Los partidos clásicos se hunden en Francia: cuando el electorado cambia, pero tú no te adaptas

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Valerie Pecresse y Anne Hidalgo, en unos carteles vandalizados de la campaña de 2022. (Photo: Getty Images)
Valerie Pecresse y Anne Hidalgo, en unos carteles vandalizados de la campaña de 2022. (Photo: Getty Images)

Valerie Pecresse y Anne Hidalgo, en unos carteles vandalizados de la campaña de 2022. (Photo: Getty Images)

Siempre han sido los mismos: en la Quinta República francesa, desde Charles de Gaulle, todos los presidente del país provenían de la izquierda y la derecha clásicas, reconvertidas y rebautizadas, pero con la misma esencia. Fue así con Georges Pompidou, Valéry Giscard d’Estaing, François Mitterrand, Jacques Chirac, Nicolás Sarkozy y François Hollande, hasta 2017. Entonces irrumpió Emmanuel Macron, exministro del socialista Hollande e impulsor del liberal En Marche!, y neutralizó al socialismo del que él mismo procedía. En los comicios de este año, ha terminado la tarea: se ha cargado lo que quedaba de los republicanos. Hoy las dos marcas políticas que fueron todo en el país son absolutamente irrelevantes.

Los datos son sonrojantes. En la primera vuelta de los comicios, celebrada el 10 de abril, el 73% de los votos se los llevaron tres candidaturas, las del propio Macron (27.84%), la Agrupación nacional de la ultraderechista Marine Le Pen (23.15%), la Francia insumisa del izquierdista radical Jean-Luc Mélenchon (21.95%). Para el resto quedó la calderilla: Valérie Pécresse, del partido derechista de Los Republicanos, conquistó el 4,78% de los sufragios y Anne Hidalgo, del Partido Socialista, se no llegó al 2%.

No sólo es que ambas formaciones históricas hayan cosechado los peores resultados de sus respectivas historias sino que, además, al no haber logrado llegar al 5% de los votos, no recuperan el dinero invertido en campaña, lo que los deja tocados en lo económico. Tanto que los republicanos hablan de riesgo real de desaparición.

Un centro rodeado de extremismos

Laurence Teinturier, investigadora en Kantar Public, explica que en este momento “Francia ha quedado políticamente con un centro, más conservador que progresista, rodeado de extremismos. Las opciones son el liberalismo macroniano, la extrema derecha de Le Pen y (Enric) Zemmour y, al otro extremo, Mélenchon. No ha quedado oxígeno para los clásicos en estos tres campos, casi equivalentes por tamaño, sin porosidad ideológica o sociológica”.

Reconoce que el peso histórico de estos partidos hoy hundido es mucho, pero a su entender lo grave no es que fracasen, sino que “no dan señales de transformación, de examen interno y de cambio de liderazgo” que les permita revivir, “adaptarse” a las nuevas necesidades del electorado. “Los viejos nunca dejan de morir, y eso es ley de vida. No hay que ser agoreros con la teoría del fin de los partidos. Como decía la chapa de un votante de Macron en Lyon, ‘larga vida a lo nuevo’. En nuestras sociedades hay tendencia a debilitar a los viejos partidos generando movimientospolíticos frescos encarnados en líderes carismáticos y más aún cuando estamos en plena época del populismo”, argumenta.

Anne Hidalgo, asumiendo su derrota, en la noche del 10 de abril pasado, en París.  (Photo: THOMAS COEX via Getty Images)
Anne Hidalgo, asumiendo su derrota, en la noche del 10 de abril pasado, en París. (Photo: THOMAS COEX via Getty Images)

Anne Hidalgo, asumiendo su derrota, en la noche del 10 de abril pasado, en París. (Photo: THOMAS COEX via Getty Images)

“Suele ser así: una formación se establece en el poder, se estabiliza, pero el tiempo de su presidente acaba y la gestión pasa factura. Un nuevo líder llega, que suele haber estado a la sombra del anterior y, por tanto, arrastrar parte de su pasado. Hay que cuajarlo como un buen prócer, un orador con ideas, pero no es extraño que en el tiempo valle, de debilidad, otra fuerza u otro nombre se le adelante”, añade. Lo normal durante décadas es que el bache sea temporal. Lo grave en Francia es que las formaciones conocidas parecen ser escleróticas y han ignorado su propia decadencia y sus motivos. “Puede que estando en las estructuras de poder hayan estado demasiado lejos de las masas, ciegas”, apunta por eso Teinturier.

Aún así, recuerda que estamos hablando de las elecciones presidenciales, del poder nacional. “Ha cambiado el mapa de la república, pero no diría que estas formaciones están desapareciendo. Son elecciones muy personalistas. Hay que recordar que siguen teniendo un importante despliegue local y regional, donde no han calado las fuerzas nuevas, la de Macron por falta de estructura y la de Le Pen, por el cordón sanitario contra el fascismo”. Una base que no han perdido.

