El papel de los institutos en la prevención del suicidio

·5 min de lectura
  <span class="attribution"><a class="link rapid-noclick-resp" href="https://www.shutterstock.com/es/image-photo/troubled-teenagers-meeting-therapist-solve-their-675117181" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Shutterstock / Photographee.eu">Shutterstock / Photographee.eu</a></span>

¿Alguna vez se ha parado a pensar cuánto tiempo de su vida pasa una persona adolescente en su centro escolar? ¿Qué ocurriría si en este contexto se dedicara un tiempo a cuidar de la salud mental y a promocionar el bienestar emocional? La respuesta es clara: beneficios, mejoras y progreso.

Las muertes por suicidio han aumentado en el último año. En España ya supone la primera causa de muerte no natural en el grupo de edad de entre los 15 y 29 años. El último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) cuenta que 3 941 personas perdieron la vida por suicidio.

Además, por cada suicidio consumado se estiman unos 20 intentos, lo cual supone casi 73 000 intentos de suicidio al año.

La conducta suicida abarca una amplia variedad de comportamientos que no se restringen a la muerte por suicidio. Los pensamientos y los intentos de suicidio son solo dos ejemplos de este poliédrico fenómeno.

Por ejemplo, un estudio reciente realizado en España indicó que aproximadamente el 30 % de adolescentes encuestados había indicado tener ideas de suicidio en los últimos seis meses. Los datos sobre autolesiones o intentos de suicidio actuales evidencian que muchos jóvenes siguen sufriendo en silencio.

El mejor lugar para prevenir

La mejor forma de abordar este fenómeno es la prevención. Y el contexto natural por excelencia donde hacerlo son los centros educativos. Aun así, siguen sin existir en España programas diseñados y validados que trabajen la prevención de la conducta suicida y la promoción del bienestar emocional en las aulas.

Existen medidas de intervención y recursos eficaces para la prevención de la conducta suicida en el contexto escolar. En primer lugar, la prevención de la conducta suicida requiere el trabajo colaborativo de todos los agentes implicados en el contexto escolar.

Por esta razón, resulta de suma relevancia formar e informar a toda la comunidad educativa para saber cómo actuar cuando se detecta cualquier señal de alarma que indique que un alumno está sufriendo o no es capaz de afrontar las dificultades de la vida en ese momento. En este sentido, los mismos compañeros pueden ser buenos agentes preventivos. También es clave la formación del personal educativo tras un intento de suicidio en el centro.

Espacios y profesionales adecuados

En segundo lugar, es importante disponer de espacios y profesionales bien cualificados en los que los y las adolescentes puedan comunicar, con privacidad y libertad, cómo se encuentran y qué les preocupa.

Contar con una persona con la que hablar y sentirse escuchados permite generar una línea de apoyo imprescindible en el proceso de prevención de la conducta suicida. Además, es imprescindible en la detección y resolución de otros fenómenos como el acoso escolar.

En tercer lugar, resulta indispensable diseñar protocolos de actuación que permitan dirigir y abordar las situaciones en las que haya jóvenes con ideación o intentos de suicidio. La forma de proceder (y de comprender este fenómeno) en estas primeras fases, antes de llegar a un posible fatal desenlace, puede ser determinante.

Salud mental en el aula

En cuarto y último lugar, sería conveniente trabajar en las aulas aspectos esenciales para la salud mental, tales como el aprendizaje de habilidades para el manejo de las situaciones de crisis, el entrenamiento en resolución de problemas, estrategias para la flexibilidad cognitiva y la regulación emocional, por solo citar algunos.

Si no desarrollamos estas competencias durante los años de obligatoriedad educativa, ¿cuándo pretendemos que la juventud aprenda a lidiar con los problemas de la vida y el sufrimiento?

Como dijo Benjamin Franklin, “una onza de prevención vale una libra de cura”.

Ejemplos que funcionan

Varias publicaciones internacionales ponen de manifiesto que existen programas de prevención escolar universal que han logrado reducir las cifras de conducta suicida y, sobre todo, el sufrimiento entre los más jóvenes. Los componentes que muestran mayor eficacia son:

  1. Concienciación y educación: formar, informar, sensibilizar y concienciar sobre la conducta suicida a los más jóvenes permite identificar mejor las señalas de alarma y aprender cuándo y cómo pedir ayuda.

  2. Entrenamiento en liderazgo de pares: instruir a los propios compañeros y compañeras sobre la detección de la conducta suicida ayuda a derivar y buscar proximidad con adultos de confianza en el centro escolar.

  3. Entrenamiento del personal del centro: ofrecer información sobre factores de riesgo y de protección a todos los agentes implicados en los centros educativos mejora la identificación y derivación a los expertos en salud mental en caso de ser necesario.

  4. Cribado de alumnado en riesgo: la detección precoz permite intervenir y derivar en las fases tempranas. Es importante poner en acción una red de ayuda comunitaria que permita una mejor evolución del problema detectado, ya sea de características clínicas o sociales.

  5. Entrenamiento de competencias: dirigir la visión a la adquisición de fortalezas y recursos, y no solo a abordar los factores de riesgo existentes, permite a los más jóvenes adquirir estrategias y habilidades para enfrentar su problemática.

Saber conocer, saber hacer, saber ser y saber convivir

La educación no solo se restringe a los conocimientos teóricos. La educación del ser exige mucho más allá del currículum académico. La sociedad actual necesita personas concienciadas sobre la importancia del cuidado personal e interpersonal. Todo ello es fundamental para la salud mental y, a este respecto, el contexto educativo es el mejor escenario.

La conducta suicida es un camino muy extenso que puede ser comprendido y detectado en sus primeros pasos. Para ello, es necesaria la detección precoz y una posterior intervención eficaz, así como la formación de todos los agentes, especialmente en los centros educativos, donde los adolescentes pasan la mayor parte de su tiempo.

La salud mental de nuestros adolescentes es una corresponsabilidad social. Son necesarios recursos públicos y profesionales bien formados. Pero, además, cada uno de nosotros desempeña una función que puede contribuir a reducir el sufrimiento y, con ello, los pensamientos y los intentos de suicidio.

No debemos olvidar que estamos ante un problema complejo que, principalmente, nos habla de sufrimiento. Miremos en la vida de los jóvenes, sin olvidar que el suicidio se puede prevenir.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios puedan establecer conexiones en función de sus intereses y pasiones. A fin de mejorar la experiencia de nuestra comunidad, hemos suspendido los comentarios en artículos temporalmente