La politización envenenada del testimonio de Rocío Carrasco

Gonzalo Aguirregomezcorta
·5 min de lectura
Rocio Carrasco durante la presentación de 'Qué no daria yo por ser Rocío Jurado'. (Getty Images)
Rocio Carrasco durante la presentación de 'Qué no daria yo por ser Rocío Jurado'. (Getty Images)

La entrevista por capítulos, ‘Rocío, contar la verdad para seguir viva’, que emite Telecinco y en la que Rocío Carrasco ofrece su versión sobre el calvario que vivió mientras estaba casada con Antonio David Flores ha tocado los corazones de millones de españoles, ha levantado suspicacias entre los que sospechan de sus palabras y ha llegado incluso a provocar la reacción pública de la ministra de Igualdad, Irene Montero. Un tweet y su aparición en Sálvame han sido suficientes para que la tragedia haya quedado politizada.

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Algunos han preferido desviar la atención. De lo verdaderamente importante, los presuntos maltratos, el intento de suicidio de Carrasco o el problema de la violencia de género en España, hay quien ha preferido centrarse en criticar a la ministra, primero por ver Sálvame en lugar de salvar a un país que “está hundiéndose” y, segundo, por “demagoga”.

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Y así se desarrolla la historia de siempre en el país en el que no queda títere con cabeza. El odio a la izquierda o a la derecha prevalece por encima de cualquier cuestión que debería servir para unir en lugar de para dividir. Si abogar por el fin de la violencia de género mediante tweets o en programas de máxima audiencia para dar mayor difusión al mensaje contra las agresiones a las mujeres no une a los españoles, ¿qué lo conseguirá? Si se critica a la ministra, con razón, cuando hace las cosas mal, ¿acaso no se le puede reconocer que está bien posicionarse a favor de una presunta víctima de agresiones?

Hay dos posturas que no deberían ser incompatibles. Por tirar de hemeroteca reciente, se puede estar de acuerdo con Carlos Herrera, quien este mes habló sobre Montero de esta manera: “¿Pero a qué mujer defiendes tú, Irene? ¿A cuántas miles de enfermas has ido a ver este año en hospitales y en residencias? ¿A cuántos funerales de mujeres has ido este año? ¿Qué has hecho con el paro femenino de España que es de los más altos del mundo? ¿A cuántas comerciantes has visitado después de que tus colegas de la capucha les quemen el local?”.

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Igual se pueden dejar de lado las sospechas sobre que lo único que la ministra desea es subirse al carro para hacer campaña, y centrarse en el potencial impacto positivo de su tweet y de su comparecencia en Sálvame. Si no resuelve el paro femenino, es una incompetente; y si aprovecha el tirón de la entrevista para teorizar sobre el problema de las agresiones a las mujeres, es una aprovechada. La confesión de Carrasco fue vista por más de tres millones y medio de espectadores, a ellos se le suman los que lo ven a través de la web o los que se nutren del contenido vía medios de comunicación y redes sociales. Es casi imposible encontrarse con alguien que desconozca las confesiones que realizó la hija de Rocío Jurado y Pedro Carrasco. Si, además, la voz de Montero ha servido para concienciar a la población, para contribuir a que haya mujeres que se sienten identificadas y decidan dar un paso al frente y denunciar a sus agresores, o para que los maltratadores sientan que el cerco contra ellos se reduce cada vez más, pues bienvenida sea. Lo demás debería ser intranscendental.

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Vivimos en un ecosistema ideológico y político tan polarizado que al final, cuando se desvía la atención y se buscan argumentos para criticar a Montero, la mayor perjudicada es Carrasco, la presunta víctima, la que ofrece un testimonio desgarrador y muestra su rostro más vulnerable, la que describe un sufrimiento que queda demostrado con partes médicos y declaraciones pasadas de supuestos testigos. Es probable que algunos de los que inicialmente empatizaron con sus palabras y sus lágrimas acabaron entrando al trapo del politiqueo tras las intervenciones de la ministra de Igualdad. Entonces, la validez de Carrasco queda minimizada, porque el asunto se ha convertido para muchos en una cuestión ideológica, de bandera y de colores, en lugar de parte de un grave problema social. Sólo hay que darse un paseo por las redes para darse cuenta de cómo el debate se centra más en lo que Montero defiende o deja de defender y no en el calvario de la protagonista. Desafortunadamente, el relato de Carrasco queda bajo sospecha tras la intervención de la ministra y lo únicos responsables de que esto ocurra son aquellos que no saben separar entre política y compasión.

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