"¿Quién iba a creer que me habían violado si yo se la chupé?"

 

 

¿Quién me iba a creer? ¿Quién iba a creer que me habían violado si yo se la chupé? repetía ella, sin atreverse a mirarme, sin levantar la cabeza de la mesa de trabajo frente a la que estábamos sentadas. Hace ya veintidós años, pero su voz y su mirada nunca se me olvidarán. Era ya muy tarde, una noche de invierno, y estábamos visionando unas entrevistas para un reportaje sobre mujeres que habían sufrido una violación.

  • ¿Sabes? A mí también me han violado.
Fotografía cedida por el Tribunal Superior de Justicia de Navarra (TSJN) del interior de la sala donde mañana se celebrara el juicio contra los cinco acusados de la supuesta violación de una joven madrileña de 18 años la madrugada del 7 de julio de 2016 en Pamplona. EFE

No fui capaz de responderle. ¿Cómo contestas a algo así? Cogí su mano, que se había quedado inmóvil sobre la mesa. Pero fui incapaz de hablar. Ella siguió contándome, y ya no pudo parar.

  • Fue hace diez años. Yo tenía diecisiete y volvía a casa tras tomar algo con unos amigos. Debían ser las doce de la noche. Me cogió por detrás, me puso algo puntiagudo en el cuello y me metió en un portal. Si chillas te mato, me amenazó entre jadeos mientras intentaba desabrocharme el pantalón de los vaqueros para bajármelos y acceder a mis bragas. Yo era virgen. De repente eso fue todo lo que ocupó mi cabeza, que era virgen y que no quería que me matara. Pero, ¿qué podía hacer? Estaba estampada contra una pared, con un hombre que debía pesar el doble que yo, que me había puesto una navaja en el cuello y estaba haciéndome mucho daño para conseguir bajarme los pantalones, llevaba unos vaqueros muy muy ajustados, y las bragas y penetrarme. Casi no podía respirar y la mejilla derecha empezaba a sangrarme por el roce contra la pared. Y entonces se lo dije. “Si quieres te la chupo”. No sé por qué me salió así, debió ser instintivo. “Si quieres te la chupo”. Y ya no hubo vuelta atrás. Noté cómo su presión cedía un poco. Aún no había conseguido bajarme los vaqueros. “Tengo la regla, te la puedo chupar, dicen que soy muy buena chupándola”. Pensé que si tomaba el control no me haría daño, no me mataría. Ni siquiera sé de dónde había aprendido esas palabras. Yo nunca me había metido una polla en la boca. ¿Por qué de repente estaba hablando como una puta? Y él accedió. Quizá porque tuvo miedo a que os oyera algún vecino, o a no poderme bajar los pantalones, pero accedió. Me giró, me tiró al suelo y, con la navaja siempre en mi cuello, me metió su pene en la boca, estirándome del pelo y haciéndome mucho daño. Duró poco. Después de correrse me estampó la cabeza contra el suelo y se fue. Nunca lo denuncié. En todos estos años no se lo he contado a casi nadie. De hecho, salí de allí convencida de que había conseguido que no me violaran. Lo creía de verdad. He conseguido que no me violaran. Tan sólo se la he chupado. Tan sólo se la he chupado. Sólo mucho más tarde, y ahora que estamos escuchado a estas mujeres, entiendo que sí que me violó. Claro que lo hizo. Aunque yo le hubiera hecho una felación, aunque después intenté seguir con mi vida de chica de diecisiete años, él me había violado. Y yo hubiera tenido que denunciar. Pero ¿quién me iba a creer? ¿Quién iba a creer que me habían violado si yo se la chupé?
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