Pumas, el nuevo Cruz Azul que encuentra placer y felicidad en perder finales

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Pumas perdió la final de Concachampions ante Seattle. (Steph Chambers/Getty Images)
Pumas perdió la final de Concachampions ante Seattle. (Steph Chambers/Getty Images)

Pumas no soporta la crítica. Es un equipo de piel delgada y visión corta que todavía se autoproclama “grande”, aunque todo el tiempo prefiere comportarse como club chico. Están diseñados para fanfarronear en la victoria y poner pretextos en la derrota. Festejaron eliminar a New England y Cruz Azul como si eso les diera un título, tal cual lo harían los equipos del montón que abundan y florecen en la Liga MX.

La mística de la que tanto presumen no les alcanza cuando tienen ante sí retos verdaderos. Universidad Nacional es incapaz de soportar el peso del éxito. Es por ello que han preferido endiosar hazañas inútiles. Perdieron una ventaja de dos goles en el partido de ida, pero lejos de lidiar con la adversidad recurrieron al mejor recurso que tienen a su alcance: quejarse del arbitraje. En eso se ha convertido el equipo que dice representar a la Máxima Casa de Estudios, en un club victimista cuyo cajón de excusas no tiene límite.

No ganan un título oficial desde hace once años y ahora cargarán por siempre con el estigma de haber roto la hegemonía de 16 años que tenía el futbol mexicano sobre la MLS, una racha que comenzó justo después de que los mismos Pumas perdieran otra final de la Concacaf (2005) contra el Saprissa de Costa Rica. En los últimos años, la fanaticada auriazul se ha apropiado de un mantra que lo dice todo: hay que tener fe. En eso sustenta Pumas todas sus aspiraciones, en la fe, en las probabilidades de éxito que tiene hasta el más insignificante de los competidores.

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Pero siempre hay matices para salir con vida del ridículo. Su afición, que cada vez es más conformista e indulgente, ha salido a defender a su equipo por hacer mucho con poco, por carecer de futbol pero tener muchos “huevos”, lo que sea que eso signifique, aunque un equipo con esa cualidad no se dejaría empatar en casa y tampoco tiraría la toalla contra un rival como Seattle, que no tenía mucho que ofrecer pero encontró a la presa perfecta.

Lillini ha hecho magia con los pocos recursos que tiene, pero también se ha quedado corto al momento de la verdad. Al comienzo de su gestión, en su primer torneo, el argentino llevó a Pumas a la final de Liga tras remontar épicamente una serie de 4-0 ante Cruz Azul. Lamentablemente todavía ninguna federación ha instaurado la “Copa Remontada” y, en consecuencia, aquella gesta sigue siendo inútil. De cualquier modo, está claro que la afición puma convertirá a Lillini en ídolo inmortal por los siglos de los siglos.

Pumas realizó una remontada de ensueño contra Cruz Azul en 2020, pero cayó en la Final contra León. (Mauricio Salas/Jam Media/Getty Images)
Pumas realizó una remontada de ensueño contra Cruz Azul en 2020, pero cayó en la Final contra León. (Mauricio Salas/Jam Media/Getty Images)

Esa paternidad sobre La Máquina ha llevado consigo una dosis de karma: Pumas se ha convertido en el nuevo Cruz Azul. Son el equipo del ya merito, del casi ganamos. Ese comportamiento, queda claro, jamás podría relacionarse con la grandeza. Un equipo grande no pone excusas ni se conforma con “casi logros”, un equipo grande no pierde finales de la Concacaf contra el Saprissa y el Seattle; y no, tampoco se escuda en los pocos recursos que tiene: el Puebla vale menos que Universidad y goza de un plantel atractivo y eficaz, que saca resultados por jugar bien y no solo por tener “huevos”.

Después habría que debatir cuáles son los parámetros a seguir en México, porque lo cierto es que en la Liga MX no hay equipo que pueda presumir de ser grande. América y Chivas con sus eternas crisis, Cruz Azul y sus dos títulos en 42 años, y los equipos regios con su prestigio comprado a billetazos. En ese mar de mediocridad, no hay nadie que encaje tan a la perfección como Pumas, el equipo que encuentra placer en las remontadas y no en los títulos, que festeja subcampeonatos y encuentra el modo de excusar cada humillación.

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