¿Podrá la medicina regenerar un miembro amputado en el futuro?

Salamandra de fuego fotografiada en Walpersdorf, Alemania. (Crédito imagen: Wikipedia).


Es bien sabido que cuando a una salamandra se le corta una extremidad, esta vuelve a crecerle. Por desgracia los humanos no podemos realizar este mismo truco, algo que sin duda haría feliz a los millones de humanos que han sufrido una amputación. Sin embargo nuestro organismo se las compone bastante bien para regenerar la piel perdida. Incluso nuestro estómago e hígado pueden crecer a partir de una fracción hasta volver a ocupar el volumen anterior. Bien, pero a pesar de que nuestro cuerpo puede realizar estos “trucos” menores, llegar a recuperar un brazo entero (con sus huesos, articulaciones, tendones, vasos sangúíneos, músculos, dermis, etc..) es algo totalmente fuera de nuestro alcance.

Sin embargo, algunos científicos creen que el cuerpo humano puede esconder el potencial que le equipare al de las salamandras, de quienes nos desviamos evolutivamente en el Devónico (nuestro antepasado común vivió hace 360 millones de años). Ese es el caso de David Gardiner, profesor de biología celular y del desarrollo en la Universidad de California Irvine, que acaba de colaborar con la web LiveScience en un interesante artículo sobre esta posibilidad.

Gardiner lleva décadas estudiando la regeneración en las salamandras, y ha llegado a aprender varias cosas sobre el mecanismo que permite a este anfibio recuperar indefinidamente un miembro amputado. En su opinión, en el futuro nosotros también podremos ganar este “superpoder”, aunque no va a suceder de forma inmediata.

El optimismo viene de la presencia de células madre adultas en nuestro cuerpo. Estas células, inicialmente no diferenciadas, pueden transformarse en cualquier clase de tejido: óseo, muscular, nervioso, vascular, etc. Sin embargo, más allá de su funcionalidad “poniendo parches” aquí y allá, no pueden hacer crecer de nuevo un brazo amputado.

Sin embargo, en el útero materno, los humanos somos capaces de generar sistemas y organos completos. A partir de la información genética, un embrión humano se desarrolla hasta formar una persona en solo nueve meses. De modo que en cierto modo, en nuestros genes existe la información precisa para decirle a las células madre dónde deben ubicarse y en qué tejido deben especializarse.

Para regenerar un miembro, las células madre necesitan precisamente eso, saber dónde están. De ese modo podrán construir las estructuras necesarias en el orden correcto. Las salamandras posee cierto número de genes que en los humanos figuran “desconectados”. Gardiner cree que tal vez esos genes permitan la regeneración, o al menos ayuden a controlar el proceso. Sin embargo, algo en el pasado evolutivo de los humanos llevó a que esos genes dejasen de expresarse del mismo modo que lo hacen en las salamandras.

Ajolote albino mostrando sus branquias externas. (Crédito imagen: Wikipedia).

¿Qué provocó esa divergencia evolutiva? Nadie lo sabe a ciencia cierta, aunque en 2013 el trabajo de un científico australiano llamado James Godwin (Universidad Monash) hizo un hallazgo que podría dar una pista clave en la resolución del misterio. Godwin descubrió que unas células del sistema inmunitario llamadas macrófagos, evitan en las salamandras la formación de tejido cicatrizal. Los macrófagos existen en otros animales, incluidos los humanos, y su función es la de detener las infecciones y provocar la inflamación, que es la señal que se lanza al cuerpo para indicar que es necesario reparar algo. Cuando se eliminan los macrófagos en el cuerpo de una salamandra, esta es incapaz de regenerar un miembro amputado. En lugar de eso la herida se cubre con una cicatriz, justo lo que nos sucede a nosotros.

Otro de los aspectos a tener en cuenta si deseamos que los humanos puedan regenerar sus miembros perdidos es la neotenia, que es la capacidad que tienen algunos animales de conservarse jóvenes. El ejemplo más conocido lo tiene una salamandra mexicana llamada ajolote, que es capaz de retener sus características larvarias (es decir esquivar la madurez sexual) a voluntad. Por eso, un ajolote puede mostrar agallas (como un renacuajo) a pesar de haber desarrollado totalmente sus extremidades. Los humanos también poseemos neotenia, lo cual explica que nuestras crías sean las que atraviesan una infancia más larga de entre todos los grandes primates. Eso hace así mismo que la capacidad para curarse sea mayor en los humanos jóvenes que en los mayores.

En este aspecto, investigadores de Harvard descubieron que un gen llamado Lin28a (activo en animales y humanos inmaduros) está detrás de la capacidad que los ratones jóvenes tienen de regenerar tejido. Este gen está relacionado con el sistema de control del metabolismo de los animales, cuando se estimula puede hacer que un animal genere más energía, como si fuera más joven.

Como decía al principio, aún falta bastante tiempo para que los humanos podamos hacer “magia regenerativa” al estilo salamandra, pero la propia natuzaleza nos ofrece ejemplos animales en los que poder buscar soluciones. Quien sabe si ahora mismo hay un estudiante enamorado de la biología evolutiva, que dentro de unas décadas logre juntar todas las piezas del puzzle y resolver el misterio. Confiemos en el ingenio humano y en el avance de la ciencia.

Por cierto que si os parece interesante este tema os recomiendo encarecidamente leer ECM, o de cómo los cerdos nos ayudan a regenerarnos.

Me enteré leyendo Live Science.