La masacre en El Paso y el discurso de Trump: quien siembra odio, recoge cadáveres

POR JOAQUIM UTSET-. El martes pasado, Donald Trump usó su cuenta de Twitter para alertar sobre un peligro letal que acecha a la nación: el presidente contó a sus seguidores que se había arrestado en Tucson, Arizona, a un refugiado somalí que iba camino de Egipto luego de que se hubiera puesto en contacto con un agente federal encubierto que se hacía pasar por terrorista. “¡Hay que espabilar, gente!”, exhortaba en el mensaje. ¿Adivinan quién es de origen somalí? Sí, la congresista Ilhan Omar, una de esas que debería “regresar” al lugar del que vino”.

Ni una semana después el país se ha visto conmocionado por un acto de terrorismo. Un extremista imbuido de una ideología radical asesinaba a sangre fría a 22 personas en un centro comercial de El Paso, Texas, con el fin explícito de limpiar su país de “invasores” y salvaguardar su pureza étnica. Unas intenciones expresadas en blanco y negro en un manifiesto en Internet, no fuera alguien a llevarse a equívoco.

(AP Photo/John Locher)

Su autor no fue un somalí infiltrado, ni un refugiado sirio de esos que supuestamente tratan de colarse por la frontera con México. Fue un “patriota” de 21 años, Patrick Crusius, dispuesto a inmolarse para “despertar” a su país, al que ve irremisiblemente abocado al agujero negro en el que acaban desapareciendo las grandes civilizaciones en decadencia.

Retórica tóxica

Queda claro que el único que apretó el gatillo y es el responsable directo de la masacre es su autor. En sus manos está la sangre de decenas de inocentes y, por lo que se sabe hasta el momento, no hay un autor intelectual que lo haya dirigido a cometer el crimen.

También es cierto que esta tragedia no ha sucedido en un vacío, sino con una acumulación de tensiones de fondo. Las expresiones contenidas en su manifiesto, titulado con muy poca originalidad “Una verdad inconveniente”, rezuman por sus poros el fondo y la forma del discurso que ha abanderado el presidente Trump desde que lanzó su campaña presidencial hace cuatro años con una agresiva retórica antiinmigrante.

Es una retórica tóxica que echa mano de términos militares para describir la llegada de inmigrantes como una “invasión” o deshumaniza a los indocumentados asegurando que “infestan” el país, como si fueran una plaga bíblica, al tiempo que resalta por encima de otros los crímenes cometidos por indocumentados.

“No les gusta cuando lo digo, pero nos están invadiendo”, dijo el pasado marzo en un evento con activistas conservadores, recordó el New York Times. “Nos invaden con drogas, con gente, con criminales. Tenemos que ponerle fin”.

(Photo by HERIKA MARTINEZ / AFP) (Photo credit should read HERIKA MARTINEZ/AFP/Getty Images)

Imposible no acordarse del acto de campaña el pasado mayo en el norte de la Florida cuando solicitó a la multitud propuestas para frenar a los indocumentados. “¡Dispárenles!”, gritó alguien, lo que generó una carcajada general y una sonrisa de Trump: “Solo en [la región de] el Panhandale puedes salir ileso diciendo algo así”.

Tal vez por eso el disclaimer que incluyó Crusius en el manifiesto de que los “fake news” querrán culpar a Trump de sus actos pese a que “no es el caso”, casi despierta más sospechas de las que pretende eliminar.

El consultor político republicano Frank Luntz le advertía al presidente que debe condenar el nacionalismo blanco “con la misma agresividad con que condena a CNN”.

Nos dejan sin país

El acusado de la matanza también señala en su siniestro documento que lo que finalmente le llevó a poner a los hispanos en el blanco de su rifle de asalto fue la lectura de “La gran sustitución”, del escritor francés Renaud Camus, en el que expone una enorme conspiración de las élites para reemplazar a los actuales habitantes de Europa por inmigrantes de fuera del viejo continente, no se sabe bien con qué fin.

Su teoría dio pie a la polémica novela “Sumisión” del ‘enfant’ terrible de la literatura francesa, Michel Houellebecq, en la que retrata una Francia dominada por una mayoría musulmana en la que rige la ley religiosa.

Ese miedo a que los cimientos cristianos de la Europa tradicional se estén erosionando es uno de los pilares de los postulados más xenófobos de la extrema derecha europea, desde los españoles de Vox a los fieles de la francesa Marie Le Pen, todos en sintonía con Steve Bannon, el exdirector de campaña de Trump.

Un sentimiento al que pareció sumarse el presidente cuando criticó la generosidad con los refugiados de la canciller alemana Angela Merkle, bestia negra de los ultras europeos.

“Creo que cambia la cultura. Creo que es muy negativo para Europa. Creo que es negativo”, dijo el presidente durante una visita oficial al Viejo Continente el año pasado. “Le hace mucho daño a Alemania. Creo que también daña a otras partes de Europa”.

Por cierto, los críticos de esa visión apocalíptica del futuro de Europa señalan que los musulmanes solo representan el 5% de la población del continente, cifra que en el caso francés asciende al 8%, así que ese temido takeover, de producirse, queda en un horizonte muy lejano.

Residentes de El Paso rinden tributo a las víctimas de la matanza en un Walmart de El Paso. (AP Photo/John Locher)

Sobre ese temor a la usurpación demográfica gira el demente razonamiento de Crusius, quien en el documento aborrece un futuro en que el aumento de la población hispana y, por ende, de su poder político, se traduzca en una mayoría permanente para el Partido Demócrata.

