OPINIÓN | 'Pregúntale a China': mucho más que un dislate, demuestra el hastío de Trump

Presidente Donald Trump (AP Photo/Alex Brandon)

Después de varios tumbos, negaciones, medidas toscas y arrogancias innecesarias (para ser justos, fue una actitud común en muchos gobernantes), hubo un momento en el que Trump tomó las riendas del complejo proceso que ha implicado el Coronavirus: informar sobre la necesidad del confinamiento y cómo hacerlo, coordinar con los actores económicos lo que sucedería, comunicarse con los gobernadores para proveer sus necesidades, impulsar estímulos financieros, explicar los detalles científicos... Con todo y su estilo inapropiado, unos días después de haberse suspendido las clases en casi todo el país, avanzada la primera quincena de marzo, el mandatario estadounidense finalmente se tomó en serio la pandemia más grave que ha padecido la humanidad desde que estamos vivos.

Pero ese trabajo tedioso y repetitivo, más de constancia y observación, y de guía y liderazgo, más de inspirador, consejero y pedagogo para su país, poco a poco lo fue aburriendo. Y el hartazgo también poco a poco se hizo notar: discrepancias con los gobernadores, consejos inauditos como administrarse cloroquina y consumir lejía. Anuncios de tratamientos y vacunas que se quedaron en el aire, y una fija: todos los días había un récord, los estadounidenses son los mejores en... y en este país se hacen las cosas como en ningún otro, y jamás se había visto en la historia de la humanidad tal...

En tanto, la cifra de muertes y contagios es realmente terrorífica, la de desempleados no se puede ni creer. Y el panorama aún no parece nada esclarecido. 

Pero Trump no nació el día del servicio público, el día de la unidad ni el de la compasión. Trump necesita una otredad, un contendiente con quien competir. Y el Coronavirus no es tal. Y si lo fuera, ya había sido declarado ganador antes de comenzar la competencia. La pandemia es un mal que debemos ir entendiendo poco a poco, en medio de dudas.

Detrás de la grosería (otra más) ocurrida el lunes 11 de mayo, además de xenofobia y desprecio por la labor periodística (sentimientos también muchas veces expresados), hay sobre todo hastío. Casi un pedido de clemencia. Un sáquenme de aquí. Por favor, hasta cuándo. 

Más allá del repetido desplante de Trump hacia los extranjeros y los periodistas (en este caso es muy obvia la xenofobia), en el "pregúntale a China" hay una expresión que deja ver un tema que define a Trump, y es que él es un hombre de reyertas. Los temas complejos, sociales, delicados, sofisticados, inspiracionales, colectivos, le aburren. Él necesita de una pulsión permanente, una medición en la que tenga un contendor a quién ganarle. Su manera de tener energía es encontrando contrarios: Hillary, Obama, México, China, Warren, CNN, Europa, la OTAN, etc. Sin ese careo, él no tiene motivación. 

Weijia Jiang, de CBS, es una periodista americana y nacida en China que vino a vivir a Estados Unidos a los dos años. Pero su pregunta no fue más que el clamor de los millones de ciudadanos que escuchan todos los días los reportes de Trump, anonadados por su insólito rol. Palabras más, palabras menos, ella le preguntaba "por qué, mientras las cifras de contagios y muertos crecen, parece importar tanto competir con otros países sobre lo que se hace mejor aquí".

La pregunta interpreta la incomodidad de todos: por qué en medio de este luto que no termina y parece dejarnos arruinados, estamos anunciando grandes récords a diarios, que por demás son falsos.

Entonces salió el más intríseco, cansado y obstinado Trump a proferir otra de sus joyas discursivas. "Pregúntale a China". Jiang, de obvios rasgos asiáticos, de inmediato le repreguntó: ¿por qué me responde específicamente a mí de esa manera? "No es específicamente a nadie, si haces preguntas desagradables, obtendrás respuestas inusuales". Trump se empeñó en pasar el derecho de palabra a una y otra periodista. Pero pronto colapsó, y en segundos dio por terminada la rueda de prensa.

La intempestiva y airada expresión, no son solo una muestra más de que a la Casa Blanca llegó hace tres años un mandatario que no se siente representante de todos, con obligación para los demás ni respeto por orientación sexual, etnia, diferencias de opiniones ni instituciones como la justicia o la prensa. En el "pregúntale a China" hay más que eso.  

Nada desmotiva más a Trump que la ausencia de medición, la imposibilidad de salir medallista: el más, el primero, el que nunca antes... La pregunta misma de la reportera era sobre eso: ¿por qué tanto anuncia usted sobre lo bien que lo estamos haciendo? Porque, además de falso -que ya se ha naturalizado la falsedad con Trump y es casi lo de menos- es sobre todo inocuo: ¿A quién le importa ser los mejores en nada en medio de una pandemia que asesina a cientos de miles a nivel mundial? A nadie, solo a Trump, porque él no encuentra motivación sin tener a quien ganarle. Y el "pregúntale a China", más que la xenofobia aparente, que no solo es cierta sino que ya no tiene problemas en mostrarla, es sobre todo un "estoy obstinado de este tema, hablemos de otra cosa, o háblenlo en otra parte, con otra gente".

Las consecuencias de esa actitud, obvio, no son solo comunicacionales. En Estados Unidos no se están haciendo las cosas bien ni mal, sino desordenadas, cada estado a su manera, sin mayor supervisión, porque Trump no tiene demasiado ahínco en hacer cumplir planes que, por cierto, son casi de adorno. Le importa quedar bien con su mundo de origen, y por eso quiere reactivar la economía a toda costa. La otra consecuencia es que su popularidad ha decaído, y quizás no es porque lo haya hecho mal, que si hacemos un examen es probable que repruebe, sino porque su "eros", su "líbido", dirían los psicoanalistas, se esfuma en circunstancias como ésta.

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