Siete plantas para comprender a Darwin

Jaime Güemes, Director del Jardín Botánico y profesor, Universitat de València
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Zarcillos de la trompeta de los ángeles. Jaime Güemes, Author provided

En la primavera de 1831, una vez terminados los exámenes y obtenida la graduación en el Christ’s College de la Universidad de Cambridge, Charles Darwin leyó Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, de Alexander von Humboldt (1769-1859). Aún no había recibido la invitación para embarcase en el Beagle, sin sueldo y como ayudante de recolección de muestras geológicas, paleontológicas, zoológicas y botánicas. Aún no sabía cómo su vida iba a ser, de algún modo, paralela a la del ya reconocido noble prusiano.

Ambos contravinieron la opinión paterna sobre lo que debía ser su educación y su actividad profesional. Ambos tuvieron infancias acomodadas y pudieron disfrutarlas en grandes espacios naturales. Ambos desarrollaron teorías e interpretaciones de la naturaleza que cambiaron la forma de entender el mundo y que dieron paso a las modernas disciplinas de la biología.

Darwin y Humboldt se embarcaron rumbo a América siendo muy jóvenes, sin haber cumplido los 30 años –Darwin con apenas 22–. Sus viajes hicieron la primera escala en islas de la Macaronesia (Tenerife, Humboldt; Cabo Verde, Darwin) y tuvieron una duración cercana a los cinco años.

Ambos dedicaron los siguientes 20 años a estudiar las notas y los materiales recolectados y apenas hicieron en ese tiempo otras exploraciones. No fueron grandes recolectores botánicos y reunieron poco más de mil especímenes secos después de sus largos periplos por territorios continentales e insulares. Ninguno de los dos estudió las plantas colectadas. Fueron otros botánicos los que dieron a conocer sus hallazgos y las especies descubiertas.

Aunque pueden ser más conocidos sus estudios sobre pinzones, percebes o fósiles de grandes vertebrados, Darwin investigó con detalle la diversidad y las adaptaciones de las plantas, que también fueron de gran importancia para el desarrollo de su obra sobre El origen de las especies.

Darwin jardinero

Darwin reconoce en la introducción de su libro The different forms of flowers on plants of the same species (1877) que debería haberlo escrito un “botánico reconocido, distinción que no me puedo atribuir”.

El naturalista británico no se dedicó a la identificación de las plantas ni se preocupó por describir las novedades botánicas que pudo encontrar en su recorrido americano. Sí se interesó, sin embargo, por cómo crecían y dedicó tiempo a cultivarlas y observar su desarrollo.

Desde esa faceta de jardinero, tan arraigada en la nobleza británica del siglo XIX, fue un colaborador habitual de la revista The Gardeners’ Chronicle, fundada en 1841 por algunos de los paisajistas y botánicos británicos más destacados del momento. En ella, publicó sus primeras contribuciones, antes de llevar sus más detallados estudios botánicos ante la Linnean Society.

A Darwin le preocupaban las adaptaciones de las plantas y, muy especialmente, su capacidad de movimiento, en unos seres vivos tenidos tantas veces por inmóviles.

El naturalista británico estudió el crecimiento de raíces y tallos, pero dedicó minuciosos estudios en el invernadero de su Down House al conocimiento de las fuerzas que permitían trepar a las lianas, atrapar insectos a las plantas carnívoras o trasladar el polen con eficacia, de una flor a otra, para garantizar la descendencia de la especie. Siempre con una mirada atenta a detectar los tránsitos evolutivos que llevaban de unas formas a otras, seleccionando siempre la mejor adaptación.

Como un observador minucioso, Darwin estudió el comportamiento de centenares de especies, en su mayoría exóticas y obtenidas en los jardines botánicos británicos, muchas en The Kew Gardens. Pero también desarrolló experiencias con las plantas silvestres que nacían espontáneamente en su finca de Downe, unos kilómetros al sur de Londres.

Muchas de las especies que observó Darwin se cultivan en el Jardí Botànic de la Universitat de València y, fácilmente, podemos seguir su desarrollo o comportamiento atendiendo las explicaciones del autor británico.

1. Las trompetas de los ángeles

Flor de la trompeta de los &#xe1;ngeles
Flor de la trompeta de los ángeles

Sabemos por él que las hojas de la trompeta de los ángeles (Maurandya barclayana) tienen pecíolos sensibles capaces de rizarse sobre las ramas de las plantas próximas. Que ese giro, que las fija y les permite ascender sobre las plantas próximas, se completa en un tiempo de unas tres horas y diecisiete minutos.

2. La parra de hoja de castaño

Darwin también nos explica, y lo podemos observar en el invernadero tropical del Jardí Botànic, que las plantas trepadoras que desarrollan zarcillos, como la parra de hoja de castaño (Tetrastigma voinierianum), son más eficientes trepando que las que se fijan mediante raicillas, como el ficus trepador (Ficus pumila).

