¿Es la pandemia un ensayo de nuestra propia mortalidad cósmica?

Inteligencia artificial. ¿Nos sobrevivirán? (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).

Escribir para el New York Times no está al alcance de cualquiera. El icónico rotativo de la Gran Manzana es probablemente el medio de comunicación impreso más prestigioso del mundo. Por ello, para inscribir tu nombre en la nómina de este diario no solo debes ser un auténtico especialista en la materia (ciencia en este caso) sino que además debes escribir con estilo mientras comunicas con rigor. Dennis Overbye es una de esas personas. Su trabajo le ha costado, no solo es físico con licenciatura en ciencias por el MIT (especializado en astronomía) sino que además tiene un currículo envidiable que lo ha llevado a ser finalista del Premio Pulitzer. Obviamente no ejerce como científico, hace décadas que se hizo escritor freelance y desde entonces ha publicado en revistas de divulgación científica tan reconocidas como Science, Discover o Sky and Telescope (la biblia del aficionado a la astronomía). Además, también publica en medios generalistas de primera línea como Time, L.A. Times y el antes citado  New York Times.  

Hace solo seis días, publicó un ensayo interesantísimo sobre el momento en el que nos encontramos como especie, titulado “Hacerse viral o no en la Vía Láctea” a tenor de los acontecimientos vividos la semana pasada en la industria aeroespacial de los Estados Unidos (el lanzamiento exitoso de la SpaceX) y el trasfondo de la pandemia.

Como sabéis hace casi una década que los Estados Unidos clausuró el programa de sus lanzaderas espaciales. Imaginamos que en la decisión debieron de pesar los accidentes del Challenger (1986) y del Columbia (2003). Sea como sea, tras el último vuelo del Atlantis en julio de 2011, los Estados Unidos perdieron la independencia en el envío de sus tripulaciones el espacio.  

Para una nación tan orgullosa de su nivel científico y tecnológico, cada lanzamiento al espacio de tripulaciones norteamericanas desde Baikonur a bordo de Soyuz rusas, ha debido de suponer toda una estocada a la moral de la tropa. Por eso, el triunfo del nuevo modelo de negocio, basado en la incorporación de empresas privadas como Boing, o la citada SpaceX de Elon Musk, ha contribuido a elevar el alicaído ánimo de los estadounidenses. Ya se ven estableciendo bases en la luna, y poniendo un pie en Marte.

En este contexto de éxito espacial, truncado por los frustrantes problemas que golpean en la Tierra, bien sea en forma de la pandemia que ha acabado con la vida de más de 100.000 estadunidenses a la par que ha hundido la economía, o bien sea por lo visto esta última semana con el trasfondo de las protestas raciales, Dennis Overbye recupera una vieja contradicción que lleva más de 70 años mortificando a los astrónomos desde que Fermi la formulase por primera vez. ¿Si el universo es tan grande y la vida parece abrirse camino con cierta facilidad, dónde están los extraterrestres?

¿Será tal vez, que cada vez que una civilización tecnológica como la nuestra se lanza a conquistar otros mundos, surge algo que se lo impide? En 1998, el profesor de economía Robin Hanson se preguntó si no existiría un “gran filtro” que una y otra vez desbarataría la oportunidad de que los seres inteligentes se expandiesen más allá de su mundo de origen. Este filtro, que podría incluso acabar con su existencia como especie, podría surgir en forma de guerra termonuclear, cambio climático extremo, impacto de asteroide, la aparición de una Inteligencia Artificial malévola, o la llegada de un virus extremadamente letal.

Henson escribió entonces: “El hecho de que el espacio a nuestro alrededor esté tan vacío nos está diciendo que la probabilidad de que la materia muerta sea dominante es muy alta. Debe por tanto existir un gran filtro entre la muerte y la expansión y duración de las formas de vida. La humanidad se enfrenta ahora a la pregunta fatal: ¿a qué distancia estamos de ese filtro?

¿Dónde están los extraterrestres? (Imagen gratuita vista en Pixabay).

