¿Puede el Partido Republicano dejar atrás a Donald Trump?

Donald Trump, el pasado 7 de noviembre, durante su mitin final de campaña en el Aeropuerto de Dayton.
Donald Trump, el pasado 7 de noviembre, durante su mitin final de campaña en el Aeropuerto de Dayton.

Donald Trump, el pasado 7 de noviembre, durante su mitin final de campaña en el Aeropuerto de Dayton.

Todos los dedos apuntan a él: Donald Trump está en el centro de los reproches de sus compañeros de partido, el Republicano, por los resultados mediocres que la formación logró en las elecciones de mitad de mandato del pasado día 8. Recupera el control de la Cámara de Representantes, pero por los pelos, no llega a hacerse con el Senado, que se mantiene en manos demócratas, y deja por el camino algunos gobernadores de vital importancia. Queda mucha digestión por hacer pero hay un culpable al que todos citan... menos él mismo. El exmandatario de EEUU hace como el que oye llover, olvida la autocrítica y presenta, una semana más tarde, su candidatura a las elecciones presidenciales de 2024.

El problema: que ya no es el líder indiscutible de diez días atrás y le sale competencia. ¿Pueden acaso los conservadores norteamericanos dejar atrás al magnate? La respuesta es sí, pero la pelea puede ser a cara de perro. Pese a todos los contratiempos -a los electorales se suman los judiciales, gravísimos-, Trump sigue siendo el republicano mejor valorado, tiene los sondeos a su favor y cuenta con el enorme empuje de la base, de sus correligionarios, los trumpistas que lo han seguido hasta en sus locas teorías del fraude electoral. En la cima del Partido Republicano empiezan a hacerle en vacío. También, sensiblemente, los donantes. Pero la fuerza popular del multimillonario es, aún, indoblegable.

Aunque Trump es un personaje ampliamente conocido en el mundo entero, tiene una popularidad muy baja en su país. De acuerdo con una encuesta de NBC realizada en septiembre entre personas registradas para votar, el 34% de los consultados tenía una imagen positiva del republicano, frente a un 54% que tenía una imagen negativa. Estas cifras son similares a una encuesta de la Universidad de Quinnipiac (34% positiva, 57% negativa) de agosto, y a otra de Gallup en enero (34% positiva, 62% negativa). Son datos que evidencian el rechazo que tan vino al actual presidente, el demócrata Joe Biden, que es consciente de que parte del apoyo que recibió no fue mérito suyo, sino demérito de su oponente.

En su partido, los datos son mejores. Trump sigue siendo una figura dominante dentro y es el favorito para ganar las internas del partido el año próximo y convertirse en el candidato oficial, según la CNN. Su editor de Política, Chris Cillizza, explica en el análisis de esos datos que se había producido un “efecto de reunión” entre los republicanos en torno a Trump después de que en agosto su casa fuera registrada por el FBI buscando papeles confidenciales que se había llevado de la Casa Blanca. En vez de perjudicarle, eso lo benefició, porque jugó desde entonces el papel de víctima. Hoy los sondeos le dan un 45% de posibilidades de volver a la Casa Blanca, ligeramente por debajo de Biden, con cifras que suben a casi el 60% entre votantes republicanos. Si se habla de liderazgo conservador, sube esos datos en diez puntos.

Para no perder fuelle, aunque los datos del 8-N no hayan sido los mejores, Trump anunció de urgencia en Mar-a-Lago que en dos años quiere ocupar otra vez el Despacho Oval. “La remontada en Estados Unidos comienza ahora mismo”, dijo, pretencioso. El mar de gorras rojas lo sigue acompañando, haga el acto que haga, pero está por ver si eso es suficiente ahora. Su influencia, desde 2016, y pese a todo, no ha parado de crecer.

Tras conocer el anuncio del dirigente conservador, el presidente Biden -que no ha anunciado su carrera a la reelección pero es lo que se espera- sostuvo vía Twitter que “Trump le falló a Estados Unidos” y acompañó el mensaje con un video en el que lo acusa de “amañar la economía para los ricos”, “atacar el sistema de salud” y “consentir a extremistas”. En septiembre, una encuesta de la Radio Pública Nacional (NPR) ya señaló que dos tercios de los votantes independientes no quieren que Trump sea de nuevo candidato. Llegados al nudo gordiano, Trump hoy sirve para ganar primarias republicanas, seguro, pero no es tan útil en unas presidenciales, una paradoja que se ha convertido en un problema de partido.

Ahora que su candidatura, tan cacareada, es oficial, empieza la carrera de veras. ¿La correrá él solo? ¿Habrá otros republicanos que le hagan competencia? ¿Quién se atreverá a dar el paso, en ese caso? Que él ya diga que va a por todas no quiere decir que vaya a tener un paseo militar en su formación, por muy a favor que tenga hoy los datos. Las midterms duelen y no dejan de ser las terceras elecciones consecutivas que pierde Trump como líder de la formación. “Tres strikes y vas fuera”, decía usando terminología del béisbol el gobernador Larry Logan, de Maryland.

