Sostres ha cruzado una línea con Ansu Fati que el periodismo deportivo no se puede permitir

Luis Tejo
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Ansu Fati, futbolista del Barcelona, gesticula durante un partido.
Ansu Fati, futbolista del Barcelona. Foto: Lluís Gené/AFP via Getty Images.

El Barcelona disputó este martes su primer partido de la fase de grupos de la Champions League de esta temporada. Fue un trámite contra el antaño glorioso pero hoy muy modesto Ferencváros húngaro que se resolvió por goleada y que no pasará a la historia del fútbol. Sí que quedará en el recuerdo durante mucho tiempo, sin embargo, por un hecho paralelo al encuentro que causa bastante vergüenza a la sociedad en general y al gremio del periodismo en particular.

La tarea de redactar la crónica correspondiente se la encargaron en el diario ABC a Salvador Sostres. En Yahoo, haciendo un ejercicio de profesionalidad, nos la hemos leído. Asumimos de antemano que, salvo honrosas excepciones, lo que pase durante 90 minutos sobre el césped de un estadio no suele dar para crear obras maestras de la literatura. El texto de este redactor, sin embargo, no es solamente que se centre en sus fobias personales más que en el partido en sí, convirtiéndose en inútil para el propósito que fue creado (que no es otro que informar de lo ocurrido en el Camp Nou).

Es que algunas de esas opiniones traspasan la categoría de lo “políticamente incorrecto” y se adentran de lleno en el terreno de lo inmoral e indigno. Un párrafo en particular, en el que se refería al joven azulgrana Ansu Fati, ha llamado tanto la atención por lo desagradable y racista de su contenido (compara al futbolista con un “mantero jovencísimo y negro” del Paseo de Gracia que salía corriendo cuando llegaba la Guardia Urbana, “selváticas estampas en el corazón de la ciudad” que ya no ocurren porque “para Ada Colau los delincuentes son los policías”) que hasta otros futbolistas culés como Antoine Griezmann han tenido que salir a protestar.

La pieza en cuestión, que no vamos a enlazar porque creemos que semejantes prácticas no merecen la recompensa de generarles más tráfico en la web, fue modificada posteriormente. El propio Sostres editó su texto para indicar que era un “malentendido” y que no tuvo intención de ofender, pues su punto de vista es “muy favorable al jugador”. Si existiera un listado de las excusas menos creíbles de la historia, esta se colocaría sin dificultad en los primeros puestos.

Todas las personas que han leído su trabajo, sin apenas excepción, se sienten indignadas y lo consideran inaceptable. Pero el problema va mucho más allá de que, en un momento dado, un reportero haya cometido el error de redactar no con el cerebro ni con el corazón, sino con las tripas. Porque en este caso no es un error, sino que se veía venir de lejos.

Sostres no es precisamente un recién llegado al panorama mediático español. Acumula una trayectoria larguísima de insultos, descalificaciones y gracietas muy fuera de lugar. Estamos hablando de un tipo que, por poner un par de ejemplos, se refirió al terremoto de Haití de 2010 que causó centenares de miles de muertos como “una manera de limpiar el planeta”, o que, creyendo que no estaba siendo grabado (y por tanto expresándose libremente), hizo en televisión comentarios de corte pedófilo que todavía se recuerdan con estupor (si los quieres ver y luego te entran ganas de vomitar no digas que no te avisamos).

Cómo será Sostres que en 2015 le despidieron del diario El Mundo, un medio que nunca se ha caracterizado por su moderación o por morderse la lengua, hartos de las barbaridades que soltaba. No tardó ni dos días en encontrar nuevo empleo en las páginas del ABC. Conociéndole, y le conocemos bien, lo raro y sorprendente habría sido que no apareciera en su texto algún disparate semejante.

Sabemos de sobra de qué pie cojea este hombre que, formalmente, trabaja como periodista, pero a quien el título le queda demasiado grande. Lo sabemos tanto los compañeros de profesión como (la mayoría de) los lectores. Y por supuesto, también lo saben los responsables de los medios que le ofrecen un espacio para expresar sus salvajadas.

Estos dueños de medios, los del ABC en este caso, varios más en otras circunstancias, saben también que aunque sea despreciable, también es polémico. Y que lo polémico vende. Bien sea porque algunos pocos pueden llegar a estar de acuerdo, bien porque otros muchos se escandalizan, el caso es que todo el mundo lo acaba viendo, muchos hacen el clic oportuno, la página suma visitas y los ingresos publicitarios aumentan, que en última instancia es de lo que se trata.

El truco es viejísimo: el amarillismo se lleva usando desde hace siglos, casi desde que se inventó el negocio de la prensa. A lo largo de la historia ha servido hasta para inventarse guerras. La sección de deportes no iba a ser menos, y si es preciso colocar a alguien nada especializado en el tema pero muy ruidoso, se le pone. ¿Informar con rigor? No seamos idealistas, que con eso no se come, y menos en plena (enésima) crisis. Llama más la atención polarizar, dividir en bandos, apelar a los sentimientos (aunque sean los más bajos), generar indignación si es preciso. Ya lo decía Sabina: ruido, mucho ruido.

Asumimos que un llamamiento para parar esta deriva antes de que la credibilidad del sector, ya muy mermada, se hunda del todo probablemente caiga en saco roto. Con poco margen de maniobra por nuestro lado, lo poco que podemos hacer los periodistas deportivos que nos sentimos asqueados es apelar a la sensatez del público, que además es la clave de todo. Porque si se generan y se publican contenidos tan nauseabundos, es debido única y exclusivamente a que la estrategia funciona y los lectores siguen yendo a por la carnaza.

En última instancia tú, consumidor de medios, tienes el poder de premiar el trabajo bueno, o al menos digno, y de castigar a los vomitadores de bilis con tu desprecio. Con el caso de Ansu Fati y Sostres se ve una pequeña luz al final del túnel, puesto que la reacción generalizada tras cruzar la línea roja del racismo ha sido de profundo malestar. Veremos si es el principio del cambio que necesita el periodismo en general, el deportivo en particular, o no estamos más que ante uno de tantos espejismos que surgen de vez en cuando.

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