Los riesgos de la polarización afectiva en pandemia

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Frente a una polarización de tipo ideológico, otra polarización asociada a sentimientos emerge en tiempos de pandemia. Mientras que la ideológica (o política) se refiere al posicionamiento de los partidos políticos y la ciudadanía sobre determinados temas sociales, la afectiva (o partidismo) es la tendencia a identificar negativamente a partidarios de otros grupos opositores y positivamente a los del grupo propio.

La polarización afectiva representa un identificador individual poderoso por su temprana edad de adquisición, relativa estabilidad temporal o influencia sobre la participación electoral.

Entre las razones por las que debe preocuparnos se encuentran la radicalización, los desacuerdos cruzados, la influencia de las cámaras de eco o el exceso de riesgo de contraer covid-19.

El patrón de evolución de la polarización afectiva entre 1993 y 2019 en España sigue oscilaciones relativas al contexto electoral del momento. En general, mantiene una tendencia de crecimiento leve, con picos coincidentes con la celebración de elecciones. Aumentos en los niveles de polarización afectiva son explicados por la desigualdad, el desempleo, o la fragmentación del sistema de partidos.

Desconfianza en quienes no comparten nuestra ideología

El complejo escenario político y mediático resultante de las elecciones generales de 2019 en España ha desembocado en constantes episodios de polarización y crispación entre grupos con diferente ideología. Este efecto se ha trasladado a la sociedad hasta el punto de que algunas personas desconfían de quienes no comparten su ideología. En consecuencia, se preocupan más de lo que creen, piensan y sienten sobre los demás que a sus propias creencias, opiniones y sentimientos. Esto manifiesta cierto problema de percepción unidos a un sentimiento de animadversión.

Precisamente, los resultados de una encuesta reciente sugieren que la polarización afectiva ha originado una brecha perceptiva en la sociedad española. Dicha brecha estaría determinada por bloques ideológicamente divididos que sienten (falsamente) los valores de los opositores muy alejados de los suyos. Asimismo, argumentan una polarización afectiva (errónea) en temas marcados por narrativas culturales.

Polarización afectiva y exceso de mortalidad por el virus

Una investigación realizada durante la primera ola de la pandemia de covid-19 en 19 naciones europeas (incluida España) determinó relación entre polarización afectiva y exceso de mortalidad por el virus. Estudios paralelos sugieren que la polarización y la gobernación descentralizada podrían haber obstaculizado la eficiencia de la respuesta de España durante la primera ola. Otras investigaciones proponen que la pandemia ha originado una polarización en las creencias dependiente de la ideología política.

Dos estrategias de intervención procedentes de modelos de psicología social se han mostrado prometedoras en Estados Unidos para reducir la polarización afectiva:

  1. Corrección de percepciones erróneas. En esencia, a la gente le desagradan otros grupos porque los perciben (erróneamente) bastante diferentes a ellos. Cuando se corrige esta falsa percepción, es posible cerciorarse de que el otro grupo es más similar de lo que inicialmente se pensaba, por lo que la aversión disminuye.

  2. Cambio en la prioridad de las identidades partidistas. Normalmente, ambos grupos partidistas perciben al contrario como desagradable. Sin embargo, es posible minimizar la aversión cuando se considera que forman parte de un grupo común más amplio que incluya a ambos. Es decir, cuando se enfatiza lo que une en lugar de lo que diferencia y divide, la aversión disminuye.

Otra alternativa podría basarse en la teoría del contacto intergrupal. Esta teoría propone que el contacto entre grupos reduce el prejuicio y el conflicto siempre que exista igualdad de estatus, objetivos comunes, cooperación y apoyo social e institucional.

Determinar si existen problemas de polarización afectiva sobre nuestro razonamiento requiere la capacidad de distinguir entre expresiones de actitudes ideológicas (creencias u opiniones) frente a afectivas (deseos, intuiciones o sentimientos). Esto no es sencillo, puesto que ambos tipos de actitudes se confunden frecuentemente. En estos casos, las falsas percepciones se traducen en sesgos cognitivos. Los sesgos son distorsiones de nuestra mente que afectan a cómo percibimos la realidad y, por ende, al razonamiento.

La importancia del razonamiento

Para comprender la relevancia de los sesgos, Kahneman presenta una perspectiva simplificada del cerebro mediante dos sistemas.

El sistema uno es rápido, intuitivo, emocional y está expuesto a sesgos. Por el contrario, el sistema dos es más lento, costoso, deliberativo y lógico. El autor expone la extraordinaria capacidad del sistema uno cuando razonamos, revelando el fuerte impacto de las impresiones intuitivas y los sesgos sobre el razonamiento.

Por ejemplo, el razonamiento motivado es un sesgo resultante de la influencia de la motivación (creencias, intuiciones, deseos o preferencias) sobre los razonamientos y decisiones hipotéticamente racionales. Según el razonamiento motivado, cuando razonamos tenemos una alta probabilidad de llegar a conclusiones que nos den la razón –incluso de forma inconsciente–. Es como si de antemano tuviéramos motivación emocional extra para confirmar nuestras creencias. En política también ocurre y es pernicioso.

Curiosidad y humildad

Para reducir el impacto del razonamiento motivado, Galef invita a adoptar identidad de explorador.

Esto implicaría cultivar actitudes tales como curiosidad, apertura a la experiencia o humildad. Aunque la invitación no está exenta de críticas, lo interesante es que tales actitudes no dependen del cociente intelectual o de las competencias técnicas, sino de la inteligencia emocional.

A fin de cuentas, ¿cómo afrontaría un exceso de polarización afectiva en tiempos de pandemia? ¿Tratando de mantener sus propios ideales, o tratando de percibir y entender al prójimo lo más claramente posible?

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Martín Martínez Villar no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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