Pujol: la mentira puede ser devastadora

Consternación, decepción e indignación. Estos tres sentimientos consecutivos se han vivido tras el impacto del comunicado del ex presidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol, en el que desvelaba un patrimonio oculto a Hacienda en el extranjero, supuestamente procedente de una herencia de su padre Florenci Pujol. "¿Pero de qué herencia hablas, Jordi?", le espetó, desolada, su única hermana, Maria Pujol, cuando la visitó en su casa el viernes 25 de julio, horas antes de publicar el comunicado que heló la sangre de sus seguidores y desconcertó a todo el mundo.

No decir la verdad es difícil moralmente. Y hasta técnicamente, porque todo se acaba sabiendo. Mentir compulsivamente debe resultar agotador. Pero mantener una ficción durante 34 años ocultando a tu propia hermana datos tan personales como una herencia opaca de tu padre, viviendo una vida pública aparentemente austera, aún siendo millonario, y predicando valores éticos absolutamente opuestos a lo que se piensa o como se actúa, no está al alcance de cualquiera. Consideraciones morales aparte, vivir en un fraude permanente mientras se ejerce el sacerdocio de la política institucional, de forma supuestamente honesta, exige una capacidad de fabulación y de interpretación excepcional.

 

El expresidente de la Generalitat de Cataluña Jordi Pujol. EFE/Archivo

¿Y por qué confesar ahora? Justo cuando se siente próxima la Justicia, personalmente o en la piel de los hijos, convertidos en cómplices de una gran trama extractora y evasora.

¿Y cómo se produce la confesión? Con un comunicado plagado de vaguedades en el que se miente gravemente de nuevo y se oculta lo más escandaloso y reprobable: que buena parte del patrimonio amasado en el extranjero procede, presuntamente, de practicas inadmisibles en el ejercicio político, a saber, dinero ilegal procedente de comisiones inherentes a decisiones de gobierno conectadas con la trama. Lo prueban los constantes viajes a Andorra del hijo mayor, Jordi Pujol Ferrusola, con bolsas cargadas de dinero, según el testimonio de su ex novia y los apuntes contables de fechas coincidentes en una entidad bancaria andorrana. Aún aceptando que Florenci Pujol, que ya figuraba en una lista de evasores en 1959, dejara dinero en el extranjero a nombre de los hijos de Jordi Pujol y de su nuera -olvidando en ese gesto a su propia y muy querida hija, Maria-, el movimiento de dinero no era de vuelta a España, sino de salida. Y nos falta conocer el volumen del capital amasado. Prepárense.

 Faltan varios capítulos por desarrollar en este culebrón policial y, a la vez, drama político. Para el proceso que ahora se abre - comparecencias en el Parlamento, solicitadas por unanimidad, y en los juzgados, si prosperan las diligencias- no faltarán escenarios, además de los medios, en los que escuchar a alguien que ha sido capaz de mentir tanto y tanto tiempo. Él mismo, en alguna entrevista, al tiempo que lo negaba todo, deslizó una frase entonces enigmática: "Yo ahora debería morirme". Políticamente eso ya se ha producido. Basta escuchar a su antiguo hombre de confianza y hoy alcalde de Barcelona, Xavier Trias: "Debe de ser borrado". Mentir durante casi medio siglo y encima dar doctrina como un profeta, genera consternación, decepción e indignación.

La mentira siempre tiene un precio. Pero cuando es mayúscula y eterna, resulta devastadora.