Es un argumento que esgrimen desde hace años políticos y personalidades conservadoras, que contemplan con horror cómo la California de Ronald Reagan ahora es un bastión azul gracias, en parte, al voto latino. Para un amplio sector de los políticos y el electorado conservador, el problema de la inmigración no es un asunto meramente de leyes, sino de rechazo a la creciente diversidad del país.

“Mi cultura es muy dominante”, advirtió el fundador de Latinos for Trump, Marco Gutiérrez, en MSNBC durante la campaña de 2016. “Se impone y causa problemas. Si no hacen nada, acabarán encontrando camionetas de tacos en cada esquina”.

No hace ni dos meses que el senador republicano Jon Cornyn de Texas retuiteaba, se supone que con preocupación, un artículo del Texas Tribune en que se informaba de que el estado sumaba nueve nuevos residentes hispanos por cada residente blanco adicional.

Como si la cultura hispana fuera foránea en Texas, un estado con generaciones de mexicoamericanos que se remontan a la colonia y ciudades que se llaman San Antonio o El Paso, y en el que el español nunca se dejó de hablar pese a lo perseguido que estuvo.

La bandera de México también ondea en el memorial a las víctimas de la matanza en El Paso. REUTERS/Callaghan O'Hare

Cabezas de turco

El manifiesto contiene una arenga contra grandes desafíos actuales como la pérdida de trabajos por la automatización, el endeudamiento de los estudiantes y el encarecimiento de la universidad, así como la destrucción del medioambiente y la cultura del consumo. Particularmente carga contra las grandes compañías, a las que acusa de corromper el sistema. Pero de todo ello la conclusión primordial que se extrae es que hay que detener “la invasión hispana”. El mal supremo a sus ojos, el lastre del país.

Es difícil cuantificar con cifras sólidas la sensación generalizada de que en los últimos años han aflorado a la superficie las corrientes más perversas del nacionalismo blanco, hasta no hace mucho subterráneas. El racismo, la xenofobia y los supremacistas blancos son fenómenos que obviamente preceden a la llegada del magnate inmobiliario a la Casa Blanca.

En ese sentido, su jefe de gabinete en funciones, Mike Mulvaney, cargó el domingo en ABC contra quienes piensen que el mandatario quedó “feliz” con lo sucedido en El Paso. “No es justo decir que no piensa que el nacionalismo blanco es malo para el país. Son gente enferma. No puedes ser un supremacista blanco y tener un cerebro normal”, agregó.

Si bien es cierto que a medida que se ha caldeado el ambiente alrededor del debate migratorio y los republicanos suscribieron un discurso cada vez más nacionalista, las estadísticas reflejan un incremento de los crímenes de odio y la amenaza del terrorismo supremacista.

(Photo by Mario Tama/Getty Images)

El FBI registró un aumento del 24% de las denuncias de crímenes de odio contra latinos el año pasado, mientras que el 40% de los casos de terrorismo doméstico que ha abierto el buró están relacionados con motivaciones raciales, particularmente supremacistas blancos, según el The Wall Street Journal.

¿Más indicios? La cadena de radio NPR citaba el año pasado cifras del departamento de Justicia que apuntaban a un incremento del 50% de los crímenes de odio contra hispanos en California.

Si bien son circunstancias distintas, lo que está sucediendo con este auge del extremismo doméstico recuerda a los años 90, cuando la aparición de una corriente libertaria fundamentalista alimentada de agravios reales e imaginarios acabó propiciando un fanatismo antigubernamental en un sector de la ultraderecha que condujo al terrible atentado contra el edificio federal Alfred P. Murrah de Oklahoma City en 1995, donde murieron 168 personas.

Un realidad paralela

Horas antes de la masacre en El Paso, el presidente retuiteaba un artículo destacado por una comentarista de ultraderecha británica en el que atribuían el descenso de la popularidad del alcalde de Londres, Sadiq Khan –un político de origen paquistaní enemigo jurado de Trump– al incremento de las muertes por arma blanca que se han producido en la capital británica.

Esta terrible epidemia de cuchillos largos que padecen los londinenses se ha cobrado 84 vidas en lo que va de año, lo que ha hecho saltar las alarmas en todo el Reino Unido, que ha visto como en los últimos años se ha disparado la comisión de crímenes con cuchillos.

Para el presidente y sus acólitos, el aumento de las acuchillamientos es una prueba irrefutable del fracaso de políticos blandengues como Kahn, ejemplo del multiculturalismo que detestan.

Suerte que en este lado del Atlántico estamos más seguros, ¿no?

Pues, no. Incluso con el inusual aumento de los homicidios en arma blanca que ha experimentado Gran Bretaña, sigue habiendo más probabilidades de morir en EEUU que allí ¡por un cuchillo!, arrojan las últimas cifras disponibles recopiladas por Euronews el pasado junio. Si sumamos las armas de fuego, la tasa de homicidios británica es de 1.8 por cada 100,000 habitantes, mientras que la estadounidense es de 5.8. Para ponerlo en perspectiva, la policía de Nueva York se dio palmadas en la espalda cuando el año pasado solo se registraron 287 homicidios en la ciudad. Apenas 32 más de los que se lamentaron ¡en todo el Reino Unido, que tiene una población de 66 millones!

En un país en el que en una semana 32 personas han perdido la vida en tres tiroteos masivos, esto sí que es ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.