Ha cuajado en el partido la sensación de que Trump no sólo no ha logrado los resultados esperados, sino que los ha empeorado, que ha sido más un lastre que gasolina vitaminada. El magnate pasó cuatro años tumultuosos en la Casa Blanca -donde llegó denostando toda la historia previa del Partido Republicano y a sus dirigentes, un líder nuevo en poder de la verdad-, luego tuvo una salida caótica negando la realidad de los votos y ha pasado dos años fuera de foco o apareciendo para hacer comentarios radicales o por problemas con la justicia.

Con ese bagaje, se dedicó a dar su aval político a numerosas candidaturas de outsiders, de gente sin preparación ni engranaje en el partido, mientras, incansable, decía que venía la “gran ola roja”, el color con el que se identifica su formación en EEUU. Todo eso ha sido nada: sus apdrinados han fallado en su mayoría, los datos que defendían han dejado en casa a republicanos seguros de la victoria y su histrionismo ha sacado del sofá a demócratas menos militantes. Un pan como unas tortas.

No estaba en la papeleta pero lo impregnó todo, para mal. Con su polarizador discurso y su facilidad para copar titulares, ha ido ganando adeptos y perdiéndolos, pero por ahora siguen siendo más los primeros. Antes de ver los resultados, lo que teníamos era un Trump que había logrado sacar a republicanos veteranos o queridos de puestos clave porque los consideraba desleales, porque no votaron en su favor en los impeachments o porque no siguieron su cuento  del fraude electoral. Lo que pasa es que han llegado los resultados, y no son buenos, y Trump cansa, de ahí que haya un sector partidario de decirle que su tiempo se acabó, que está amortizado, como le dicen algunos periódicos amarillistas.

Si Trump vio en las elecciones de medio término una nueva oportunidad para seguir afianzando su poder en el partido, lo que parecen haber evidenciado los resultados son sus limitaciones más allá del núcleo duro de sus partidarios y que debe dejar paso a otros candidatos, como el gobernador de Florida, Ron DeSantis, de 44 años, que ha redoblado sus apoyos.

El expresidente tiene el ojo puesto en el 2024 y confía en la fortaleza del trumpismo, pero con esta no contaba y puede ser que las cosas se le compliquen. DeSantis no ha dicho si se presentará a la larga carrera por la nominación republicana, que se iniciará el primer trimestre del próximo año, pero toma fuerza esa posibilidad por factores que van desde una renovación generacional -Trump podría repetir como presidente con 78 años, esos por los que ridiculizaba a Biden-, hasta por la fuerza electoral que demostró Florida, un importante aval. La guerra de familias republicanas, de fondo, alterando y revolviendo viejas rencillas y odios. Digamos que Trump los ha avivado, hasta el insulto. “El “meapilas”, llama el expresidente a DeSantis, sin ir más lejos.

Impulso o hundimiento

Cuando Trump llegó al poder en noviembre de 2016, pocos se lo esperaban. Era el rico que se había acercado al sol que más calentaba, políticamente hablando, al que Barack Obama irritaba profundamente y que decía que EEEUU debía ser “grande de nuevo”. Con su llegada al seno de los republicanos, cambió un partido hasta entonces serio y formal, con sus cosas, como todos, dinamitando las estructuras tradicionales, los organigramas, la toma de decisiones, los protocolos... Impuso su camarilla, empezando por sus hijos y asesores, casi aparte. Es por eso que nunca ha sido “de los suyos” plenamente y que tampoco a nadie hubiera extrañado que hubiera dejado sus filas y creado una formación nueva, más a la derecha, desde la que poder seguir lanzando bombas incendiarias.

Con la irrupción en más competencia presidencial podría vivir su revancha contra Biden, cuya victoria en 2020 nunca reconoció. Trump dejó Washington en medio de la confusión e incertidumbre después de que sus simpatizantes asaltaran el Capitolio en enero de 2021, una acción por la que tendrá que declarar en el comité que investiga lo ocurrido. Podía haberse escondido, pero no, milita en la cabezonería y ha seguido recaudando fondos y dando mítines en todo el país. Confiaba en el medio mandato, en las legislativas y las estatales, para crecer de nuevo, pero no hubo ola. La leyó mal. Ahora puede pagarlo.

Es verdad que ahora se le complicará la agenda legislativa al presidente Biden y se frustrarán sus promesas de campaña, que van desde el aborto a la inmigración, pasando por las armas, que tendrá que ceder ante los republicanos o promulgar decretos, una forma “odiosa” de gobernar, en palabras de Trump. Pero en esas peleas estarán otros republicanos, no él, en primera línea de cada Cámara. No es que vaya a sacar mucho rédito de lo que pueda pasar.

