Prohibir las pajitas de plástico no ha contribuido a mejorar la salud ambiental de los océanos

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Pajitas de papel una ayuda para el medioambiente que no lo es tanto. (Imagen Creative Commons vista en Pxfuel).
Pajitas de papel una ayuda para el medioambiente que no lo es tanto. (Imagen Creative Commons vista en Pxfuel).

El mundo atraviesa múltiples crisis simultáneas que se retroalimentan y que tienen algo en común: sus nefastas consecuencias deben atribuirse a la mano del hombre. Capaces de lo peor, pero también de lo mejor, nuestra especie se ha convertido en una fuerza viva capaz de poner a la naturaleza planetaria en graves apuros. Mientras tanto, aquí y allá, un ejército de cerebros bien pensantes se afana en encontrar una solución que arregle lo que otros han estropeado, cosa que por desgracia no ocurre tan a menudo como quisiéramos creer. De hecho, algunas de las políticas que emprendemos de forma entusiasta para aminorar o revertir esos efectos antropogénicos no funcionan en absoluto, y parecen encaminadas únicamente a acallar nuestras culpables conciencias.

Hay múltiples ejemplos de estos comportamientos impulsivos, tan inútiles como bien intencionados, que demuestran que seguimos fallando en eso de planificar a gran escala, y que “ver la imagen completa” es algo que queda fuera de nuestras posibilidades demasiado a menudo.

Me explico con un ejemplo muy simple. De vez en cuando alguien propone combatir la crisis energética cubriendo de paneles solares buena parte del desierto del Sáhara. La eficacia de la idea aparentemente es tan simple que cuesta verle inconvenientes. Sin embargo hacer algo así alteraría el albedo de la Tierra, que es el nivel de radiación que las superficies claras (como la nieve o la arena) hacen rebotar al espacio por su propia naturaleza refractaria. Los paneles solares, habitualmente oscuros, atraparían más radiación elevando la temperatura media del desierto. Esto, aunque parezca paradójico, haría aumentar el nivel de lluvias en el Sahel, convirtiendo a la larga el desierto en una especie de vergel.

Baterías de paneles solares ubicados en un desierto californiano. (Imagen Creative Commons vista en Flickr crédito Tom Brewster):
Baterías de paneles solares ubicados en un desierto californiano. (Imagen Creative Commons vista en Flickr crédito Tom Brewster):

No obstante, como resulta que el planeta es un “todo” intercomunicado, el efecto mariposa haría que un efecto idéntico pero de carácter opuesto apareciera en la otra punta de la Tierra, pongamos el Amazonas, que podría acabar convertido en un desierto, atrapando a Brasil en sequías sempiternas (algo que por otro lado ya comienza a verse debido a la deforestación promovida por Bolsonaro).

Pero no quería hablaros hoy de este asunto sino de otro mucho más cercano: la epidemia de pajitas de papel que ha inundado nuestros restaurantes de comida rápida, cafeterías y locales de copas. La idea, como la de los paneles solares en el Sáhara, era aparentemente impecable. Los tubitos de plástico con los que tradicionalmente hemos sorbido nuestras bebidas, de forma eficaz, estaban acabando en los océanos contaminando el medioambiente y provocando daños horribles a criaturas hermosas y vulnerables como las tortugas marinas. ¿Cómo no íbamos a lanzarnos en tropel a emprender una cruzada que implicaría usar pajas de papel que se convierten en papilla con sabor a váter al primer sorbo?

Comencemos no obstante por la historia de la tortuga ya que es sumamente interesante, y si me lo permitís un ejemplo de libro de la aparición de hábitos que aparentemente favorecen la sostenibilidad, pero que a la hora de la verdad no pasan la prueba científica. El mito de la eficacia ambiental de nuestros actuales tubitos absorbentes de papel, famosos por autodestruirse en tres segundos, comenzó en el lugar donde pasan todas las cosas últimamente: en las redes sociales. En 2015 una bióloga llamada Christine Figgener subió un vídeo a Facebook que había grabado mientras realizaba un trabajo de campo en aguas de Costa Rica para su doctorado, un estudio sobre los patrones migratorios de las tortugas golfinas (Lepidochelys olivacea).

