El populista Japarov parte como gran favorito para las presidenciales en Kirguistán

Tolkun NAMATBAYEVA
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Kirguistán celebra el domingo elecciones presidenciales en las que se da por sentada la victoria del populista Sadyr Japarov, liberado de la cárcel en octubre por sus partidarios durante una crisis política como las que acostumbra a sufrir este país de Asia central.

Su ascenso ha sido meteórico desde su salida de la cárcel, donde cumplía condena por una toma de rehenes.

En esta exrepública soviética, considerado el país más democrático de la región pero también el más volátil, los cambios políticos repentinos son frecuentes.

Los detractores de Sadyr Japarov, de 52 años, temen que su victoria desemboque en un autoritarismo como el de los países vecinos: Kazajistán, Uzbekistán y Tayikistán, todos dirigidos con mano dura desde la caída de la URSS.

En Biskek, la capital, muchos votantes declararon a la AFP que votarán por Japarov.

Zamira Ismanova, de 36 años, considera a este exdiputado un "verdadero hijo del pueblo" y confía en él "al 100%". Esta vendedora de algodón de azúcar que gana menos de 5 euros al día dice estar "cansada" de las luchas de poder.

Además de las presidenciales, los kirguisos votarán el domingo sobre varias enmiendas constitucionales destinadas a cambiar la forma de gobierno del Estado: dando primacía al Parlamento o a la presidencia. Japarov es partidario de la segunda opción.

Según un sondeo realizado en diciembre por el grupo Central Asia Barometer, el 64% de los encuestados tiene la intención de votar por Japarov en las presidenciales y solo el 3% prefiere al nacionalista Adakhan Madumarov, su principal rival.

- Crisis recurrentes -

Sadyr Japarov, quien fue liberado de prisión por sus simpatizantes antes de que un tribunal anulara la condena, se esforzó antes de las elecciones presidenciales por presentarse como un enemigo del crimen organizado y de la corrupción.

Sus detractores afirman no obstante que tiene vínculos con el hampa.

En un mensaje publicado el martes en Facebook, Japarov prometió "dar una lección" a los activistas que se manifestaron contra sus ambiciones constitucionales.

Con una economía fragilizada por la pandemia de coronavirus, el próximo presidente tendrá que lidiar con una mayor dependencia de Rusia, un aliado donde trabajan cientos de miles de migrantes kirguisos, así como con las grandes ambiciones de China a sus puertas.

Durante la crisis política de octubre, provocada por unas elecciones legislativas consideradas fraudulentas por la oposición, Moscú criticó la inestabilidad del país.

El embajador de China se ha reunido en los últimos meses con altos cargos kirguisos para garantizar la protección de las empresas chinas, algunas de las cuales fueron atacadas en medio del caos.

Kirguistán vivió dos revoluciones, en 2005 y 2010, así como episodios de violencia étnica, y está acostumbrado a las crisis políticas.

Las legislativas de octubre fueron anuladas por las autoridades electorales con la esperanza de resolver la crisis, pero el entonces presidente Sooronbai Jeenbekov tuvo que ceder y dimitir dos semanas después bajo la presión de los partidarios de Japarov.

Era la tercera vez que un jefe de Estado kirguiso dimitía tras manifestaciones desde la independencia en 1991.

Japarov estuvo al frente del Estado de forma interina pero dejó el cargo para poder presentarse a las presidenciales. Sus rivales dicen que en la campaña se ha beneficiado de los recursos del Estado, en el que sus aliados ocupan todos los puestos claves.

Bekjol Nurmatov, un jubilado de 77 años, acusa a Japarov de haber "sumido a la gente en el caos" el año pasado y utilizado "recursos administrativos" del Estado para ganar votos.

Él votará por un rival -asegura- e insiste en que Japarov se negó a participar en un debate televisado. "Se esconde del pueblo", opina.

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