los trofeos y los títulos no son más importantes que los valores, las emociones y las habilidades de afrontamiento. [Foto: Getty Creative]

Todos los padres quieren “lo mejor” para sus hijos. Es comprensible. El mundo laboral se ha vuelto más competitivo y las perspectivas económicas de los jóvenes de hoy son peores que las de sus padres. Ese escenario les añade una gran presión. El deseo de ser los mejores padres les lleva a querer dar a sus hijos todas las ventajas posibles para que tengan éxito en la vida.

El problema es que olvidan una variable fundamental en la ecuación: la felicidad. Cometen el error de pensar que los trofeos y los títulos son más importantes que los valores, las emociones y las habilidades de afrontamiento, de manera que pueden terminar preparando a sus hijos para que desarrollen “ventajas” que luego se traducen en limitaciones.

Presionar a los niños para que sean los mejores pone sobre los hombros infantiles expectativas demasiado pesadas que su frágil andamio psicológico no puede soportar. Les transmiten la idea de que solo valen por lo que logran - no por lo que son - lo cual termina haciendo que esos niños sean dependientes de la validación y valoración externa. Como resultado de ese enfoque obsesivo en el éxito, a menudo los niños desarrollan una autoestima frágil que depende del reconocimiento de los demás.

De hecho, psicólogos de la Universidad de Arizona revelaron que los jóvenes con padres más controladores y presionantes tenían menos autoconfianza y solían pensar que merecían favores especiales por parte de los profesores.

Otro estudio clásico reveló que una educación centrada en los resultados y no en el esfuerzo, basada en el elogio de determinadas capacidades, hace que los niños disfruten menos de las tareas, cometan más errores, desarrollen miedo al fracaso y eviten los retos. Es justo lo contrario de lo que se pretende lograr con una educación intensiva centrada en la competición y el éxito.

La presión por competir y triunfar termina afectando el estado psicológico de los niños y jóvenes. La ansiedad de los padres por el éxito de sus hijos aumenta los niveles de narcisismo de estos y les conduce a aplicar estrategias de afrontamiento más ineficaces que aumentan a su vez su nivel de estrés y ansiedad cerrando un círculo vicioso que se autoalimenta, según un estudio de la Universidad de Arizona.

Como resultado, investigadores de la Universidad de Tennessee y la Universidad de Mary Washington comprobaron que los hijos de padres controladores se sienten menos satisfechos con su vida. Su bienestar psicológico está fracturado y son más propensos a desarrollar depresión y ansiedad, hasta el punto de necesitar terapia medicamentosa para afrontar esos trastornos.

Los niños necesitan ser felices, no ser los mejores

El objetivo no es vencer al otro sino superarse a sí mismo mientras se disfruta del camino. [Foto: Getty Images]
El objetivo no es vencer al otro sino superarse a sí mismo mientras se disfruta del camino. [Foto: Getty Images]

Echar la culpa a los padres no es útil. Los padres muchas veces reflejan la sociedad sin pensar demasiado y es lógico que quieran proteger y preparar a sus hijos para la vida. Sin embargo, necesitan comprender que, con vistas a un desarrollo más integral y saludable de la personalidad, no es conveniente someter a los niños a una presión excesiva por ser los mejores mientras se les arrebata la posibilidad de disfrutar de su infancia.

La clave radica en el equilibrio.

La infancia es una etapa de aprendizaje, pero también debe ser sinónimo de alegría y diversión. Los niños deben tener tiempo para dejar volar su imaginación, jugar con otros niños e incluso aburrirse. Los niños necesitan tiempo para ser niños. Pero, sobre todo, necesitan que los dejen ser niños.

El problema no es competir, sino los objetivos que se marcan en esa competición. La meta no es llegar el primero para llamar la atención y acaparar elogios. El objetivo no es vencer al otro sino superarse a sí mismo y, sobre todo, disfrutar del camino. Si los padres no transmiten esa idea, les estarán fallando a sus hijos.

Más historias que te pueden interesar

¿Cómo educar a tu hijo sin sobreprotegerlo?

Los padres controladores causan daños a sus hijos de por vida, según un estudio

Niños de Invernadero: Los peligros de la sobreprotección y sobreexigencia parental