Los grandes retos en salud pública que la política debe afrontar sin mirar a otro lado

Francisco José Esteban Ruiz, Profesor Titular de Biología Celular, Universidad de Jaén
·4 min de lectura
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Nuestro orgullo patrio de disfrutar de uno de los mejores sistemas de salud del mundo se ha desinflado casi por completo durante este último año. La pandemia por COVID-19 ha puesto de manifiesto que el sistema sanitario español es mucho más frágil de lo que podríamos esperar. Tantos son sus puntos débiles, que lo han llevado rápidamente al colapso.

Más aún, la crisis sanitaria global en la que estamos inmersos ha sacado a la palestra, a la calle y a los medios de comunicación, la importancia y la repercusión que tiene la falta de apoyo en nuestro país a la investigación científica, tanto básica como aplicada.

La pandemia ha evidenciado que las medidas políticas de los últimos años no han sido las más apropiadas para facilitar el avance del conocimiento científico. Algo fundamental teniendo en cuenta que la ciencia nos proporciona planes, herramientas, fármacos y vacunas para responder de un modo eficiente tanto a los grandes problemas de salud pública como a la desestabilización socioeconómica que, desafortunadamente, suele acompañarlos.

A grandes males, grandes remedios

Puesto que se atribuye a un aforismo de Hipócrates este conocido refrán, parece evidente que llevamos más de dos mil años haciendo prevalecer la eficacia sobre la eficiencia. Sí, matamos a las moscas, pero a cañonazos. Más fácil –y con menos coste y repercusión– es hacerlo con un matamoscas.

La dificultad de este método es que tenemos que seguir el vuelo y ejecutar el movimiento en el momento adecuado, lo que implica que hemos de estar preparados y pendientes, y ser lo más certeros posible. Pero así, en uno o muy pocos intentos conseguiríamos nuestro objetivo.

Con esto no quiero decir que las drásticas medidas que se tomaron al comienzo de la pandemia no fueran justificadas. La infección global nos cogió por sorpresa, pese a que tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como el Consejo de Inteligencia de los EEUU llevaban años instando a prepararnos para hacer frente a una más que probable pandemia.

Además, no teníamos ni idea ni de la capacidad infectiva del nuevo virus ni de sus efectos sobre la salud. Evidentemente, y en eso estamos todos de acuerdo, ante la duda lo más importante era salvar vidas. La situación requirió evitar al máximo la posibilidad de contagios hasta tener claro, en su caso, cuales eran los principales grupos de riesgo, con el fin de protegerlos.

Por otro lado, rápidamente nos dimos cuenta de que era necesario reforzar los sistemas de salud con medios y personal, principalmente las unidades de cuidados intensivos. Algo que no se podía hacer de un día para otro.

Sin embargo, todavía queda la duda de si los costes socioeconómicos que arrastramos a partir de aquella primera crítica ola no superan con creces las cantidades que podrían haberse dedicado desde el primer momento a proteger, a capa y espada, a la población de riesgo y a reforzar el sistema sanitario. Y qué decir sobre los costes que conllevan los retrasos en la vacunación.

Los nuevos grandes retos en salud pública

El pasado año, la Organización Mundial de la Salud publicó un listado de trece retos prioritarios en salud pública. Aunque abordarlos no es sencillo, requieren una respuesta inmediata que debe partir de una elección política tanto local como global.

Los grandes retos (sin que el orden implique prioridad) son:

  • Incorporar a la salud al debate climático, teniendo en cuenta tanto los efectos de la contaminación en el desarrollo de enfermedades crónicas como la influencia del clima extremo en la malnutrición y las enfermedades infecciosas.

  • Llevar salud a lugares en conflicto y crisis, con material y recursos humanos.

  • Lograr que la atención sanitaria sea más justa, a nivel infantil, de igualdad de género, nutricional y de salud mental.

  • Permitir el acceso global a los diagnósticos, tratamientos y medicamentos, y combatir las terapias no adecuadas.

  • Detener las enfermedades infecciosas, promoviendo vacunaciones y mitigando los efectos de la resistencia a fármacos.

  • Estar preparados para futuras pandemias, reforzando los sistemas de salud.

  • Proteger a la población de los alimentos no saludables –dietas basura, bebidas azucaradas, alcohol y tabaco– y promover el acceso a una alimentación sana.

  • Invertir en profesionales de la salud, a cualquier nivel y con dedicación y sueldos adecuados.

  • Proteger a los adolescentes, principalmente de accidentes de tráfico, de enfermedades de transmisión sexual, del suicidio y del uso de drogas.

  • Ganarse la confianza de la población, proporcionando información fiable y adecuada y educando en salud.

  • Regular el uso de las nuevas tecnologías, como la edición del genoma humano y la salud digital.

  • Controlar el consumo de los medicamentos que nos protegen, con especial énfasis en reducir la amenaza de la resistencia a los antibióticos.

  • Implementar condiciones de higiene sanitarias básicas adecuadas allí donde sea necesario.

Tal y como declaró el director de la OMS, Tedros Adhanom, “tenemos que ser conscientes de que la salud es una inversión para el futuro”. “Los países invierten mucho en proteger a su población de los ataques terroristas, pero no del ataque de un virus, que podría ser mucho más mortal y dañino económica y socialmente”, reflexiona Adhanom. “Una pandemia podría poner de rodillas a la economía y a las naciones”.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos de la Universidad de Jaén (PAIUJA-EI_CTS02_2019) y de la Junta de Andalucía (BIO-302).