Las reiteradas vidas del genocidio armenio

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Hace 107 años, el pueblo armenio atravesó por uno de los fragmentos más sombríos de su historia contemporánea. El genocidio armenio consistió en un plan sistemático implementado por las autoridades del Imperio Otomano, que inició con el Sultán Hamid, continuó con los Jóvenes Turcos y culminó con Kemal Ataturk, el padre de la Turquía moderna.

El 24 de abril de 1915 es la fecha simbólica del inicio del proceso genocida, cuando arrestaron y decapitaron a cientos de intelectuales y políticos armenios en Constantinopla. La agitación de la Primera Guerra Mundial encubrió el plan panturquista de crear un Estado homogéneo compuesto por turcos musulmanes. Los armenios y otras minorías, como asirios y griegos, no cabían en los planes de los ideólogos otomanos.

De este modo, prevaleció la luz verde para el exterminio del pueblo armenio, que arrastró la vida de un millón y medio de civiles. El procedimiento incluía el reclutamiento de la fuerza masculina en el Ejército turco, donde los hombres fueron explotados para realizar trabajos forzados y luego, aniquilados. Las mujeres, niños y ancianos fueron sometidos a métodos de tortura brutales y deportados mediante las “caravanas de la muerte” hacia los desiertos de Siria y Mesopotamia. En este escenario extremo, abundaron las muertes por desnutrición, enfermedades y fusilamientos.

Años posteriores, el Imperio Otomano colapsó y depositó su legado en la nueva República de Turquía. Así, procedió el camino hacia el negacionismo del genocidio armenio, a través de un firme empeño por tergiversar la historia por parte de los sucesivos gobiernos turcos. En el presente, la Turquía liderada por Recep Tayyip Erdogan se esfuerza por cubrir su pasado mediante un lobby globalmente expandido, que reemplaza el término “genocidio” por el de “guerra”.

Hacia la normalización de relaciones entre Armenia y Turquía

Sobre las bases de la negación del genocidio y los reclamos desatendidos del pueblo armenio, a comienzos de este año los gobiernos de Armenia y Turquía iniciaron el diálogo para reestablecer su vínculo. Para llevar adelante este proceso, cada país asignó a representantes especiales y, al margen, se reactivó el transporte aéreo con vuelos entre Estambul y Ereván, suspendidos hace dos años.

De acuerdo a los mandatarios, la reanudación de los lazos bilaterales está enfocada a consolidar las comunicaciones y la cooperación económica de la región. En este sentido, el relanzamiento del ferrocarril y las carreteras armenio-turcas constituye uno de los proyectos principales. Según el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, “la paz, la estabilidad y la cooperación son metas deseables y fáciles de anunciar, pero su implementación requiere esfuerzos pragmáticos razonables, cuidadosamente pensados. Y la República de Armenia está dispuesta a hacer esos esfuerzos”.

La relación entre los países vecinos fue históricamente tirante y atravesada por tensiones territoriales. Esta rispidez bloqueó todas sus conexiones terrestres a partir de la primera guerra de Nagorno Karabaj en 1993. La última edición de este enfrentamiento bélico en 2020 fue el motivo para desvanecer aún más los acercamientos diplomáticos entre Armenia y Turquía, cuando las autoridades turcas respaldaron la agresión de Azerbaiyán sobre el territorio en disputa.

La continuidad de la armenofobia turco-azerí

En este proceso de normalización de relaciones con Armenia, Turquía no ignoró a su aliada Azerbaiyán; por el contrario, el ministro de Relaciones Exteriores, Mevlüt Çavuşoğlu, aseguró que cualquier paso en este sentido sería consultado con las autoridades azerbaiyanas.

El apoyo de Turquía a Azerbaiyán en la última guerra de Nagorno Karabaj a partir del 27 de septiembre de 2020 fue contundente. La provisión de armamentos - drones Bayraktar TB2-, como así también el envío de unidades de fuerzas especiales del Ejército turco y mercenarios sirios, que llegaron al campo de batalla desde Turquía para enfrentarse al Ejército de Defensa armenio, fueron prueba de ello.

La alianza militar turco-azerí no es una incógnita. En este contexto, el 15 de junio de 2021 los mandatarios Recep Tayyip Erdogan e Ihlam Aliev firmaron la Declaración de Shushi que supone la expansión de sus relaciones y esfuerzos conjuntos para resolver cuestiones de seguridad regional y global. El documento implica la asistencia mutua en caso de amenazas o ataques a su independencia o integridad territorial por parte de un tercer estado.

De este modo, el apoyo turco, reiteradamente negado por el presidente azerbaiyano durante la guerra de Nagorno Karabaj, encontró en esta declaración un marco legal para cualquier evento futuro. Tampoco es un misterio que los ejércitos de ambos estados organizan ejercicios militares conjuntos en territorios recientemente ocupados, lo cual se considera un acto provocativo para la parte armenia.

Como consecuencia de la guerra, Azerbaiyán logró la ocupación de más del 70% de la superficie de Nagorno Karabaj y desalojó a más de 40.000 habitantes que se convirtieron en refugiados. Las históricas imágenes de las caravanas de desterrados de 1915 retornaron a la memoria colectiva de la sociedad armenia.

A su turno, reflotó el riesgo de destrucción del patrimonio cultural localizado en territorio actualmente controlado por las tropas azeríes. El plan de demolición cultural se ha aferrado a los estratos estatales de Azerbaiyán. Su evidencia más reciente es la creación de un grupo de trabajo para destruir la herencia cultural armenia de las regiones ocupadas de Nagorno Karabaj y territorios circundantes bajo la iniciativa del Ministerio de Cultura de Azerbaiyán.

En febrero, el ministro Anar Karimov manifestó que el plan tiene el fin de “eliminar las huellas ficticias dejadas por los armenios”, encubriendo su objetivo de reforzar el cuestionamiento a la existencia histórica de armenios en esas tierras.

Las hostilidades de Azerbaiyán sobre la línea de contacto con Armenia y Nagorno Karabaj, incluyendo agresiones a asentamientos poblacionales, han renovado la política negacionista del genocidio armenio de Turquía. El ideal panturquista se ha reactivado en la región alimentada por la armenofobia que no ha perecido en 1915, sino por el contrario, continúa siendo el motor de las acciones de sus gobiernos.

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