¿Qué importa que las jeringuillas no tengan droga para anular la voluntad de las mujeres?

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No tiene sentido discutir si todas las mujeres, en su mayoría chicas jóvenes, que han denunciado haber recibido un pinchazo en una discoteca, les han inyectado o no una sustancia tóxica para anular su voluntad y violarlas. ¿Creéis que importa lo que contengan las famosas jeringuillas? ¿Creéis, en serio, que todos los que las están utilizando quieren violar?

No. Lo que quieren es sembrar el miedo. Lo que quieren es lo que está pasando: que muchas chicas jóvenes y mujeres dejen de salir o se lo piensen dos veces antes de ir a determinados lugares, igual que se lo piensan dos veces antes de ir solas por determinados sitios a determinadas horas. Con las jeringuillas ya da igual que vayas acompañada, de hombres o mujeres, de amigos o amigas. Da igual que intentes protegerte. Una aguja cabe en un bolsillo, no se ve, cualquiera puede comprarla sin despertar la más mínima sospecha, y pinchar a cualquiera que esté a su lado sin ser visto. Además, para asustar no hace falta ni siquiera émbolo. Basta incluso con las pequeñísimas agujas para inyectar insulina, que miden apenas cuatro milímetros de largo. Cuatro milímetros. Decidme cómo un cacheo puede localizar eso en un bolsillo.

 Ibiza, Spain, May 1, 2022. REUTERS/Nacho Doce
Ibiza, Spain, May 1, 2022. REUTERS/Nacho Doce

Miedo, y diversión.

Manadas de amigotes se están divirtiendo pinchando a mujeres. Ellas notan el pinchazo, pero no tendrán manera de saber si les han inyectado algo hasta que pasen los minutos y vean si les hace efecto. En ese margen, pedirán ayuda, asustadas.

Quizá los más jóvenes no lo recordéis, pero hubo un tiempo en que te atracaban por la calle mostrándote una jeringuilla, a veces, poniéndotela junto al cuello o la cara. "Tengo SIDA, tiene SIDA, si no me das la cartera y todo lo que llevas encima —no había móviles aún— te pincho". Evidentemente, no había manera de saber si esa aguja estaba contagiada con el virus, pero el terror de siquiera imaginarlo hacía que la víctima entregara sin rechistar todos los objetos de valor que llevaba encima.

Atracar con una jeringuilla se convirtió en un método habitual. Los delincuentes —sobre todo la gente drogo-dependiente que quería dinero para drogas— se dieron cuenta de que era fácil, rápido y efectivo. Y que la aguja no tenía que estar infectada. Bastaba con el miedo que generaba la posibilidad de que sí lo estuviera. Había otra ventaja: si la policía te registraba o te detenía, no llevabas un arma encima. Y no podían condenarte por ello.

Y ahora, de nuevo, el miedo a una jeringuilla. He leído cientos de mensajes en las redes sociales de chicas que ya no salen, o que han dejado de ir a los sitios a los que acostumbraban. Qué bien os sentís, ¿verdad? Qué poderosos, qué machos, qué superiores. Cómo mola tener a las chicas acojonadas. Y, con algo tan fácil y tan accesible. Luego os quejáis si hablamos de machismo. Al menos, la inyección con SIDA era igualitaria, atracaban por igual a hombres y mujeres. Pero ahora sólo queréis asustarnos a nosotras. Menudos valientes estáis hechos, campeones.

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