El ‘Evangelio’ según Paco, el cura que llevó alimento y consuelo a sus vecinas prostitutas abandonadas durante el confinamiento

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Paco Herrera, párroco en El Colorado, Cádiz. Foto Fernando Ruso
Paco Herrera, párroco en El Colorado, Cádiz. Foto Fernando Ruso

Paco no es un cura más. Desde que se le ve venir, desahogado, con sus pantalones vaqueros y su amplia camisa desabotonada por arriba y por fuera de los pantalones, ya se adivina la cercanía con la que trata a sus fieles en una pequeña parroquia de El Colorado, un núcleo urbano perteneciente al municipio gaditano de Conil al que llegó hace ocho años. Después de este tiempo, la feligresía de la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, y quienes apenas se acercan a oír misa, están habituados al trato llano de su cura. También las prostitutas que ejercen en el puticlub vecino: El Paraíso, que lleva décadas abierto a escasos doscientos metros del templo. Por eso Paco bromea: “Yo digo que soy el cura que está más cerca del cielo, porque estoy al lado del paraíso”.

Dice Paco que él es un cura evangélico. “Lo mío es Jesucristo, simple y llanamente”, subraya. Por eso huye del boato del que otros sacerdotes se rodean. En su capilla apenas hay oros, pero no falta una pila de bancos para despachar de forma tranquila los problemas del alma. O aquellos que surgen en El Paraíso.

Los habituales a las misas de Paco distinguen rápidamente a quienes ejercen la prostitución en el puticlub vecino. Todos son hijos de Dios, pero las chicas del club de alterne destacan del resto. “Son brasileñas, de Honduras… tremendamente religiosas algunas, que vienen habitualmente a la iglesia”, explica el cura.

“Desconozco si todas las que vienen son creyentes, pero vienen a verme porque han encontrado en mí cercanía. Yo las escucho. Me hablan de su situación personal, pero todo eso está a salvo bajo el secreto de confesión”, narra Paco, de apellido Herrera, de 53 años de edad y natural de Alcalá de los Gazules, Cádiz, feudo socialista en Andalucía.

Acceso al Club Paraíso, en la pedanía conileña de El Colorado, Cádiz. Foto Fernando Ruso
Acceso al Club Paraíso, en la pedanía conileña de El Colorado, Cádiz. Foto Fernando Ruso

Cuenta Paco que en su juventud llegó a tenerlo todo. Estudiaba Medicina, jugaba al baloncesto de forma profesional, tenía su novia, colaboraba en la radio y ganaba su propio dinero. “Lo tenía todo, pero no era feliz —confiesa—; me ahogaba, me faltaba aire”. Durante años se negó a ser cura. Defendía que para ser cura había que estar loco. “Porque ser cura es estar loco, para mí era una locura”, apunta.

La Iglesia: “una droga”

Paco encontró ese “aire fresco” al entrar en el seminario de Sevilla, situado a finales de los años 80 en el palacio de San Telmo, actual sede del Gobierno de la Junta de Andalucía. “Hay quien se mete en la droga, yo me decanté por la Iglesia, que es otro tipo de droga”, confiesa el sacerdote.

Su primer destino como sacerdote fue en su pueblo, después le seguirían otros tantos. Benalup-Casas Viejas, Cantarranas, Jandilla… Paterna, Medina Sidonia y, por fin, El Colorado, en Conil. Cuando él llegó, el puticlub Paraíso ya estaba allí.

Su predecesor en la parroquia, amigo suyo y compañero del seminario, ya le contaba anécdotas con las prostitutas como protagonistas. Como la vez que tuvo que mediar ante el romance del portero del club, un antiguo legionario de San Fernando, y una de las prostitutas.

Cuenta que hasta el cura llegaba todos los días el joven narrándole sus intenciones de amor, que no eran correspondidas por la chica. El tipo, aburrido por los nones de la prostituta, amenazaba con quitarse la vida. Todos los días describía un nuevo método al sacerdote. Este, confesor de la historia de amor, llegó a entablar conversaciones con la madame del local, con la que coincidía habitualmente en alguno de los bares próximos a la iglesia.

Historias de El Paraíso

La gerente del burdel le respondía que la relación no podía ser, que aunque la chica también sentía algo, el pobre hombre era eso, un hombre pobre sin oficio ni beneficio y que la mujer debía seguir ejerciendo para enviar dinero a su familia en Marruecos. Ella acabó yéndose a Valencia y él desapareció. Nunca se supo si cumplió alguna de sus amenazas de suicidio.

Paco, a diferencia de su predecesor, nunca ha sucumbido a la tentación de ir al club para abogar por ellas. “Jamás he pensado en llamar a su puerta. Respeto su decisión y espero a que vengan. Ellas saben que nos tienen aquí, junto a ellas”, asegura el sacerdote.