Los problemas legales del expresidente pueden amenazar también su intención de volver a la Casa Blanca, aunque él ha sobrevivido a todos los escándalos y sigue en pie a pesar de las muchas veces que lo dieron por acabado. Hasta un juicio político ha superado. Su candidatura presidencial podría disuadir a la fiscalía de inculparlo judicialmente, pero no cerrará las múltiples investigaciones que pesan contra él. Actualmente, la justicia investiga sobre su papel en el asalto al Capitolio, la gestión de los archivos confidenciales de la Casa Blanca, sus casos financieros -que salpican también a tres de sus hijos, revisados en Nueva York- o las presiones ejercidas sobre agentes electorales en determinados estados.

Son varias las investigaciones civiles y penales contra el magnate republicano, pero en ninguna de ellas está acusado. Trump se considera blanco de una persecución política y sus seguidores así lo asumen. Si la fiscalía optara por procesarlo, su campaña quedaría empañada, pero no le impediría presentarse: la legislación estadounidense no prohíbe que una persona procesada, o incluso condenada, aspire a la presidencia. Otra cosa es el veredicto de los ciudadanos.

Quiénes pueden ser sus competidores

Gobernadores populares, senadores influyentes, exmiembros de su Gobierno, incluido su exvicepresidente... Son varias las figuras del Partido Republicano que podrían desafiar a Trump en la próxima carrera a la Casa Blanca. Ron De Santis, el gobernador de Florida, es la estrella en ascenso de la derecha norteamericana y es, como se ha dicho, el primero en la lista. En las elecciones de medio mandato fue reelegido con más de 20 puntos de ventaja sobre su rival demócrata. “Para mí, la lucha apenas comienza”, dijo alimentando las especulaciones. No ha hecho más comentarios desde entonces.

DeSantis tiene juventud, tiene dinero recaudado, tiene unos datos espectaculares que han conquistado el rojo más rojo del país, pero es que además, ideológicamente, es como Trump, sólo que sin excesos: aborto no, educación sexual en las escuelas no, política migratoria sensible no. Le falta su radicalismo en las formas y las mentiras, claro.

El exvicepresidente Mike Pence también gana enteros. Tras cuatro años con Trump en la Casa Blanca, demostró tras el ataque al Capitolio que primos no son hermanos, que no comulgaba con todo lo que hacía y decía el presidente. A Pence los trumpistas asaltadores no le gustaron. Dijo que las palabras del presidente fueron “temerarias” ese día y lo acusó de haberlo “puesto en peligro”. Trump había insistido en que Pence se negara a certificar en el Congreso la victoria electoral de Biden. Este cristiano evangélico feroz opositor al aborto parece decidido a ser precandidato.

El empresario Glenn Youngkin, de 55 años, logró arrebatarle la gobernación de Virginia a los demócratas en 2021 y desde entonces ha llevado adelante la clásica política de derecha (impuestos más bajos, fondos adicionales para la policía), combinada con medidas polémicas sobre las personas transgénero o los programas de lucha contra el racismo en las escuelas. “Sabe perfectamente lo que está haciendo”, escribe en New York Timessobre su estrategia de ascenso.

La exgobernadora de Carolina del Sur y exembajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, de 50 años, podría ser una de las pocas mujeres en embarcarse en las primarias republicanas. Tiene un perfil internacional muy marcado, ha tenido que hacer frente a crisis serias y tiene don de palabra. También le gustaría hacer historia, dicen sus allegados, al senador de Carolina del Sur, Tim Scott, que “sueña con ser el primer presidente republicano negro”, afirma AFP.

También suenan los nombres de los gobernadores de Maryland, Larry Hogan -el de los tres strikes-, y de New Hampshire, Chris Sununu, así como el del exgobernador de Nueva Jersey, Chris Christie. Estos moderados, populares entre los independientes, son abiertamente críticos con Trump, eso los une. El senador por Texas Ted Cruz, y el exsecretario de Estado, Mike Pompeo, son nombres que siempre salen a la palestra y también podrían competir. Han sido dos de las principales dianas de las críticas de Trump en estos años, uno porque le podía hacer sombra en sus inicios y el otro, porque acabó mal con él tras gobernar juntos.

Sea quien sea quien se atreva a dar el paso, se encontrará con puñados de arena en los ojos lanzados por Trump, en forma de amenaza, de insulto o de menosprecio. Quiere revancha con Biden e irá a por todas. Dependerá de lo que canse a un partido que no es el suyo y nunca acabará de serlo, al que ha impuesto gente de su cuerda sin mirar la calidad y con el que ha polarizado a la sociedad norteamericana como nunca en su historia reciente.

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