¿Qué hacemos, nos enfrentamos a niñatos como estos?

Carme Chaparro
·3 min de lectura

Eran unos quince chicos y chicas. Se les oía antes de que subieran al tren. Mierda, pensé, olvídate de cerrar los ojos y relajarte. Vamos a tener un viaje movidito.

¡Si sólo hubiera sido eso!

Se sentaron justo en las filas que había delante de mí. Empezaron a hablar a voz en grito, a tirar papeles y restos de comida por el suelo -que lo recoja la que limpia, ja ja ja- o a levantarse de un asiento al otro.

Pero no sólo eran unos compañeros molestos de viaje.

Eran bombas de relojería andante.

Ninguno de ellos llevaba puesta la mascarilla. Bueno, la llevaban, pero en el cuello. Así que, para el caso como, si nada. Una pareja de ancianos sentada a mi lado me miró con miedo. No hizo falta que me dijeran nada. Eran personas de riesgo. Si alguno de esos adolescentes en pleno estallido hormonal tenía la Covid y les contagiaba, iban a pasarlo muy mal. Y en un tren cerrado, con tan poco espacio y sin ventilación, un enfermo sin mascarilla podía convertirse en un peligro mortal.

¿Qué podíamos hacer el resto de pasajeros? Estábamos en minoría.

Sin mascarillas y con todo por el suelo
Sin mascarillas y con todo por el suelo

Podíamos haberles dijo algo pero, al menos a mí, me dio miedo. Eran muchos.

Hace unas semanas, en Francia, un grupo de jóvenes asesinó de una paliza a un conductor de autobús que les recriminó que no llevaran puesta la mascarilla.

El otro día una conocida tuitera comentaba que había visto de madrugada a otros dos impresentables escupir a una pareja de ancianos que había pedido educadamente que usaran la mascarilla o se alejaran de ellos.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos en casos así? Sólo bajar la cabeza y marcharnos. Pero de aquel tren no podíamos irnos. ¿Teníamos que asumir el riesgo? No había más opción que esa. No podemos pedir héroes. Ni intentar serlo nosotros.

Pero los brotes empiezan así. Los muertos empiezan así. Con niñatos maleducados como los del tren. Con personas inconscientes. Con gente olvidadiza.

En Instagram no hago más que ver fotos en las que salta por los aires cualquier mínima medida de protección.

No es un verano normal. Pero nos hemos olvidado. Es fácil meterte en la burbuja y olvidarte de los meses de confinamiento, de los muertos, de los que aún siguen muriendo, de los sanitarios que se juegan la vida, del hundimiento económico del país. Yo misma a veces tengo que volver a casa porque me he olvidado la mascarilla. El cerebro no puede con tanto horror y nos protege dándonos una falsa sensación de seguridad.

Pero la Covid sigue ahí fuera. Esperándonos. Sigue matando. Sólo serán unos meses. ¿Qué es este pequeño lapso de tiempo -hasta que haya una vacuna- a cambio de nuestras vidas?

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