Residentes de Miami Beach, sitiados por el frenesí de una invasión turista

Leila MACOR
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No todo es descontrol en Miami Beach. A pocas cuadras de los miles de turistas estadounidenses que en su etílico frenesí han forzado un estado de emergencia, los residentes hacen yoga en la playa al amanecer y recogen la basura que dejan los visitantes tras sus pasos.

Una decena de madrugadores, la mayoría residentes de Miami Beach, se reúne frente a una caseta salvavidas en la playa. La clase de yoga comienza cuando el Sol se asoma en Florida.

Circulan vehículos que tamizan la arena; solo la basura que recogen atestigua la parranda de la noche anterior.

"Han sido días difíciles con las vacaciones de primavera", dice Radha Silva, la instructora. "Como residentes, somos cautelosos y preferimos hacernos a un lado y venir a la playa temprano en la mañana".

En los 10 años que lleva viviendo en Miami Beach, esta "yogui" brasileña de 49 años nunca vio una multitud así. "Supongo que es por la pandemia, o por lo que sea que la gente está atravesando".

Todos los marzos, esta pequeña isla en el sur de Florida es destino de miles de turistas, sobre todo estudiantes, que vienen de todo el país en busca de clima cálido, arena blanca y vida nocturna.

Pero, este año, la ciudad ha estado desbordada por un número inusual de turistas que festejan con un particular sentido del desquite luego de un año de tristeza y privaciones.

Bailan en los techos de los coches, twerkean semidesnudos mientras pasan las botellas de mano en mano, celebrando lo que perciben -erróneamente- como el fin de la pandemia, en un jolgorio que ha producido estampidas, riñas y algún disparo al aire.

"Uno está aquí disfrutando la playa, sabes, es una buena vibra", dice Joseph, un joven turista de Nueva Jersey. "Corona se acabó, el invierno se acabó, vacúnense, vuelvan a la normalidad".

Sin embargo, la "buena vibra" se fue de las manos y, desde febrero, la policía confiscó 80 armas e hizo más de 1.000 arrestos, cerca de 400 de ellos por delitos graves.

El lunes, además, se informó del arresto de dos hombres por drogar y violar a una mujer, que fue hallada muerta luego en su habitación de hotel.

- Sitiados en su ciudad -

En respuesta, las autoridades impusieron un toque de queda los fines de semana en las calles más turísticas, que será válido hasta mediados de abril, y ordenaron el cierre por las noches de los tres puentes que conectan la isla con Miami.

Pero a solo unas cuadras de la zona de fiesta en Ocean Drive, el resto de Miami Beach es un apacible vecindario de clase trabajadora, donde conviven personas de todas partes del mundo.

Muchos residentes son empleados de los restaurantes y hoteles de las costas y se desplazan en bicicleta con el perezoso ritmo que marcan la playa y el calor.

Hacen sus compras en mercaditos barriales en las que se venden desde empanadas argentinas hasta ajdar serbio, con "ventanitas" cubanas donde se sirve café colado y cuyos dependientes hablan una mezcla de italiano, inglés y español.

Por eso, la actual situación es frustrante para muchos. Al caer la tarde, Sophie Ringel recorre la playa recogiendo los desechos que la ciudad no alcanza a retirar a pesar de que la limpia dos veces al día.

"No me gusta recoger la basura de otra gente", dice esta contadora y ambientalista alemana de 36 años. "Pero dejarla en la naturaleza es aún peor".

"Los vacacionistas están destruyendo nuestra ciudad en muchos niveles, es un desastre completo", comenta a la AFP.

"El toque de queda y las restricciones afectan nuestra vida diaria como residentes", añade, "y me siento insegura en mi propia ciudad".

Su grupo, Clean Miami Beach, ha recogido 10.000 Kg de basura de las playas desde que lo fundó en 2019.

El problema es que, si bien muchos temen lo inmanejable que se ha vuelto la multitud, también dependen del turismo para sobrevivir.

Tania Dean, una barista inglesa que lleva 21 años en Miami Beach, admite que estos días le da miedo pasear a su perro en las noches, pero cree que recurrir a la represión policial "es como vaciar el océano con una cuchara".

"Amo a los turistas. Pagan mis facturas", dice la mujer de 49 años. "Es muy fácil poner a los turistas en el papel de villanos, pero ellos no son el problema, el problema es la administración de la ciudad".

lm/dga