¿Presiona Trump a la metalurgia de Brasil y Argentina para que frenen sus negocios agrícolas con China?

Al parecer, Donald Trump está convencido de que la imposición de aranceles funciona, o al menos le funciona a él, y recurre a esa práctica de modo tan amplio que lo usa como un instrumento de presión diplomática personal.

Eso se percibe en la decisión de Trump de imponer aranceles (que en la práctica es un impuesto adicional a productos que importa Estados Unidos) al acero y el aluminio procedentes de Brasil y Argentina que dio a conocer vía un tuit. Pero las razones de tal medida son equívocas o, como algunos analistas sugieren, están en realidad entre líneas.

El presidente Donald Trump habla en un evento en una planta de acero en Illinois en julio de 2018. (Reuters)

Trump hizo el anuncio en Twitter, afirmando primero que Brasil y Argentina han “presidido sobre una devaluación masiva de sus monedas, lo que no es bueno para nuestros granjeros” para entonces señalar que impone aranceles al acero y al aluminio precedentes de esos países. Luego, afirma que la Reserva Federal debería actuar para que los países “no se aprovechen de nuestro fuerte dólar para devaluar más sus monedas. Eso les hace muy difícil a nuestros manufactureros y granjeros el exportar de modo justo sus productos”.

Lo primero que salta de ese tuit es la pregunta de cómo aranceles al acero y el aluminio de Brasil y Argentina corregirán problemas de los granjeros estadounidenses, que ciertamente no tienen en las industrias metalúrgicas sudamericanas un competidor mayúsculo, ni cómo ello provocará que el real brasileño y el peso argentino eleven su valor frente al dólar.

Por ejemplo, como se comenta en Axios, ambas monedas cotizan libremente y si han caído ante el dólar se debe a problemas internos en cada país: incertidumbre política y crecimiento estancado o en recesión. No se trataría, así, de manipulaciones del valor de la divisa, como indica Trump, sino caídas por causas estructurales o crisis que no están bajo el control directo de un gobierno.

Y expertos señalan que, en realidad, esos aranceles no hacen sino someter al real brasileño y al peso argentino a presiones adicionales, que podrían agravar su pérdida de valor frente al dólar y ahondar los problemas económicos en esos países y, en su lógica, los motivos de queja del propio Trump.

Incluso Jair Bolsonaro, el presidente de derecha radical que ha sido llamado el ‘Trump del Trópico’, fue sorprendido por ese anuncio.

Por añadidura, el gobierno de Trump ya había negociado en 2018 con esos países para exentarlos de aranceles de 25% al acero y 10% al aluminio, que entonces planteó para una gran cantidad de países, por lo que los gobiernos brasileño y argentino se mostraron sorprendidos por el reciente Tuit de Trump.

Es por ello que analistas consideran que los aranceles citados serían, en realidad, una suerte de sanción o medida preventiva para contrarrestar, en realidad, no a los industriales metalúrgicos brasileños y argentinos sino a China.

En su guerra comercial contra China, Trump ha impuesto enormes aranceles a las exportaciones de ese país y, como respuesta, el gobierno chino ha respondido con sus propias tarifas, en especial a los productos agropecuarios estadounidenses.

Los aranceles han sido especialmente severos en el caso de la soya y los granjeros estadounidenses que la producen han sufrido rudamente el que sus productos se hayan vuelto más caros y no competitivos para los compradores chinos, los que han volteado a otros países para hacerse de las ingentes cantidades de soya que necesitan.

Dos de esos países han sido, justamente, Brasil y Argentina, el primero es el segundo productor de grano de soya del mundo y Argentina es líder en la producción de soya para consumo animal. Así, analistas consideran que los aranceles a la metalurgia de esos países serían una represalia, o una ruda presión lateral, relacionada con esos negocios agropecuarios. Eso es lo que Trump querría decir al aludir en Twitter a los problemas de los granjeros estadounidenses.

Las recientes depreciaciones de las monedas de esos países habrían, por añadidura, abaratado el precio de sus productos de soya, lo que los hace más atractivos para el mercado chino. Pero ese es un efecto de la devaluación y no al revés, pues analistas coinciden en que los gobiernos de Brasil y Argentina no están manipulando su tipo de cambio a la baja, como señala Trump. En realidad, esas devaluaciones, sobre todo en Argentina, han creado cataclismos socioeconómicos.

Es decir, los aranceles al acero y el aluminio de Brasil y Argentina serían una suerte de indicación a los gobiernos de esos países para que no hagan negocios con China, lo que implicaría que Trump ha llevado su guerra comercial a grados que van mucho más allá de la competencia por mercados directamente relacionados sino que busca presionar a otros países para que se plieguen a sus políticas.

Algo en cierto modo similar, aunque en un ámbito distinto, a la amenaza de Trump de gravar todas las exportaciones mexicanas a Estados Unidos si el gobierno de México no frenaba los flujos de migrantes centroamericanos que cruzaban su territorio rumbo a la frontera estadounidense.

Trabajadores en un barco carguero que lleva grano de soya brasileño de Santos, Brasil, a China. (Reuters)

Con todo, Bolsonaro, de acuerdo a CNN, dijo que no ve como una represalia esos aranceles y dijo “voy a hablar con él [Trump] para ver si no está sobrepenalizándonos… Estoy seguro de que estará abierto para conversar”.

Y el ministro argentino Dante Sica, de acuerdo a The New York Times, expresó también sorpresa ante los nuevos aranceles pues dijo que estuvo en Washington hace unos días sin que recibiera ninguna indicación al respecto.

Los aranceles tienen, además, un destinatario adicional: China misma, en el sentido de que Trump le estaría advirtiendo al gobierno chino que bloqueará los rodeos que le permitan sortear los efectos de los aranceles estadounidenses, como sería el comprar a terceros la soya que antes compraba a Estados Unidos.

Y son ciertamente una ruda presión en contra de Argentina y Brasil que va más allá de las regulaciones justas al comercio internacional y se aproxima a la utilización de esas medidas para impulsar agendas políticas personales de Trump, pues lograr un acuerdo comercial con China, del modo más favorable a la visión del presidente estadounidense, es uno más de los resultados que le urge presentar de cara a la campaña electoral de 2020 y a sus aspiraciones de reelección.

Y, a la postre, no es claro que los aranceles que Trump ha impuesto, por ejemplo a los productos metalúrgicos, estén ayudando indiscutiblemente a los productores estadounidenses. En realidad, muchos fabricantes estadounidenses han visto incrementados sus costos (por ejemplo la industria automotriz) y la producción de acero crudo estadounidense decreció un 3.6% en noviembre de 2019 en comparación con noviembre de 2018, si bien durante ese intervalo tuvo un crecimiento de 2%, de acuerdo al Instituto Estadounidense del Hierro y el Acero.

Los productores de soya estadounidenses, como el propio Trump ha dicho, se encuentran en problemas y muchos de ellos, que votaron por Trump en 2016, dudan si volver a hacerlo en 2020 o, de plano, como muestran testimonios de la televisora CNBC, le darán su sufragio a otro candidato.