3. El ficus trepador

Hojas del ficus trepador, Ficus pumila
Hojas del ficus trepador, Ficus pumila

Una observación atenta a la pared que cierra el invernadero y por el que trepan ambas especies, nos permitirá comprobarlo. El peso del ficus hace que se desprenda de la pared y caiga al suelo, mientras que los zarcillos de la parra exploran todas las direcciones del espacio hasta encontrar un soporte al que fijarse.

4. La vainilla

En el invernadero de las orquídeas podremos ver florecer en primavera la vainilla (Vanilla planifolia), también una planta trepadora de tallos volubles, que giran en el aire sobre sí mismos y se aplican sobre los tallos que se interponen en su desarrollo. Pero Darwin nos expone, además, las razones por las que, sin los insectos propios de sus originales selvas tropicales de México, solo podamos hacerla fructificar, para obtener sus aromáticas vainas, después de una polinización manual.

5. La orquídea de Darwin

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Más sorpresas nos reserva el invernadero, pero tendremos que esperar a las semanas centrales del invierno para ver las flores de la famosa orquídea de Darwin, que no es otra –aunque Darwin estudió el comportamiento de muchas otras especies de orquídeas y de sus polinizadores- que Angraecum sesquipedale, también llamada estrella de Navidad, una orquídea de Madagascar cuyo polinizador se desconocía en la época de Darwin.

Esta especie sirvió para confirmar el carácter predictivo de las observaciones del naturalista y su teoría de la evolución. Darwin conoció sus flores en los invernaderos de su finca, gracias a unos ejemplares que le regaló James Bateman (1811-1897), un reconocido orquidiólogo.

El científico británico observó el larguísimo espolón en el que se prolongan los pétalos y donde la planta concentra el néctar. Predijo que habría una mariposa con una espiritrompa tan larga como la longitud del espolón.

No se había descubierto aún, pero Darwin sabía que la descendencia de la orquídea solo podría garantizarse si existía esa especie para polinizarla. El hallazgo se produjo en 1907, casi 50 años después de que él estudiara la flor y, efectivamente, observara una mariposa nocturna (Xanthopan morganii) que se alimentaba del néctar a la vez que transportaba el polen de flor en flor.

6. La salicaria

Plantas y flores de salicaria
Plantas y flores de salicaria

Si esperamos al final de la primavera, podremos observar en las balsas de plantas acuáticas del Jardí Botànic cómo crece y florece la salicaria (Lythrum salicaria) y ver su compleja heterostilia, con tres tipos diferentes de flores sobre la misma planta. En la finca de Darwin nacían espontáneamente al borde de las charcas.

Podemos imaginarnos al autor de El origen de las especies adentrarse en el barro para llegar hasta las flores y permanecer horas delante de ellas viendo el comportamiento de los polinizadores, hasta comprender la razón de esa diversidad de formas: forzar una polinización cruzada, aumentar las combinaciones entre progenitores y, en definitiva, facilitar los procesos evolutivos que permitirán la adaptación de las especies a un mundo cambiante.

Para acabar este recorrido, mencionaremos algunas observaciones que nos llevan hasta el invernadero de las plantas carnívoras, que quizás deberían llamarse insectívoras, ya que poco más que insectos consumen habitualmente. En 1860, a partir de la observación de los numerosos insectos que cubrían las hojas de las droseras de una turbera próxima a Londres, Darwin empezó a interesarse por esta curiosa adaptación de las plantas que viven en suelos muy lavados y pobres en minerales básicos para el metabolismo vegetal.

7. La drosera de El Cabo

Darwin dedicó quince años al estudio de decenas de especies de casi todos los géneros de plantas insectívoras y nos describe con detalle sus movimientos y su forma de alimentación en Insectivorous Plants (1875).

Las hojas de la drosera de El Cabo (Drosera capensis) tienen unas glándulas brillantes, transparentes y rojizas. Darwin experimentó sobre plantas como estas para identificar los estímulos que movían sus tentáculos. Puso sobre las hojas pedazos de vidrio, corcho o carbonilla, sin estimular apenas su movimiento. No ocurrió lo mismo cuando disponía una mosca sobre ellas: se excitaban rápidamente hasta que el insecto quedaba atrapado.

Encontraríamos otros muchos ejemplos. Los textos de Charles Darwin, con sus detalladas observaciones y descripciones, podrían acompañarnos en un amplio recorrido por el Jardí Botànic deteniéndonos en cada planta y haciéndonos comprender cómo las fuerzas de la naturaleza han modelado sus formas, sus colores, sus texturas, sus aromas o sus movimientos.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Espores del Jardín Botánico de la Universitat de València.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Jaime Güemes recibe fondos de Ministerio de Ciencia y Tecnología del Gobierno de España; de la Conselleria de Agricultura, Desarrollo Rural, Emergencia Climática y Transición Ecológica de la Generalitat Valenciana; de la Mohamed bin Zayed Species Conservation Fund; de la Fundación Biodiversidad; de Iberdrola; de Caixa Popular. Ninguno de estos recursos está vinculado al artículo escrito.