Ante la pandemia, personal médico exhausto cuelga la bata

Françoise MICHEL y Emeline HENRY
·3 min de lectura
Nolwenn Le Bonzec, una antigua enfermera que dejó su trabajo en el hospital de Saint-Luc para ser pastelera, en Bruselas, Bélgica, el 6 de noviembre de 2020

Ante la pandemia, personal médico exhausto cuelga la bata

Nolwenn Le Bonzec, una antigua enfermera que dejó su trabajo en el hospital de Saint-Luc para ser pastelera, en Bruselas, Bélgica, el 6 de noviembre de 2020

Una se dedica ahora a la pastelería y el otro se apresta a convertirse en librero, pero ambos tienen en común haber dejado atrás sus experiencias de trabajo en hospitales, con condiciones de trabajo insoportables a raíz de la pandemia de coronavirus.

La francesa Nolwenn Le Bonzec llegó a Bruselas desde su natal región de Bretaña en busca de trabajo, y dejó atrás sin remordimientos su experiencia hospitalaria para dedicarse a hornear pequeños pasteles, y está convencida de que ese cambio "ha salvado mi salud mental".

"Trabajé en hospitales durante cinco años y poco a poco he visto cómo se deterioraban las condiciones de trabajo y la salud se convertía en una mercancía", dice la joven de 27 años, que ahora es responsable de los 'cupcakes' de la tienda "Lilicup".

En tanto, Thomas Laurent ha decidido hacer realidad "un viejo sueño" después de 15 años trabajando en hospitales. Apasionado por las historietas desde su infancia, comenzará en enero su formación de librero, que es requerida en Francia.

Este enfermero francés de 35 años renunció recientemente a su trabajo en el servicio de urgencias de un famoso hospital de Lyon, en Francia, por considerar que las condiciones para el ejercicio de su profesión "ya eran insostenibles".

La carencia permanente de personal y de recursos, y la falta de tiempo para cuidar bien a los pacientes, terminaron por corroer el entusiasmo.

- Entusiasmo diluido -

"Pasamos años pidiendo mejores condiciones laborales. Pero el gobierno (belga) no nos toma en serio. De haber continuado, estaría en depresión. Hicimos manifestaciones, nos movilizamos, pero nada cambió", lamentó Le Bonzec, quien trabajó en una famosa clínica de la capital belga.

La joven ya se cuestionaba su situación cuando llegó la primera oleada de la pandemia de coronavirus, en la primavera boreal.

"Psicológicamente fue difícil trabajar en unidades de aislamiento, tener que luchar por mascarillas. Asumimos riesgos por nuestra salud y la de nuestros seres queridos. Y veíamos pacientes que no tenían derecho a visitas, que estaban solos, que murieron solos", recordó.

La falta de personal ha pesado necesariamente sobre el cuidado de los pacientes, el punto central de la profesión.

Poco a poco, llegar al hospital se hizo cada vez más difícil hasta que ya no tuvieron fuerzas para soportar la presión, la frustración y sobre todo una "pérdida de sentido" de su trabajo.

Desde que dejó el hospital Laurent duerme mejor y la presión "ha desaparecido".

De igual forma, Nolwenn apunta que "seis meses después, todavía no extraño mi trabajo como enfermera. Estoy feliz de venir al trabajo y contar cómo fue mi día cuando llego a casa", aunque el cambio signifique levantarse cada día a las 4 de la mañana para ir al taller de pastelería.

- Menos aplausos, más compromiso -

El malestar en el trabajo afecta especialmente los más jóvenes "porque llegan a la profesión con sus ideales, pero reciben una ducha fría ante la realidad, y no siempre cuentan con el apoyo y la supervisión que deberían", dijo a AFP Astrid Van Male, una enfermera belga que se ha especializado en el agotamiento de sus colegas.

Ellos "no siempre tienen el reflejo de cuidarse a sí mismos, porque están acostumbrados a cuidar a los demás, esperan que todo su mundo se derrumbe a su alrededor" para tomar conciencia de lo que les está pasando, apuntó.

Algunos incluso se sienten culpables por tomarse un tiempo libre y aumentar la carga de trabajo de sus colegas.

"Si no hacemos nada, pronto no habrá más enfermeros en los hospitales. Incluso enfermeras extranjeras ya no aceptan estas condiciones de trabajo", advirtió.

Con la segunda oleada de la pandemia, los aplausos de las tardes en los balcones y ventanas se fueron apagando.

"Para las personas que aplauden pero no se manifiestan con nosotros es fácil. ¡Que pongan su energía en otra parte para ayudarnos!", afirma sin remordimientos Le Bonzec, que aún se refiere en tiempo presente a la vida que ya dejó atrás.

fmi-eh/ahg/mar