Todo lo que queda por saber del 11-S

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Tributo de luces en homenaje a las víctimas del 11-S en Nueva York, en 2017. (Photo: Tim Larsen / ASSOCIATED PRESS)
Tributo de luces en homenaje a las víctimas del 11-S en Nueva York, en 2017. (Photo: Tim Larsen / ASSOCIATED PRESS)

A una semana para el 20º aniversario de los atentados del 11-S, el presidente de EEUU, Joe Biden, atendió una vieja petición de los supervivientes y las familias de las víctimas y firmó una orden ejecutiva por la que desclasificará documentos confidenciales sobre el múltiple ataque yihadista. Es una demanda de años que ahora se había trocado en amenaza: o se daba un paso hacia la transparencia o no acudirían a los actos oficiales convocados por este aniversario.

Lo que ocultan esos papeles tardará al menos seis meses en saberse, pero ninguno de los presidentes previos (George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump) se atrevió ni a iniciar el proceso. “Es fundamental garantizar que el Gobierno de Estados Unidos maximice la transparencia, confiando en la clasificación solo cuando sea estrictamente adaptada y sea necesaria”, dice el documento rubricado por Biden. Y es que, aún pasadas dos décadas, quedan preguntas por contestar, demasiadas lagunas, más allá de las teorías de la conspiración que siguen haciendo ruido de fondo.

El papel de los saudíes

En los dosieres que la Casa Blanca ha ordenado liberar puede estar la respuesta a una pregunta clave en la asunción de responsabilidades sobre el 11-S: si en la planificación de los atentados tuvo alguna implicación el Gobierno de Arabia Saudí.

El objetivo de todas estas reclamaciones se basa en investigaciones que vinculan a numerosos ciudadanos sauditas –relacionados con el Gobierno de Riad– con la preparación de la cadena de ataques. Aunque se demostró la relación de estas personas con varios de los secuestradores de los aviones, jamás se ha inculpado al Gobierno de dicho país. 15 de los 19 secuestradores eran saudíes, además del líder de la operación, el líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden.

De hecho, desde hace años, existe una demanda en un tribunal federal de Nueva York, que alega que los funcionarios sauditas brindaron un apoyo significativo a algunos de los secuestradores antes de los ataques. Por ello, cientos de familiares de víctimas buscan que esta nación amiga de Washington rinda cuentas y se pueda demostrar o aclarar su posible implicación. La principal sospecha recae sobre un diplomático saudita que, al parecer, apoyó y recibió en EEUU a dos de los secuestradores. ¿Para qué? ¿Les ayudó de alguna manera? ¿Tenía información que pudo evitar los atentados?

Las protestas de las familias y supervivientes han señalado a los diferentes gobiernos estadounidenses por obstaculizar sus demandas de claridad y denuncian la “aparente incapacidad” del FBI para localizar fotografías, vídeos y otros registros. Aún más, en una carta enviada a la policía federal, varios familiares aseguraron sospechar que el FBI “pudo haber destruido pruebas que implicarían a Arabia Saudita en los atentados”. Una acusación gravísima.

Biden por ahora no habla de contenido, sólo recuerda que hizo la promesa en campaña de dar a conocer detalles y la va a cumplir. Tampoco es un paso inocente, ya que lo da presionado por la opinión pública y las asociaciones y en un momento de baja popularidad por la salida de EEUU de Afganistán, que justo va a alentar a Al Qaeda, el ejecutor de esas casi 3.000 personas en el 11-S.

Osama bin Laden, llamando a la yihad en un vídeo emitido por medios afines a los dos meses del 11-S. (Photo: Getty Images via Getty Images)
Osama bin Laden, llamando a la yihad en un vídeo emitido por medios afines a los dos meses del 11-S. (Photo: Getty Images via Getty Images)

Cómo se organizó el ataque

La investigación recoge que fueron 19 los secuestradores que participaron en los atentados, liderados por el egipcio Mohamed Atta, según datos de la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas en los Estados Unidos, creada por el Congreso de EEUU en 2002 y que presentó sus conclusiones dos años más tarde.

Pertenecían a la organización terrorista Al Qaeda y habían llegado escalonadamente a Estados Unidos, entre enero de 2000 y junio de 2001, donde tomaron lecciones de inglés y de vuelo. Ya venían entrenados de Afganistán. En la lista de pasajeros, sin embargo, no se encontraba el nombre de ninguno de ellos, ni tampoco ningún nombre árabe que pudiera servir a alias. Así que las dudas sobre quiénes y cómo accedieron a los aviones siguen abiertas.

La cadena de incógnitas continúa: ¿cómo consiguieron introducir las armas dentro del avión? ¿Cómo secuestraron las cabinas donde iba el piloto? No se sabe si fue con navajas o armas de fuego, nunca ha trascendido si existe información al respecto. Un documento oficial informó de que un pasajero fue asesinado por un disparo, pero más tarde dicho documento fue corregido: el pasajero fue apuñalado con un cuchillo de plástico.