Para republicanos y socialistas, los problemas comenzaron con la crisis económica de 2008-2012. El principio le estalló en las manos a Sarkozy, que fue sustituido en El Elíseo en 2012 precisamente por su inacción y sus sospechas de corrupción. Le tomó el testigo Hollande, con promesas más sociales, menos tijeretazos y desigualdad, pero su desempeño fue insuficiente y ni siquiera se presentó a la reelección. Cansados, los ciudadanos encumbraron al presidente más joven de Francia, Macron, un exbanquero que venía de ser ministro de Economía con el socialista y que fundó su propio partido. A los socialistas (Benoit Hamon), les dieron un 6,36% de los votos en primera vuelta, en 2017; a los republicanos (François Fillon), un 20,01.

Al castigo “normal” contra quien ha gobernado y se le pueden hacer reproches por eso se suma que en Francia había una “alternancia sin respuestas”, en un momento de verdadera necesidad nacional. Por eso lo conocido no convencía a nadie, indica. ¿Fórmulas viejas para sociedades nuevas? “Eso es. Se impone el cambio de discurso, de interactuación con la sociedad, de programa que responda. Porque hay un cambio también en la petición de cuentas de los ciudadanos”, recuerda.

“Ha pasado en toda Europa, donde han surgido nuevos partidos, del corte de Podemos en España o ultranacionalistas, ultraproteccionistas, pero hay partidos clásicos que han aguantado mejor. Ahora vienen nuevos tiempos para adaptar respuestas, por la era postpandemia o la guerra en Ucrania. Otro momento para que todos sepan cómo dar salidas”, avisa. Y hay que andarse con ojo: no hay que llorar si los tradicionales no saben responder y hay que fundar nuevos partidos, sino si esos nuevos que nacen son radicales, iliberales y hasta autoritarios y acaban por conquistar el voto. “La democracia debe estar vigilante”, concluye.

Valerie Pecresse, el pasado 31 de marzo, en la presentación de las claves de su programa, en París.  (Photo: via Associated Press)
Valerie Pecresse, el pasado 31 de marzo, en la presentación de las claves de su programa, en París. (Photo: via Associated Press)

Valerie Pecresse, el pasado 31 de marzo, en la presentación de las claves de su programa, en París. (Photo: via Associated Press)

Dinero y elecciones

A socialistas y republicanos les queda por delante una tarea dura, la de levantarse de la lona. Si estamos ante un KO o no, los días lo dirán. Desde las dos formaciones ahora mismo se dedican a hacer control de daños, por un lado, y a recomponer los restos del naufragio, por otro.

En el primer caso, el drama mayor es el dinero. Sin un 5% de los votos, no hay dinero estatal de vuelta que les pague lo exprimido en la campaña. Quien peor lo tiene en este caso es la formación de Pécresse, que ha lanzado un llamado desesperado para conseguir donaciones urgentes que le permitan afrontar la deuda de siete millones de euros que debe, de los que al menos cinco llegaron del propio bolsillo de la candidata, la más rica de todos los que se presentaron a la primera vuelta hace tres semanas. Su fortuna principal estaba cifrada antes de la campaña en 10 millones de euros. “De ello depende la supervivencia de la derecha republicana”, advirtió en su cuenta de Twitter, con un mensaje que tiene fijado, en una petición de dinero perenne.

Mientras cuadran las cuentas de nuevo, tienen que afrontar ya, en junio, las elecciones legislativas, esenciales porque se presentan como una batalla de todos contra Macron para limitar el poder el reelegido presidente. Todo el mundo quiere diferenciarse, pero unos tienen más fuerzas que otros. Hay que ver qué fuerza tiene cada ideología para agrupar a otras y hacer bloques fuertes y competitivos.

En el lado más progresista, las distancias son enormes. Mélenchon, que es quien más fuerza tiene y mejores resultados logró en primera vuelta, se niega de momento a negociar con los socialistas. Para él no son izquierda verdadera. Hidalgo repite el rechazo desde su posición de desventaja. Olivier Faure, primer secretario de los socialistas, aún confía en tender puentes. Sería la única manera, a tenor de las encuestas, de lograr algún escaño en una Asamblea Nacional donde hoy tienen 29.

Y en el lado de Los Republicanos, tampoco pinta bien. Obviamente no van a pactar con la ultraderecha (en España se hace; en Francia ni se plantea), y lo que tienen sobre la mesa es una mano tendida del En Marche! de Macron para quedarse con el talento de la derecha democrática. Se habla de trasvase, fichajes o integración con alguna fórmula aún no cerrada; la última opción tiene el problema de cómo diferenciarse, mantener la autonomía y un cachito de poder y de dinero. Las fracturas internas se esperan para ya.

Francia es otra. Pero a la de ahora los de siempre no han sabido verla.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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