La paradoja por la que proteger la cabra montés en Guadarrama ha puesto en peligro el ecosistema

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En general, cuando pensamos en proteger y conservar a una especie no hay muchos puntos negativos al respecto. Pero a veces, proteger una especie puede tener unos efectos muy negativos sobre los ecosistemas en los que se asienta. Como es el caso de la cabra montés en el Parque Nacional de Guadarrama.

La cabra montés (Capra pyrenaica) es un caso muy particular, pero muy interesante. Originalmente, era una especie muy representativa de la Cordillera Central, y estaba presente en la Sierra de Guadarrama. Pero la presión humana sobre esta zona la llevó hasta casi desaparecer.

Hace unos treinta años, se decidió recuperar las poblaciones de cabra montés en la Sierra de Guadarrama, y para ello se reintrodujo la especie. De los 60 ejemplares originales, se ha llegado a una población actual de unos 6.000 individuos. Todo un éxito. O tal vez no.

Según como se mire se puede considerar un éxito o no. En lo que tiene que ver con la cabra montés, lo es sin lugar a duda. El problema es cuando empezamos a considerar el ecosistema en su conjunto, o incluso la biodiversidad de la zona donde se ha reintroducido.

La cabra montés, hoy por hoy, no tiene depredadores naturales en la Sierra de Guadarrama. Aunque se han visto algunos lobos en época reciente, la cabra montés no sufre una presión de depredación que limite su crecimiento. Y en cambio, encuentra una gran cantidad de alimento, sobre todo en forma de las distintas especies de musgo que habitan en el Parque Nacional de Guadarrama.

Y aquí es donde está el problema. La cabra montés provoca un impacto sobre la flora de montaña, sobre las plantas y los musgos, de la Sierra de Guadarrama que empeora según va creciendo la población de cabras. Una población de cabras que no tiene depredador, ni otros factores que limiten su crecimiento.

Así que, para los musgos en concreto, la protección y conservación de la cabra montés ha supuesto un impacto muy importante. Que se suma a otros como la reducción de lluvia, el aumento de la presión por turismo, o el cambio climático.

Pero la cosa no queda ahí. Porque la reducción de los musgos que provocan las cabras tiene otra consecuencia. En las zonas de montaña, no hay mucho suelo - en términos técnicos se dice que hay poca potencia de horizonte edáfico. Porque aquí, cuando hablamos de suelo lo hacemos con una definición muy concreta: es el conjunto de materiales inorgánicos - restos de roca, minerales, arenas - y orgánicos - raíces, restos de hojas, bacterias, restos de insectos.

Uno de los organismos que más contribuyen a fijar el suelo son los musgos. Es decir, que los musgos ayudan a retener este suelo que hemos definido antes, y que es necesario para que crezcan otros organismos. Como las cabras montés consumen musgo, contribuyen a que se de una mayor erosión del suelo en estas zonas de montaña.

Y así llegamos a la paradoja de que proteger una especie puede poner en peligro todo el ecosistema. Los ecosistemas son sistemas en un equilibrio muy inestable, y cualquier acción que tomemos puede hacer que el ecosistema se aleje de su equilibrio.

Entonces, ¿qué se puede hacer? Esta respuesta es casi imposible de contestar, y tiene mucho que ver con la de a qué le damos más importancia, si a la especie o al ecosistema. Lo mejor que se puede hacer es monitorizar el ecosistema, detectar los impactos que provoca la especie a proteger, y desde ahí pensar maneras de reducir el impacto. Pero siempre sabiendo que, por mucho que planifiquemos, tendremos que reevaluar nuestras ideas y repensarlas continuamente

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