Entre que los aviones se desviaron de su trayectoria y llegaron al Pentágono o las Torres Gemelas pasaron unos minutos, por eso hay quien sigue preguntando por qué el Gobierno no trató de derribarlo o desintegrarlo. La respuesta es que el sistema de localización de aviones fue hackeado y nadie se dio cuenta de que la ruta de los aviones se había modificado hasta el momento del impacto. No hay detalles públicos de cómo fue ese hackeo, quién y cómo lo ejecutó. Varios gestores han reconocido en sucesivas comisiones de investigación que tampoco nunca nadie podría haber previsto prever que unos aviones fueran a ser incrustados en edificios llenos de personas.

Cuatro aviones y cuatro objetivos

Los terroristas secuestraron y forzaron a los vuelos 11 de American Airlines y 175 de United Airlines, ambos operados con aeronaves Boeing 767, a estrellarse contra las Torres Gemelas en el World Trade Center (WTC) de Nueva York. El vuelo 11, que cubría la ruta desde Boston a Los Angeles, transportaba a 87 pasajeros y tripulantes, y se estrelló contra la Torre Norte del WTC a las 8:46 de la mañana, hora del este de EEUU. Cinco secuestradores tomaron control de este aparato. Luego, el vuelo 175, que cubría la misma ruta, transportaba a 60 pasajeros y tripulantes y se estrelló contra la Torre Sur a las 9:03 a.m. Fue tomado por cinco secuestradores.

A las 9:37 AM, un tercer avión (Boeing 757), el vuelo 77 de American Airlines que cubría la ruta entre Dulles (Washington) y Los Ángeles, se estrelló contra el edificio del Pentágono, sede el Departamento de Defensa en Virginia. Transportaba a 59 pasajeros y tripulantes. En el edificio del Pentágono murieron además 125 personas en tierra, llevando el total de víctimas a 184. También fue tomado por cinco secuestradores.

El cuarto avión, el vuelo 93 de United Airlines (Boeing 757), cayó a tierra a las 10:03 a.m. en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania, matando a los 40 pasajeros y tripulantes. Este vuelo llevaba a bordo cuatro secuestradores. Se cree que este avión, que cubría la ruta entre Newark (Nueva York) y San Francisco y tras el secuestro estaba pilotado por el libanés Ziad Jarrah, tenía posiblemente como objetivo el Capitolio o la Casa Blanca, pero que los pasajeros a bordo intentaron retomar el control y los terroristas decidieron estrellarse. No hay una investigación concluyente al respecto.

Un helicóptero vuela sobre el Pentágono en Washington mientras sale humo del edificio, el 11 de septiembre de 2001. (Photo: via Associated Press)
Un helicóptero vuela sobre el Pentágono en Washington mientras sale humo del edificio, el 11 de septiembre de 2001. (Photo: via Associated Press)

Las señales que no se vieron

El fracaso de la CIA a la hora de detectar las señales que advertían de los ataques del 11 de septiembre de 2001 sigue siendo un expediente sin cerrar en la Inteligencia norteamericana. Ha habido comisiones de investigación, revisiones de documentos, indagaciones internas en diversos departamentos... pero sin datos concluyentes que aclaren cómo se pudieron no ver las señales rojas que anunciaban un gran ataque sobre la primera potencia mundial. ¿O es que no las hubo?

Parte de esa información permanece y permanecerá secreta, pero el 11-S puso de manifiesto que la manera de trabajar de los espías patrios no era la adecuada. De hecho, supuso una revolución en la manera de trabajar, desde el reclutamiento a las operaciones sobre el terreno. El terror desveló que casi toda la plantilla estaba conformada por empleados blancos, protestantes, de clase media, había una escasez enorme de traductores o conocedores de otras religiones.

A Bin Laden se le tomaba como un loco de la Edad Media. Richard Holbrooke, un alto funcionario del gobierno del presidente Clinton, lo expresó de esta manera: ”¿Cómo puede un hombre en una cueva superar a los líderes mundiales de la sociedad de la información?”. No contaba que Al Qaeda hubiera estado ya involucrada en 1993 en un primer ataque contra las Torres Gemelas, que dejó seis muertos y cientos de heridos por el estallido de una bomba. Cuatro años más tarde, en 1997, el líder de al Qaeda dio su primera entrevista a medios de comunicación occidentales, en la que dijo a la CNN que Estados Unidos era “injusto, criminal y tiránico”.

