Los refugiados sirios en Turquía se quedan en el país

Ezzedine SAID
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Algunos logran salir adelante, pero a muchos les va mal, incluso muy mal. Los sirios refugiados en Turquía sueñan con volver a su país, pero no piensan moverse hasta que Bashar Al Asad deje el poder.

De los cerca de 5,6 millones de sirios que se han exiliado en diez años de conflicto, más de 3,6 millones se han refugiado en Turquía, alterando profundamente la demografía de las provincias fronterizas turcas, como Gaziantep y Hatay.

Según las cifras oficiales, en Gaziantep hay unos 450.000 refugiados sirios, es decir, uno de cada cinco habitantes.

La mayoría de ellos proceden de la ciudad martirizada de Alepo, 110 km al otro lado de la frontera, y de su región.

Abtini abandonó Alepo en 2013 junto a sus padres, hermanos, esposa e hijos "para huir de los barriles de explosivos del régimen lanzados sobre nuestro barrio". Uno de sus hermanos murió en uno de los bombardeos.

- Abandonar todo -

El negocio está en auge, admite Abtini, pero no dudará en volver a Siria si el régimen es derrocado. "Hemos dejado atrás negocios, casas y una gran granja", explica.

En esta parte de la avenida Inonu, más conocida como el bazar iraní, la mayoría de los comercios están regentados por sirios, aunque los nombres de las fachadas de las tiendas están escritos en alfabeto turco, como exige la ley.

En su pequeña peluquería, Mohamad Abu Al Nar, de 28 años, y sus clientes rehacen el mundo y especulan sobre el fin del conflicto.

"Si vuelvo a casa ahora, me encarcelarán y nadie sabrá de mí, sobre todo porque soy un desertor del ejército y hay muchos como yo en Turquía", dice el barbero mientras hunde sus tijeras en la melena canosa de un cliente.

- Tal vez algún día -

Si bien los comerciantes de la avenida Inonu construyeron una nueva vida en Gaziantep, otros sirios también viven allí, bajo distintas condiciones.

Es el caso de Zeina Alawi, que perdió a su marido en un atentado en 2014. Vive con sus cuatro hijas y sus dos hijos en un apartamento miserable en un barrio igualmente miserable no muy lejos del centro de la ciudad.

La pandemia la despojó de sus trabajos ocasionales y depende de benefactores para alimentar a su familia y pagar el equivalente a 60 dólares de alquiler.

Calentada gracias a una estufa de carbón, la habitación principal de su apartamento está amueblada con dos colchones y un viejo sofá a rayas. Sin perspectivas de volver, recuerda su país con nostalgia.

Ahd Al Wali, tendera y confidente de muchas familias sirias del barrio, abandonó Alepo con su único hijo en 2014, un año después de la muerte de un marido que luchaba contra las fuerzas del régimen. "¿Cómo voy a volver allí (ahora)?", se pregunta esta mujer siria de 39 años en su pequeña tienda, donde la pizarra es el medio de pago preferido por sus indigentes clientes sirios.

"¿Me imagino caminando por la calle, viendo su retrato colgado en medio de la destrucción que él mismo causó, por no hablar de los niños y mujeres que mató? Por supuesto que no", añade.

Una inscripción en inglés pegada en una pared cerca de la tienda de comestibles parece resumir los sentimientos del pueblo sirio sobre el regreso a casa: "Maybe one day". Tal vez algún día.

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