Bolsonaro y el medioambiente: cuando las peores profecías se cumplen

Bolsonaro y Trump durante la pasada visita del primero a la Casa Blanca. (Crédito imagen Flickr Alan Santos, Embajada de Brasil en los EE.UU.).

La primera vez que leí acerca de la política medioambiental del entonces candidato a la presidencia de Brasil, el exmilitar de tendencias ultraderechistas Jail Bolsonaro, un escalofrío de pánico recorrió mi columna vertebral.

De esto no hace ni un año todavía, hablo de octubre de 2018, y el artículo en cuestión, publicado en el blog The Conversation por Ed Atkins, licenciado en ciencias geográficas por la Universidad de Bristol, tenía un título desgarrador que ha resultado ser profético: “el brasileño Jair Bolsonaro será un desastre para la Amazonía y para el cambio climático”.

En el momento en que el artículo se publicó, Bolsonaro acababa de ganar la primera ronda de las elecciones presidenciales, y se postulaba como favorito ante Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores. Como Donald Trump, de quien se declaraba admirador, el discurso de Bolsonaro se acompañaba de opiniones racistas, homofóbicas y de una innegable misoginia. Como en el caso de Trump, su agenda económica pasaba por el proteccionismo. Y en lo político, si Trump triunfó con su lema “America first”, Bolsonaro lo hizo con su “Brasil por encima de todo”.

Pero centrémonos en lo que nos hizo temer lo peor. Brasil, como es bien sabido, alberga el 60% del bosque lluvioso más extenso del planeta: la Amazonía, una región crucial para la lucha contra el calentamiento global y el mantenimiento de la biodiversidad. No solo el verdadero pulmón del mundo, como muchos se afanan en repetir estos días, sino un inmenso sumidero de CO2 secuestrado por la exuberante vegetación.

Por eso, cuando en plena campaña, Bolsonaro anunció su intención de abandonar el Acuerdo de París, muchos nos echamos a temblar. Negacionista climático (también como Trump) Bolsonaro calificaba entonces el problema de calentamiento global como una simple “fábula de invernadero”, lo cual provocó la alarma medioambientalista en medio planeta. Afortunadamente, en cuanto a la agenda de París, poco antes de la segunda vuelta Bolsonaro “recapacitó” afirmando que mientras no se amenazase la soberanía brasileña sobre el Amazonas, se cumpliría con el acuerdo.

En el artículo de Atkins, se alertaba también del peligroso alineamiento entre las tesis de la ultraderecha y la de los “ruralistas”, una poderosa alianza entre terratenientes y grandes firmas agrícolas con representantes en el senado y la cámara de diputados de Brasil. Se temía que al igual que hiceron con la presidenta Michel Temer, los ruralista apoyarían cualquier política que implicase deforestar el amazonas para obtener pastos para el ganado, terrenos para el cultivo de la soja o apertura de minas.

A pesar de que numerosos países de occidente, entre ellos Alemania y Noruega, destinan fondos a proteger la Amazonía y evitar la deforestación, las cifras aportadas por el Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil reportó un incremento de dos dígitos en el índice de deforestación de la Amazonía brasileña durante los últimos 4 meses de 2018. En vista de las cifras alarmantes, Alemania y Noruega han detenido su participación millonaria en el “Fondo Amazonas”, a lo que Bolsonaro ha respondido despectivamente con un “que le den ese dinero a Angela Merkel para que reforeste Alemania” . ¡Genio y figura!

Imagen satelital de los incendios en el Amazonas tomada el 13 de agosto de 2019 por el satélite Aqua de la NASA. (Crédito imagen: NASA).

Bolsonaro llegó también a pedir en campaña que se neutralizase el Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (IBAMA) que monitorea la deforestación y la degradación medioambiental. Así mismo, pidió que se eliminara el Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad, organismo que tiene el potencial de multar a los partidos que no cumplen con los objetivos legalmente establecidos por el Ministerio de Medio Ambiente.

Afortunadamente el congreso brasileño está muy atomizado, y Bolsonaro tendría serias dificultades para obtener mayorías que le capacitasen para decretar el cierre de los organismos encargados de velar por el medio ambiente. De hecho varios gobernadores de áreas estatales de la Amazonía le han desacreditado públicamente en temas como el antes citado recorte de subvenciones extranjeras al Fondo Amzonas.

En cuanto a las poblaciones indígenas, el exmilitar pidió en campaña que se eliminase la protección legislativa que preserva las reservas en las que viven estas comunidades, para destinar ese suelo a “fines productivos”. Prometió en tonces que “ni un solo centímetro más de tierra” se demarcaría como reserva indígena, y por lo que puedo ver ha cumplido su promesa ya que ha transferido esta responsabilidad desde el Ministerio de Justicia hasta el de Agricultura (que gracias a él está manejan ahora los “ruralistas”, desde el nombramiento de Tereza Cristina Correa como ministra). Básicamente eso es como dejar encargado al zorro del cuidado de las gallinas.

En fin, en menos de un año al frente del poder en Brasil, Bolsonaro ha cumplido con la peor de las expectativas en política medioambiental, y prueba de ello son los más de 70.000 incendios sufridos en Brasil desde comienzos de 2019 hasta la fecha. Curiosamente más de la mitad ha afectado a terrenos de la Amazonía. ¿De verdad es casualidad ese 83% de incremento con respecto al año pasado?

La humanidad se juega su futuro y debe tratar de alcanzar soluciones a la crisis climática, para lo cual obviamente necesita líderes comprometidos con la causa. Por desgracia dos de los países más extensos del mundo se encuentran gobernados por inconscientes más preocupados en generar negocio para sus acólitos (aunque para ello haya que intentar comprar Groenlandia o quemar la Amazonía) que en dar un futuro a las generaciones venideras.

Si luego nos extinguimos no podremos culpar a los extraterrestres. Nuestra propia estupidez ha puesto a estos locos en el gobierno. En un mundo de bloques en guerra económica, Europa, debería de usar su influencia para hablar desde la sensatez, un valor cada vez más a la baja.

Esperemos que en los años que vienen por delante, los líderes populistas del mundo encuentren la oposición que sus delirantes políticas merecen. Por el bien de todos.

Me inspiró la re-lectura del profético artículo en The Conversation y las terribles noticias que pueden leerse por doquier.