Aún así, no se entendía tan amenazante su mensaje radical, la hondura de sus gestos y poses y, tampoco, la manera de pensar. Por ejemplo, en esas comisiones se ha repetido que sorprendió el “desprecio por la vida” de los secuestradores. Costaba pensar en suicidas que prefirieran morir matando. De hecho, la operación del 11-S se llegó a bautizar “La Gran Boda”, porque era el paraíso y la fiesta posterior lo que esperaban a los yihadistas.

″¿Quién demonios haría eso a América?”, recordaba el expresidente de Estados Unidos, George W. Bush, en el décimo aniversario del 11-S. El mismo presidente que recibió un escrito el 6 de agosto del 2001 que decía: “Bin Laden está decidido a atacar en Estados Unidos”. El jefe de la CIA de entonces, George Tenet, declaró que no había informado al presidente sobre el arresto ese mes de Zacarias Moussaoui (un hombre con conexiones directas con el líder de Al Qaeda y con orden de perpetrar ataques en suelo estadounidense) y que no dieron importancia a la amenaza, algo que pesa tremendamente aún a los que sufrieron sus consecuencias.

El grupo central de secuestradores, conocido como la célula de Hamburgo, conformada por estudiantes universitarios de origen árabe radicados en Alemania, estaban en el radar de la CIA al menos desde 1999, no por conexiones directas con Al Qaeda, pero sí con el mundo yihadista, según un reporte de 585 páginas de la Comisión Nacional. A finales de ese año, comenzaron a recibir transferencias de dinero de parte del grupo de Bin Laden y se creen que fueron reclutados. Tampoco se les estaba siguiendo los pasos.

Una mujer atiende la ceremonia de recuerdo a las víctimas en el décimo aniversario de los atentados, a las puertas del World Trade Center. (Photo: Oded Balilty ASSOCIATED PRESS)
Una mujer atiende la ceremonia de recuerdo a las víctimas en el décimo aniversario de los atentados, a las puertas del World Trade Center. (Photo: Oded Balilty ASSOCIATED PRESS)

La Torre 7 del WTC

Las Torres Gemelas no fueron los únicos edificios que acabaron en escombros ese fatídico 11 de septiembre. El edificio 7 de este complejo financiero también se vino abajo sin que nada aparente lo derribase. Este rascacielos con base de acero se vino abajo y tras el derrumbe encontraron restos de termita, una sustancia pirotécnica utilizada en las demoliciones, aunque también puede estar en la pintura, de la que volaron toneladas procedentes del World Trade Center en ese día -se estima que más de un millón de toneladas de materiales de construcción se pulverizaron-.

Después de 18 años no se sabe exactamente por qué este edificio se derrumbó, aunque la tesis más plausible es que la onda expansiva de las Torres Gemelas le afectó y que se vio alcanzado por los incendios que comenzaron tras el colapso de la torre norte y que no pudieron ser controlados. La tesis conspirativa de que estaba cuajada de explosivos no se sostiene.

El baile de cifras

El atentado múltiple en Nueva York, Washington y Shanksville no encuentra paz ni en los números. Ha costado establecer cierto consenso sobre el número de víctimas mortales. De las 2.753 iniciales confirmadas en 2001 se ha pasado a 2.996 (un dato que incluye a los 19 secuestradores suicidas y que aportan las autoridades federales). Algunas asociaciones elevan la cifra a más de 3.000.

Sigue habiendo 24 desaparecidos, al menos, pero la ciencia da aún esperanzas a los suyos: esta misma semana, los forenses de Nueva York han informado de que han sido identificadas otras dos víctimas del atentado. El esfuerzo por cerrar con paz este episodio se mantiene, 20 años después.

Lenta justicia

Osama bin Laden, el esquivo líder de Al Qaeda, murió en mayo de 2011 en una operación secreta en Pakistán, ocho de los terroristas que querían atentar hace 20 años fueron retenidos por diferentes causas antes de embarcar en los aviones y el resto de sus compañeros murieron en los ataques, así que la carrera judicial de los autores materiales del 11-S es breve.

EEUU sólo ha condenado a seis cadenas perpetuas sin libertad condicional a Zacarias Moussaoui, un francés que aseguró que Bin Laden le había dado la orden directa de estrellar un avión contra la Casa Blanca; a Mohamed al-Kahtani, un saudí, y al yemení Ramzi Binalshibh; ambos tenían previsto reunirse con los secuestradores, pero tuvieron problemas de visas.

Esta misma semana se ha sabido que se retoma en la base de Guantánamo (Cuba) el juicio contra el considerado cerebro del 11-S, Khalid Shaikh Mohammed, y otros cuatro acusados. Están imputados como organizadores de los atentados, por lo que afrontan los cargos de conspiración, cometer asesinatos en violación de la ley de guerra, atacar a civiles y terrorismo. En caso de ser condenados, se pueden enfrentar a la pena de muerte, cuyo método lo decidiría el secretario de Defensa. Se le llama ya “el juicio del siglo” en EEUU.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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