¿Podrían los microbios acabar con nuestros planes de expansión espacial? Parece indudable que el coronavirus que nos asola en el presente no es ese gran filtro del que Henson nos alerta, pero tal vez sea un ensayo de lo que ha de venir. Este es el escenario sobre el que mi admirado Overbye construye el ensayo recientemente publicado en el New York Times.

En el libro del cosmólogo de la Universidad de Cambridge, Martin Rees, titulado “Nuestra hora final” se detallan muchas de las formas en las que nuestra especie podría morir. Por ello, en cuanto el coronavirus comenzó a causar estragos en Wuhan, el periodista Overbye contactó a Martin Rees para preguntarle si este podría ser el “gran filtro” anunciado por Henson.

La respuesta de Rees fue: “esta pandemia global se presenta como un problema intratable. Obviamente, si entendemos mejor a los virus podemos desarrollar vacunas, pero esto también tiene un inconveniente ya que incrementa el nivel de ‘conocimiento peligroso’, lo cual podía permitir a los rebeldes fabricar virus más contagiosos y letales que los que surgen en la naturaleza”.

En el fondo hemos crecido demasiado interconectados, por nuestro propio bien, y nos hemos vuelto demasiado inteligentes. El resultado es que estamos añadiendo presión al término más siniestro de la famosa ecuación de Drake (diseñada para estimar el número de civilizaciones tecnológicas en la galaxia), que es el que se refiere a la media de vida de estas civilizaciones.  

¿Cuánto tiempo puede sobrevivir una sociedad basada en alta tecnología? En “El Centinela”, el relato de Arthur C. Clarke que dio lugar a la película de Stanley Kubrick “2001: una odisea espacial”, un par de astronautas se encuentra una pequeña pirámide en lo alto de un montículo lunar. Cuando se aproximan a la pirámide, esta emite una señal de alarma y los astronautas se quedan pensando en quién recibirá la señal y en cuándo llegarán.

Aún no hemos explorado nuestro sistema solar al completo como para saber si existe un centinela dejado por una civilización extraterrestre. El hecho de que no lo hayamos encontrado no significa que no exista. De hecho, tal vez estemos próximos a encontrarlo ya que cada año lanzamos más y más sondas espaciales por nuestro vecindario. Solo en 2020 se enviarán tres nuevas misiones robóticas a Marte.

Tal vez, como escribió el profesor Rees recientemente: “una civilización, en el sentido de colectividad de seres inteligentes adeptos a la tecnologías, pueda existir solo durante unos pocos milenios. Pero su legado, en forma de alguna clase de ‘cerebros’ podría persistir durante mil millones de años. Si los encontramos, tal vez seamos incapaces de comprender sus pensamientos profundos”.

Nuestra especie ha evolucionado tecnológicamente una barbaridad a este respecto, desde que Frank Drake presentase su ecuación en 1961. En este mismo blog hemos hablado varias veces de las cosas que están haciendo ya las Inteligencias Artificiales, y del protagonismo que adquirirán en los conflictos futuros. Tal vez el profesor Rees tenga razón cuando dice que si los programas SETI encuentran algo en el futuro, es probable que se trate de estos “cerebros” que lograron trascender la existencia de sus creadores.

¿Será ese también nuestro funesto futuro? El viejo periodista Overbye se muestra optimista hacia el final de su ensayo. Le reconforta ver que la humanidad también tiene un lado luminoso, el mismo que ha llenado los balcones de miles de personas aplaudiendo a su personal sanitario, y que ha llevado a muchos médicos e ingenieros a trabajar altruistamente en el diseño de respiradores libres de patente, cuando más falta hacían.

Como dijo uno de estos héroes, el profesor de física de la Universidad de Princeton Cristiano Galbiati, que viajó a Milán el pasado mes de marzo tas cerrar el laboratorio en el que trabajaba en un experimento sobre materia oscura: “puede que sea verdad que el virus se expande a la velocidad del sonido, pero nuestra investigación se expande a la velocidad de la luz”.

Cosas como estas nos hacen confiar en que nuestra especie prevalecerá.

Me enteré leyendo The New York Times.

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