Captura del vídeo subido por Chris Figgner a Facebook en 2015
Captura del vídeo subido por Chris Figgner a Facebook en 2015

En el vídeo, sumamente desagradable, se ven los esfuerzos que Figgener y sus compañeros de expedición realizan para extraer un objeto de plástico incrustado en el orificio nasal de una tortuga. El vídeo del quelonio, que sufre y sangra ostensiblemente durante la extracción, se hizo viral inmediatamente y en la actualidad ha sido reproducido más de 44 millones de veces en Youtube. La reacción social tras la conmovedora escena fue instantánea. La mayoría de las grandes corporaciones de comida rápida en occidente prohibió las pajitas de plástico y la sustituyó por las de papel, y el movimiento encontró un eco también entre la mayoría de gobiernos de nuestro entorno. (La UE las prohibió este mismo año).

No empatizar con la tortuga mientras se ve el vídeo resulta del todo imposible. De hecho, resulta tan insoportable que uno tiende a pensar que somos el cáncer del planeta, y que las pajitas de plástico que un chico de Madrid, Vancouver o Sídney tira en la papelera del burger que frecuenta, acabará invariablemente por matar a una tortuga en el lejano trópico. ¿Seguro? Pues nada de eso. Me temo que estamos haciendo el panolis masticando celulosa húmeda mientras sorbemos nuestro gintonic y voy a explicar por qué.

Según un estudio publicado en 2017 el 95% de todo el plástico de los océanos terrestres proceden de únicamente 10 ríos. Ocho de ellos se encuentran en Asia y los otros dos en África. Otro grupo especializado en conservación de los océanos, estimó igualmente que la mayoría de los plásticos que alcanzan el mar proceden principalmente de cinco países: China, Indonesia, Filipinas, Tailandia y Vietnam. Seguro que habrá quien piense que estos estudios tienen un sesgo pro-occidental, y que lo que se pretende es escurrir el bulto culpando a países no tan desarrollados pero pensad una cosa. La pajita que tu hijo tira a la papelera del burger, acaba junto a otras dentro de una bolsa en un contenedor destinado al reciclaje de plástico. La mayoría de los países desarrollados lo son entre otras cosas porque gestionan de forma eficiente sus residuos. De modo que aunque las pajitas no acaben reciclándose, acabarán enterrándose bajo toneladas de tierra en un lugar en el que difícilmente alcanzará los océanos.

Pilas de papel preparadas para su reciclaje en un centro de tratamiento de residuos occidental. (Imagen Creative Commons vista en Piqsels).
Pilas de papel preparadas para su reciclaje en un centro de tratamiento de residuos occidental. (Imagen Creative Commons vista en Piqsels).

Por desgracia, la pajita que tan dolorosamente extrajeron Figgener y sus colegas a la tortuga del vídeo salió casi con total seguridad de un país asiático en el que la basura no se trata eficientemente. Por otro lado, también tenemos identificado otro problema de gran magnitud. La mayor parte del plástico que acaba en los océanos, formando islas flotantes cuyo tamaño no para de crecer, proviene de aparejos de pesca o navegación que se "caen" de los buques mercantes. De hecho el 46% de la gran mancha del Pacífico, cuyo tamaño triplica ya al de Francia, tienen este origen. Por desgracia, hasta que estos aparejos se desintegran en piezas pequeñas, provocan la muerte de múltiples criaturas marinas.

Así pues, contamos con información fidedigna en torno a la cual se pueden buscar soluciones no tan peregrinas como la de adoptar pajitas de papel. Bastaría con crear programas en los países en desarrollo en los que, se abonara a los pescadores y marinos sus aparejos viejos, desincentivando de este modo la fácil y destructiva solución de arrojarlos al mar cuando dejan de ser útiles. En cuanto al tratamiento de basuras en los cinco países más contaminantes, la solución pasaría por regar con fondos sus economías incipientes para que inviertan en sistemas de gestión de residuos eficientes.

Así de fácil, así de complicado.

Vídeo | Las montañas de plástico en los mares de Indonesia demuestran el uso excesivo de este material

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