Paco en la entrada de su Parroquia. Foto Fernando Ruso
Paco en la entrada de su Parroquia. Foto Fernando Ruso

Por eso, cuando el hambre apareció allá por el mes de marzo, las prostitutas llamaron pidiendo auxilio. Y ahí estaba el cura. “Ellas nos llamaron”, insiste el sacerdote, que pertenecía a la mesa de emergencia creada para atender las necesidades durante la pandemia. Rápidamente, los mecanismos se activaron y las mujeres empezaron a obtener comida y productos de higiene.

Fueron varias semanas las que tanto la Iglesia de Paco como Protección Civil, Cruz Roja, Cáritas o Servicios Sociales estuvieron pendientes de ellas. Las prostitutas explicaron entonces que habían sido abandonadas, que vivían alrededor de unas doce personas en el burdel, la mayoría mujeres y otros tantos hombres de mantenimiento. Sin clientes por el confinamiento y con los dueños del club a la huida. Todas salieron adelante gracias a la solidaridad de los fieles de la iglesia. Hasta tres veces recogieron alimento. “Estuvieron mal, muy mal, y me consta que ahora están agradecidas”, asegura el cura.

Este medio ha tratado de ponerse en contacto con alguna de las trabajadoras de El Paraíso. En la puerta, después de llamar al telefonillo, uno de los empleados de mantenimiento corrobora la historia contada por el párroco. Dice que prefiere mantenerse en el anonimato, pero que todos allí pasaron hambre durante el confinamiento y que deben al cura de la vecina iglesia el haber recibido algo más que alimento.

“Son personas muy necesitadas”

“Nosotros estamos con los pobres, pero su mundo es un mundo muy delicado”, asegura Paco. “Son personas muy necesitadas —sigue—, venden su cuerpo. Están necesitadas de alimento físico, y también espiritual. Y no está bien, pero yo las adoro y las admiro”.

—¿Qué se le dice a una persona que está en esa situación?

—Que sea feliz, pero que trate de que su felicidad no dependa de ese sitio. Merece la pena vivir de otra forma. Porque eso no es vida. Es muy duro. Como cura, como persona, no creo en la prostitución. Hay muchas otras formas de seguir adelante.

Paco es un cura habituado al trabajo en la calle. Dice que la misa diaria es necesaria, porque en ella pide por todos, pero que hay que completarla con el día a día gastando suela. “El Evangelio es justicia, es verdad, es solidaridad, ayudar a los pobres o quedarse noches entera sin dormir junto a los drogadictos para esperar a que pasen el mono. O levantar dos casas de acogida para los inmigrantes que cruzan en Estrecho y ayudarles a pasar una vida mejor”, explica Paco, que ha ayudado a prosperar a más de 2.000 jóvenes procedentes de África.

Paco Herrera, el párroco de El Colorado. Foto Fernando Ruso
Paco Herrera, el párroco de El Colorado. Foto Fernando Ruso

“A mí nadie me da lecciones de Evangelio. Eso es el Evangelio, dar la vida por los demás. Y anteponer a los demás a uno mismo”, confirma con vehemencia el sacerdote.

“Esto es Jesucristo”

Algunas de las prostitutas han seguido yendo después del confinamiento. Con el problema del hambre resuelto es otra la ayuda que demandan. “Algunas veces he estado tentado de preguntarles que por qué no se van. Otras veces han sido ellas las que me han dicho sus motivos: tienen familias en Latinoamérica que dependen de ellas. Vienen, las tienen un tiempo y las cambian. Están sujetas a lo que dicten las mafias. En muchos casos no tienen papeles y no quieren que las localicen”, asegura el párroco.

Cuenta Paco que una vez casi consigue sacar a una joven de El Paraíso. Era española y consiguió llevarla a un centro de ayuda para mujeres que logran salir de ese mundo. Después de mucho tiempo, volvió a ejercer en el local. Pero Paco no pierde la esperanza.

En su quehacer diario las ve con frecuencia. Se encuentra con ellas en la calle, en los bares, desayunando en los alrededores de la iglesia, que son también los alrededores del puticlub. “Nos dicen que han venido a sacar dinero para poder mantener a sus familias. Que una vez que lo consigan, se volverán. Vienen engañadas. Son gente buena, con una vida dura”.

Todas saben que siempre que lo necesiten, junto a El Paraíso tendrán a Paco, el cura que bromea diciendo que está más cerca del cielo.

—Paco, y ¿qué te aporta estar con esas personas?

—La mayor satisfacción del mundo. Es mi vida. Siento que he sido útil. Eso es Jesucristo.

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