¿Existe relación entre la inmigración y el aumento del voto extremista en España?

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Un grupo de personas migrantes en el Metro de Barcelona. Shutterstock / Tanya Keisha

Tras la gran recesión, y en la medida en que la precariedad avanzaba en nuestra sociedad, se instaló en el debate público la idea de que las relaciones entre inmigrantes y nativos se quebrarían progresivamente debido a la competencia por recursos escasos, creciendo la hostilidad hacia los primeros. Pero la realidad es que dicha hipótesis sobre el conflicto grupal creciente no se ha cumplido.

El libro Lo que esconde el sosiego, escrito por investigadores del Instituto de Estudios sobre Migraciones y editado por FOESSA, viene a mostrar que las relaciones entre ambos grupos siguen siendo, aunque distantes, cordiales y tranquilas. Una coexistencia pacífica y unas actitudes sosegadas hacia la inmigración que, en el caso español, se han convertido en un rasgo excepcional si lo comparamos con otros países del entorno.

Prejuicios étnicos

Ahora bien, bajo esta primera capa de sosiego hay que señalar la existencia de un fuerte prejuicio étnico grupal hacia la población de origen inmigrante (POI) que representa al otro inmigrante, generalmente de forma sutil, como diferente, extraño e inferior. Un prejuicio que justifica que los nativos, por el simple hecho de serlo, ocupen una posición de preferencia en los diferentes ámbitos de nuestra sociedad (mercado de trabajo, protección social, sistema educativo…), mientras que las personas de origen inmigrante deban ajustarse a posiciones secundarias en dichas áreas.

Muchos autóctonos procedentes de los sectores populares sienten que esta “ventaja nativa” se ve amenazada por el arraigo e integración de las personas de origen inmigrante. Se trata de una representación estereotipada –y falsa– sobre los inmigrantes que está fuertemente extendida entre la población nativa, aunque en diverso grado y medida.

Este prejuicio grupal se ha activado en los barrios populares durante estos años de crisis y precariado, y han crecido aquellos discursos que representan a la inmigración como amenaza socioeconómica y comunitaria, con argumentos como que quitan los trabajos, acaparan las ayudas sociales o destruyen la convivencia en el barrio.

Todo ello acaba culpando a la inmigración de los problemas sociales de origen político y estructural que viven los sectores populares, que reclaman medidas preferentistas que pongan en primer lugar a los autóctonos por encima de las personas de origen inmigrante que, aunque ya pertenecen a nuestra sociedad, deben seguir ocupando posiciones secundarias en ella.

¿Más votos en la derecha extrema por la inmigración?

El prejuicio grupal hacia la inmigración se ha manifestado durante estos años en la vida de dichos barrios bajo la forma de actitudes de recelo y hostilidad, de comentarios estereotipados en las conversaciones diarias, y de comportamientos agresivos y hostiles hacia las personas de origen inmigrante.

Ahora bien, y esto hay que subrayarlo con claridad, hasta el momento, dichas manifestaciones y discursos no se han transformado ni en conflictos políticos ni sociales. No han producido episodios de hostigamiento y violencia comunitaria hacia las personas de origen inmigrante en dichos barrios. Ni han alimentado el ascenso y el voto a partidos de derecha extrema y xenófoba en España. O, dicho de otro modo, el ascenso electoral de dichos partidos se debe, más que al sentimiento y el voto antiinmigrante, a otras fuerzas, como la cuestión nacional o la propia ideología conservadora de sus votantes.

¿Por qué? Porque en España han existido fuerzas que han impedido el avance y la legitimidad de movimientos y posiciones antiinmigrantes. Fuerzas como el consenso democrático entre partidos políticos para no utilizar la inmigración como arma electoral, las políticas de integración social de corte universalista, el contacto intergrupal creciente, la memoria inmigrante de los sectores populares…

¿Existe racismo estructural?

A pesar de la importancia de los factores anteriores, hay que señalar que la cuestión que posiblemente esté ayudando más a contener el crecimiento de la hostilidad en España sea el llamado racismo estructural. La crisis, así, a pesar de haber castigado con fuerza tanto a nativos como a inmigrantes, lo ha hecho con mayor fuerza a estos últimos.

Los nativos, por tanto, siguen ocupando las mejores posiciones económicas y laborales, mientras que las personas de origen inmigrante siguen concentradas al fondo de la estructura social. Una ventaja nativa que se ha mantenido en el tiempo y que, sin duda, ha ayudado a desactivar el sentimiento de amenaza y la hostilidad hacia la inmigración.

¿Aguantarán estos factores manteniendo el sosiego y la tranquilidad intergrupal actual? La respuesta no la sabemos, pero ciertamente hay indicios de que, si no se interviene con urgencia y firmeza política y presupuestaria sobre la cuestión, a través de políticas de cohesión social y gestión de la diversidad, la situación podría cambiar rápidamente.

Y estos indicios son, entre otros, un profundo malestar social en los barrios populares, donde el precariado se ha convertido en el horizonte vital para cientos de familias y jóvenes, la existencia de un fuerte y arraigado prejuicio sobre los inmigrantes entre la población nativa, y la existencia de posiciones de derecha extrema que han decidido romper el consenso democrático que, sin ningún reparo sobre sus propios prejuicios, utilizan la inmigración como señuelo electoral.

Los prejuicios deber ser trabajados a diferentes niveles, personal, educativo y mediático, hasta concienciarnos de que la población de origen inmigrante ya forma parte del país que somos y seremos.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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