Cómo las personas con TDAH pueden ayudar a mejorar el sistema educativo

Patricia Álvarez Sánchez, Profesora de Traducción e Interpretación, Universidad de Málaga
·7 min de lectura
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Shutterstock / Suzanne Tucker

El protagonista adolescente de El orden alfabético (1998), de Juan José Millás, enferma, y durante sus delirios febriles imagina un mundo en el que comienzan a desaparecer las palabras y las letras. Las lenguas y sus textos empobrecidos resultan incomprensibles pero, además, los hablantes deciden deshacerse de los objetos que ya no pueden nombrar. El mundo se convierte en un sitio desordenado, caótico y hostil.

Existen diversos trastornos que impiden a algunas personas manejar el lenguaje con normalidad y que tienen su origen en el cerebro. Por una parte, las personas que sufren afasias (existen diferentes tipos) tienen dificultades para comprender o producir lenguaje según la zona cerebral afectada.

Por otra, existen también diversos trastornos del aprendizaje que dificultan la lectura y/o la escritura. Entre ellos, se encuentran la dislexia y el déficit de atención o TDAH, en el que me centraré en este artículo.

Imagínese que tiene que leer un texto y, cuando comienza, tan solo es capaz de ver (y, por lo tanto, leer) algunas de las palabras. Muchos de los términos han desaparecido sin motivo de forma aleatoria, de manera que el texto resulta prácticamente incomprensible. Seguramente volvería usted a comenzar, extrañado de su torpeza, pero el resultado sería el mismo.

Imagínese que, además, tiene usted que contestar a una serie de preguntas sobre ese texto, preguntas que a su vez se desvanecen en su hoja parcialmente, y que el tiempo que tiene para hacerlo es limitado. Así se siente una persona con déficit de atención muchas veces al día durante gran parte de su infancia, adolescencia y, en algunos casos, durante su vida adulta.

Falsos mitos

El déficit de atención no es una enfermedad, es un trastorno y no se puede relacionar, al igual que muchos otros trastornos que afectan al aprendizaje, con la falta de inteligencia. De hecho, muchas personas disponen de grandes habilidades y una gran inteligencia, y sufren también esta dificultad.

El déficit de atención tampoco es siempre sinónimo de hiperactividad. Algunas personas son inatentas y suelen pasar inadvertidas, mientras que otras, hiperactivas, se diagnostican más fácilmente porque interrumpen el ritmo de las clases. En todos los casos se observa un mal desarrollo de las funciones ejecutivas, falta de atención y, en algunos, comorbidad con otros trastornos del aprendizaje como la discalculia y la dislexia.

Además, tal y como señalan Paul Wender y David Tomb en ADHD (2016), el origen radica en la falta de comunicación entre neuronas, que normalmente reciben información gracias a los neurotransmisores. En el caso de estas personas, no funcionan correctamente por diferentes motivos; de ahí que una de las propuestas de intervención sea administrar medicación (derivados de las anfetaminas o metalfedinato) que estimule esa comunicación neuronal.

Aunque, según estos autores, el 80 % de los niños y niñas responden bien a la medicación, también afirman que no constituye en sí misma la solución del problema si no trabaja desde el entono familiar y los centros educativos conjuntamente.

El déficit de atención en el aula

Uno de los grandes expertos en el tema, José Ramón Gamo, observa que cada aula española cuenta con dos alumnos con déficit de atención y, sin embargo, muy pocos docentes conocen cuáles son las dificultades que entrañan este u otros trastornos del aprendizaje porque no se ofrece preparación específica al respecto. Se nos enseña sobre las materias que debemos impartir, pero no sobre cómo el cerebro humano aprende. Estamos hablando de una patología que padece entre un 2 y un 5 % de la población infantil.

La propuesta de Gamo es fomentar un gran cambio metodológico en el entorno educativo, uno que se enfoque en la enseñanza de competencias –resolución de problemas, gestión de las emociones y pensamiento crítico– y que maximice el aprendizaje del alumnado.

Por otra parte, John Hattie argumenta en Visible Learning (2008) y Visible Learning for Teachers (2011) que muchas de las intervenciones educativas que realizamos a diario son completamente improductivas. Enfatiza también la necesidad de visibilizar el aprendizaje real del alumnado (de ahí el título de sus obras) y también la enorme influencia que los educadores tenemos sobre el resultado positivo en ese proceso de aprendizaje.

