¿Quién fue el ganador de la arisca sacudida que Trump protagonizó en la cumbre de la OTAN?

Donald Trump sacudió a los mandatarios y altos funcionarios integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte con una actitud de punzante confrontación, exigencia y ruptura. En la reciente cumbre de esa alianza militar, que ha sido piedra central de la armadura geopolítica desde finales de la Segunda Guerra Mundial, Trump pasó como un torbellino cargado de equívocos y sospechas y aunque él ciertamente  clama que la reunión le fue muy exitosa y marcó el camino a seguir en las relaciones entre Estados Unidos y sus aliados  europeos, muchos consideran que las palabras y posiciones de Trump simplemente no coinciden con la necesidades y realidades de la defensa colectiva de Occidente.

Por ello, cabe preguntarse quién o quiénes resultaron beneficiados de la reciente cumbre de la OTAN y del torbellino que el presidente estadounidense ventiló en ella.

El presidente Donald Trump participó de modo intempestivo en la reciente cumbre de la OTAN. (Reuters)

En principio, se ha reiterado, quien habría obtenido beneficios ni siquiera estuvo presente en el encuentro en Bruselas y, en realidad, preside la potencia que la OTAN se propone contener: Vladimir Putin, presidente de Rusia. Una OTAN dividida o conflictuada, donde haya confusión de prioridades y falta de consensos (como en cierto modo evidencia el choque de Trump con los mandatarios europeos), beneficia a Putin y su agresiva política exterior.

El empecinamiento de Trump en reclamar a los países de la OTAN que no contribuyen al gasto de defensa el 2% de su PIB, nivel al que se han comprometido, desde la óptica de que hay una “morosidad” o deuda hacia Estados Unidos ha provocado ciertamente consternación, pues no solo se trata de una falsedad sino que pasa por alto las peculiaridades y capacidades de cada país y, por añadidura, los beneficios “no monetarios” que Estados Unidos recibe de la existencia misma de la OTAN.

Muchos dirán con base que la paz y la estabilidad de Europa, tras la enseñanza de dos atroces guerras mundiales, no tiene precio.

En realidad, de acuerdo a Forbes, de los 29 miembros de la OTAN solo Estados Unidos (3.6%), Grecia (2.4%), el Reino Unido (2.1%), Estonia (2.1%) y Polonia (2%) cumplen el compromiso de gasto en defensa del 2% del PIB y hay algunos países, como España y Bélgica (0.9%), Italia (1.1%) o Alemania (1.2%) que están bastante atrás y otros como Francia (1.8%) que están cerca de esa meta. Y ya existe un esquema para avanzar paulatinamente hacia ese 2%, pero el frenesí al respecto que muestra Trump no es cabalmente compartido por los principales mandatarios europeos, muchos de los cuales (como la británica Theresa May o la alemana Angela Merkel, no tienen precisamente mayorías parlamentarias que les permitan alterar sustancialmente sus presupuestos nacionales.

Además, muchos de los países más pequeños y de riqueza menor simplemente no están en capacidad de incrementar su gasto militar y varios de ellos, aunque desean una defensa sólida, no tienen la inclinación al gasto militarista y a la proyección de poder que sí tiene Estados Unidos. El gobierno de Trump incluso se ha dispuesto a incrementar aún más su gasto militar, así sea recortando muchos otros rubros presupuestales, incluidos gastos sociales de los que dependen millones de estadounidenses. Muchos países europeos no pueden o no quieren emprender ese mismo camino.

Por ello, el otro ganador de la tumultuosa cumbre de la OTAN es Trump, pues ciertamente su exigencia de que todos lleguen al 2% (y la maximalización al 4% que llegó a plantear) no es nueva y es bien sabido que, pese a los escándalos y presiones, no es de cumplimiento inmediato y enfrenta resistencias. Así, al parecer Trump acudió a esa cumbre con la pretensión justamente de plantarles en la cara a los mandatarios europeos su morosidad y “demanda de pago” para lucir y quedar en posición de fuerza ante su público interno y, con miras a su encuentro con Putin el 16 de julio, donde buscará mostrarse como el mejor interlocutor con el presidente ruso, a quien Trump, dijo, considera un “competidor” y no un enemigo.

La cuestión, dicen analistas, es que esa competencia no es la de un desarrollador de bienes raíces que le ganó el contrato o el terreno a otro para construir una magna torre, sino una confrontación de potencias en la que Rusia ya se apoderó de Crimea, ha intervenido con fuerza en Siria y, por añadidura, realizó una documentada injerencia en las elecciones estadounidenses que, así haya sido de modo tangencial, benefició a Trump.

Y actuar a contracorriente de aliados europeos históricos como Gran Bretaña y Francia y sustantivos en el entorno actual como Alemania no parece, con todo, una ruta juiciosa, máxime si además, como ya ha comenzado a suceder, también hay una guerra de aranceles entre Estados Unidos y sus principales socios y aliados.

La posición de Trump de que los países europeos son morosos en su gasto de defensa, que Estados Unidos está cubriendo injustamente esos costos y que se debe elevar ya el gasto en defensa suscitó tensión en la cumbre de la OTAN. (Reuters)

Pero el ego de Trump, como él ha mostrado en muchas cosas, eclipsa las razones y trastoca los contextos. Sobre todo cuando él requiere acumular munición para las próximas elecciones intermedias de noviembre. Y se ha dicho, como se comenta en VOA News, si en efecto los países de la OTAN incrementan su gasto de defensa, las corporaciones de la industria militar estadounidense (a las que Trump gusta de cortejar) podrían hacerse de una buena tajada dado que, se indica, Estados Unidos es el mayor exportador de armamento del mundo, con 34% del mercado y decenas de miles de millones de dólares en ingresos por ello.

Sea como sea, más allá de la retórica de Trump e incluso a pesar de ella, la OTAN sigue vigente y Estados Unidos  la necesita tanto como los países europeos. Por ello, como en otros casos (la cumbre de Trump con el líder norcoreano Kim Jong-un es un ejemplo), quizá todo esto quede en mucho ruido y pocas nueces.

Al menos por ahora.

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