Así debes terminar una conversación no deseada según la ciencia

Miguel Artime
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Mujeres hablando. (Imagen creative commons vista en pixabay.com).
Mujeres hablando. (Imagen creative commons vista en pixabay.com).

¿Recuerdas aquellas largas conversaciones cursis al teléfono con tu novia del instituto? No ponerse de acuerdo para finiquitar la charla era de lo más común. En una infinita pescadilla que se mordía la col, cada “cuelga tú, venga” que decías, siempre venía seguido de un “no tonto, cuelga tu”. Luego la factura telefónica era como era y tus padres te hacían notar su enfado…

Pero hoy no voy a hablar de ñoñerías de adolescente, sino de un trabajo más serio en psicología relacionado con el siempre delicado momento en que uno quiere acabar una conversación, y no encuentra el momento ni la forma “elegante” de hacerlo.

La pregunta que se hicieron los responsables del estudio, dirigidos por Adam M. Mastroianni (del departamento de psicología de la prestigiosa Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts, EE.UU.) fue: “¿Terminan las conversaciones cuando las personas involucradas quieren que ocurra?

Las respuesta breve es: “no”, pero mejor veámoslo en profundidad.

El equipo de Mastroanianni analizó datos procedentes de dos experimentos, en los que se evaluaron un total de 932 conversaciones. En el primero, se preguntó a los voluntarios sobre una conversación reciente mantenida con una persona conocida, como un amigo o un familiar. En el segundo experimento, se emparejaba a varias personas con un desconocido y se les pedía que hablaran sobre lo que quisieran, siempre que la conversación durase entre 1 y 45 minutos.

A todos los participantes en los experimentos se les pidió que apuntaran el momento en que hubieran deseado que la conversación acabara, y también que intentaran hacer una estimación del momento en que su interlocutor querría lo mismo.

¿Resultado? La conversación casi nunca acababa cuando ambos interlocutores querían. De hecho, la discrepancia media entre la duración real de la conversación, y la duración que habrían deseado, era de aproximadamente la mitad del tiempo total que duraba la charla.

Otras de las cosas que sacó a la luz el estudio es que somos terriblemente malos intentando adivinar el momento en que nuestro interlocutor desea dar por zanjada la conversación. Muchos, de hecho, tampoco eran capaces de precisar el momento en que habían deseado finiquitar la charla. ¡No me extraña que el estudio haya sido llevado a cabo por psicólogos!

Cuando se preguntó a los participantes del primer experimento si en algún momento supieron que la charla había llegado a un punto en el que ya no deseaban continuarla, el 66,5% dijo que sí, mientras que un 34,5% respondió que no. En el segundo experimento, las cifras se asemejaron muchísimo: un 68,7% dijo sí y un 31,2% lo contrario.

Pero una cosa es pensar y otra actuar. En el primer estudio, en el que las personas hablaban con alguien conocido, el 80,9% de los que reconocieron haber llegado a un punto en que desearon que la conversación acabara, apenas hicieron nada para remediarlo. De hecho el 90,5% de ellos continuó sintiéndose así hasta que la conservación finalizó.

Eso no significa que todos ellos se mantuvieran con “dientes apretados” ansiando la liberación. De hecho, una de las conclusiones del estudio, según informa Mastroianni es que “descubrimos que es bastante común quedar atrapado en una conversación, aunque no es algo que ocurra siempre”.

También se da lo contrario, gente que detiene la conversación aunque en realidad desea seguir hablando. Así es, en el 10% de las conversaciones, los interlocutores hubieran deseado continuar aunque pararon. Y el 32% de los participantes en el segundo experimento afirmaron que les habría gustado seguir conversando.

¿Conclusiones? En opinión de Mastroianni y sus colegas, las dificultades que encontramos para acabar una Conversación podrían deberse a problemas de coordinación. Y es que los humanos somos malos resolviendo estos problemas porque para ello se requiere información que intentamos mantener en secreto. Después de todo, cuando tu abuela te llama para interesarse por ti es difícil decirle “voy a colgar, porque me apetece acabar la conversación aquí”.

Tal vez por eso la mayoría de las conversaciones parecen acabar cuando nadie lo desea. En realidad, este suceso podría ser algo positivo ya que la gente necesita conexiones sociales y las conversaciones son una forma estupenda de hacerlo.

El propio Mastroianni lo resume perfectamente: “aunque las conversaciones son un gran fallo de coordinación, aun así son muy divertidas. La gente las disfruta más de lo que cree, razón por la que en lugar de planear y elaborar estrategias para escapar de ellas, suelen preferir sentarse y disfrutarlas, así de simple”.

En cierto modo, se podría decir que estos fallos de coordinación están supeditados al éxito de nuestras relaciones. Tal vez no hemos conseguido que la conversación acabe cuando queremos, pero al menos nos vamos todos como amigos.

¿Hay algún truco que podamos hacer para no quedar atrapado en conversaciones incómodas? Pues sí, y el propio Mastroanni enumera un par de ellos basados en su propio trabajo, en el que quedó claro que las personas que peor experiencia pasaron fueron las que desearon (sin éxito) que la conversación acabase antes.

Ten en cuenta que normalmente las conversaciones no acaban porque tu interlocutor no sabe si tú quieres dejar de hablar. Para evitar estas confusiones es útil hacerle saber a tu interlocutor de antemano el tiempo que tienes libre.

Así mismo, el segundo consejo tiene que ver con la sensación que dejas tras la charla. Para asegurarse de que tu interlocutor se siente bien cuando llegue el final de la conservación, lo mejor es comunicarle que has pasado un rato muy agradable y que esperas volver a conversar con él.

Si haces esto, y no optas por la despedida a la francesa, es probable que evites quedar atrapado en conversaciones eternas, al tiempo que logras que tus relaciones sociales no se vean afectadas negativamente.

El trabajo, dirigido por Adam Mastroianni, se publicó recientemente en PNAS.

Me enteré leyendo Inverse.com

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