Censura también que no haya diversidad metodológica en la enseñanza. Añadiría yo que (salvo excepciones) tampoco hay una verdadera atención a la diversidad, aunque esta sea obligatoria tal y como se desprende de todas las leyes y todas las normativas sobre educación en nuestro país, y aparezca en las programaciones que elaboramos los docentes de todas las asignaturas.

Como consecuencia, la mayoría del alumnado con trastornos del aprendizaje no logra acceder a estudios universitarios, algo que podríamos cambiar.

Enseñanza de idiomas

Si nos centramos en la enseñanza de lenguas extranjeras, por ejemplo, y analizamos los métodos más importantes de los últimos dos siglos (método gramática-traducción, método directo, método audiolingual, método global-estructural-audiovisual, enfoque comunicativo, etc.), ninguno de ellos se enfoca en los diferentes tipos de aprendizaje con los que cada persona está dotada y puede desarrollar.

Paradójicamente, cada uno de ellos se ha centrado en prácticamente un único tipo de aprendizaje, aquel que el método propugna.

En muchas otras asignaturas ocurre que se enseñan contenidos y se olvida que esos contenidos deben servir para algo. Muchas veces se descuida también su puesta en práctica.

Esto pasa también en la asignatura de Lengua Castellana, donde prima el enfoque morfosintáctico (clasificatorio y memorístico) desde edades muy tempranas, pero no se enseña ni a leer ni a escribir correctamente, con las evidentes consecuencias que esto conlleva para el resto de asignaturas y para la vida diaria.

Sin embargo, saber leer es tan importante que la Unión Europea encuadra la comprensión y expresión oral y escrita como la primera de las ocho competencias clave que todos los individuos necesitan para el desarrollo y la realización personal, la ciudadanía activa, la inclusión social y el empleo.

Los resultados de este enfoque clasificatorio en Lengua Castellana quedan reflejados en el último informe PISA. Este evalúa, entre otros aspectos, la comprensión lectora de una muestra de estudiantes que están a punto de finalizar la escolaridad obligatoria (4º de la ESO en España).

La puntuación media que los estudiantes de España alcanzan en esta competencia es significativamente inferior a la de la media del resto de los países participantes.

En este informe se recoge también que España tiene una tasa de repetidores del 29 % –este dato debería desconcertarnos– y que “la repetición de curso tiene efectos negativos en el rendimiento académico”. Además, recientemente hemos sabido que España sigue siendo, con más de un 17 %, el país con mayor tasa de abandono escolar prematuro en la UE.

Necesidad de renovación

Necesitamos renovarnos y renovar nuestra educación, no solamente por las personas con dificultades de aprendizaje, pero también por ellas. Además, existen sencillas adaptaciones que les allanan el camino enormemente a estos alumnos y alumnas; por ejemplo, el uso de la negrita para resaltar palabras, que les facilita que las vean y las lean, pero también sentarlos cerca de la pizarra, flexibilizar los tiempos en los exámenes o permitirles que se examinen oralmente.

Como es fácil imaginar, las dificultades de atención originan un rendimiento académico muy por debajo del colosal esfuerzo que estas personas y muchas de sus familias realizan y, por consiguiente, son causa de una gran desmotivación. Esto tiene como consecuencia que se enfrenten a un riesgo muy elevado de abandonar sus estudios y de participar en desventaja en el mercado laboral.

Sin embargo, recordemos que existen ejemplos de personas con este trastorno, como el propio José Ramón Gamo o el reconocido psiquiatra Luis Rojas Marcos, que han sido capaces de tener éxito cuando logran dedicarse –igual que el resto de los mortales– a aquello que les apasiona.

En realidad, mejorar nuestra metodología para ofrecerles las mismas oportunidades significa mejorarla para todo nuestro alumnado.

Creamos, como Haggie, que somos una pieza fundamental en la enseñanza, reflexionemos sobre cuántas veces tendríamos que leer un texto al que le faltan palabras para entenderlo y lo que eso significa exponencialmente en casi todas las asignaturas y hagamos que el mundo de las personas con déficit de atención y otros trastornos del aprendizaje sea un poco menos desordenado, caótico y hostil.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Patricia Álvarez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.