A los que están poniendo calaveras por las calles: obligar a morir a alguien entre dolores terribles es tortura.

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Ya que vivo en una sociedad en la que no puedo escoger muchas cosas, sí que quiero tener libertad para decidir cómo morirme.

En realidad, lo que quiero es tener libertad para decidir si me muero con o sin dolor. Si me muero sufriendo o sin sufrir. Si me muero agonizando o si prefiero no pasar por una agonía absurda. Si quiero alargar mi tormento o escojo irme en paz, en un lugar que elija y rodeada por las personas que yo quiera tener a mi lado.

Si alguien está enfermo, y ha llegado al punto de la enfermedad en la que, entre dolores tremendos, sólo le queda esperar a la muerte un suplicio absurdo, en la que está pasando por un grave sufrimiento irreversible ¿por qué obligarle?

Y obligarle es la clave aquí. ¿Qué derecho tenemos a obligar a alguien a sufrir cuando cada hora ese sufrimiento será peor y cuando sólo le espera la muerte?

No estamos hablando de un sufrimiento habitual, sino de los dolores de la última etapa del cuerpo hacia la muerte. La fase final de un cáncer, por ejemplo. Todo el que ha estado junto a la cama de un moribundo sabe de lo que estoy hablando. ¿Quién nos creemos, como sociedad, a obligarle a ese daño?

Le estamos torturando, de hecho. Y si alguien quiere pasar por el proceso, que lo haga. Cada uno debe tener libertad de elegir. Pero, ¿y si no es así? Si alguien no quiere sufrir, ahora le estamos obligando a hacerlo.

Lona contra la eutanasia en el Paseo de la Habana de Madrid.
Lona contra la eutanasia en el Paseo de la Habana de Madrid.

Pero el derecho a morir con la dignidad que uno elija es, para Vox, una decisión de “consecuencias aterradoras” que convierte a la sociedad, y al gobierno, “en el señor de la vida y la muerte de las personas”, en un “asesino”. Para el PP, morir con dignidad abrirá “heridas difíciles de cerrar”.

Quieren obligarnos a sufrir. A sufrir muchísimo. A seguir sufriendo hasta que nuestro cuerpo no pueda más y se muera.

Y han buscado un nombre que nos culpabiliza y nos condena: “Vividores”. Esta es la plataforma que Vox junto a HazteOír han creado para estigmatizar a las personas que prefieren morir con dignidad. Están llenando las calles y las redes sociales de calaveras.

La ley para una muerte digna se debatirá la semana que viene en el Congreso. Ha conseguido un respaldo amplísimo del arco parlamentario -sólo se oponen el PP y Vox-. Y no, no es un asesinato encubierto. De hecho, el paciente tiene que solicitar la muerte digna como mínimo en cuatro ocasiones, y en perfecta lucidez. Y, como mínimo, tiene que transcurrir un mes desde que la solicitud hasta que se le faciliten los fármacos que le permitirán poner fin a la tortura.

Porque a veces morirse cuesta mucho. Todos hemos vivido agonías inhumanas a los pies de la cama de algún hospital. Todos hemos oído como se grita de dolor y rabia en esas agonías, y cómo el enfermo depende de lo que quiera arriesgar un médico para facilitar, o no, ese tránsito a la muerte inevitable.

Mi tía Pilar estuvo diez días intentando morirse en una cama de hospital, y sólo al final los médicos consintieron enchufarla a una bomba de morfina. Su corazón tardó dos días en decir basta. Mientras veíamos a su cuerpo deformado, hinchado y agónico, coger aire a bocanadas cada vez más cortas y espaciadas, nos daba vergüenza pensar muérete, muérete ya y descansa. No te mereces esto. Tú ya no estás aquí.

Sólo sufres aquí.

Y aún hay quien quiere seguir obligándonos a eso.

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