"Omnipresente y devastadora": La ONU denuncia que la violencia contra la mujer es una pandemia

Una joven protesta en una manifestación por los derechos de la mujer en Buenos Aires (Argentina) en 2018.
Una joven protesta en una manifestación por los derechos de la mujer en Buenos Aires (Argentina) en 2018.

Una joven protesta en una manifestación por los derechos de la mujer en Buenos Aires (Argentina) en 2018.

Las agresiones a mujeres, los abusos sexuales contra ellas y su asesinato son hoy la violación de derechos humanos más generalizada en el planeta. Un espanto. La violencia machista ha pasado a ser calificada de “pandemia” por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y ONU Mujeres, ambos brazos de las Naciones Unidas, un mal “omnipresente y devastador” que en el último año presenta tendencias “desalentadoras”. El mundo soporta demasiados problemas y las mujeres los aguantan sobre sus espaldas.

Las estadísticas dejan de ser frías cuando contienen tanto horror. Los datos hechos públicos por la OMS y sus asociados ante este 25 de noviembre, Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer, hablan de un problema “generalizado”, por más que tenga una incidencia muy diversa en cada continente, que afecta ya a 736 millones de mujeres, o lo que es lo mismo, una de cada tres. El sometimiento suele venir infligido por un compañero íntimo, en el entorno doméstico, o por otras personas. en los casos de delitos sexuales.

Se ha detectado una tendencia terrible: una de cada cuatro mujeres de entre 15 y 24 años (el 24% del total) que han mantenido alguna relación íntima habrán sido objeto de las conductas violentas de un compañero íntimo cuando cumplan 25 años. Otro tanto, un cuarto de las chicas de esa edad que hoy habitan el mundo, fueron casadas antes de cumplir los 18 años. Libertad, para ellas, suena a quimera.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director general de la OMS, ha enfatizado al comunicar sus datos que “la violencia contra la mujer es endémica en todos los países y culturas. Es dañina para millones de mujeres y para sus familiares y se ha visto exacerbada por la pandemia de covid-19”, con los encierros, los confinamientos y las tensiones. Pero es que ONU Mujeres añade que, si ya el coronavirus había agravado la situación, ahora la prevalencia “está aumentando aún más debido a las crisis interrelacionadas del cambio climático, el conflicto mundial y la inestabilidad económica”.

“Se está produciendo una reacción violenta contra los derechos de las mujeres en todo el mundo. Los movimientos antifeministas están en aumento, los ataques contra las defensoras y activistas de los derechos humanos son más frecuentes, y la condición jurídica de los derechos de las mujeres está cada vez más amenazada en muchos países. Las nuevas leyes regresivas exacerban la impunidad de los perpetradores de violencia contra mujeres y niñas en el ámbito privado, los Gobiernos emplean la fuerza en las manifestaciones contra la violencia de género y el femicidio, y las organizaciones por los derechos de las mujeres se ven más y más marginadas”, denuncia el organismo en sus notas de este 25-N.

La OMS usa un símil muy gráfico, al hilo de la pandemia: recuerda que a estas alturas, en 2022, “no disponemos de vacunas para ponerle freno” a la violencia machista y “sólo podremos hacerle frente si los Gobiernos, las comunidades y las personas adoptan medidas y las integran plenamente con el fin de cambiar actitudes perjudiciales, mejorar el acceso a las oportunidades y los servicios para las mujeres y las niñas y fomentar las relaciones saludables y de respeto mutuo”. Y eso, como remacha ONU Mujeres, no se está dando.

Existen programas que califican de “prometedores” para cambiar las cosas, pero aún hay enormes carencias en mecanismos de apoyo, como el acceso seguro a atención y servicios. No llegan al 40% las mujeres que deciden buscar algún tipo de ayuda ante su situación. Porque no tienen dónde recurrir, porque no saben cómo hacerlo, porque están aterradas, porque aún confían en que todo cambie.

Cruces pidiendo justicia por los feminicidios de México, el pasado mayo, en la capital, el DF.
Cruces pidiendo justicia por los feminicidios de México, el pasado mayo, en la capital, el DF.

Cruces pidiendo justicia por los feminicidios de México, el pasado mayo, en la capital, el DF.

Más, mucho más

Alrededor de 641 millones de mujeres en el mundo sufren actos violentos perpetrados por un compañero íntimo. Esta forma de violencia es, con diferencia, la más frecuente que sufren las mujeres. Sin embargo, el 6% de las féminas refieren haber sido agredidas sexualmente por personas que no son ni su marido ni un compañero íntimo. “Si tenemos en cuenta el alto grado de estigmatización y el hecho de que muchos abusos sexuales no se denuncian, es probable que, en la práctica, estas cifras sean mucho mayores”, reconoce la ONU.

Las emergencias exacerban también la violencia y aumentan la vulnerabilidad y los riesgos, añaden. Ha pasado y está pasando con el coronavirus, pero también con nuevos conflictos armados como Ucrania. Obstáculos que aíslan más a las víctimas, obstáculos que interrumpen su acceso a servicios que, a la postre, son vitales. Los efectos en la salud de las supervivientes -y de su círculo cercano- van de lo físico a lo mental, afectando notablemente a lo reproductivo también. Ni sobre el propio cuerpo se puede decidir.

Sima Sami Bahous, directora ejecutiva de ONU Mujeres entiende que es “muy preocupante que las tasas de esta violencia generalizada de los hombres contra las mujeres no solo no disminuye, sino que quienes más la sufren son las mujeres de 15 a 24 años que, en muchos casos, ya son madres” y enfatiza que “todos los gobiernos deben tomar la iniciativa de forma decidida para hacer frente a este problema y empoderar a las mujeres con ese fin”.

La desigualdad, de fondo

Se estima que en todo el mundo unas 87.000 mujeres son víctimas de feminicidios íntimos o familiares al año; eso implica un total de 137 mujeres cada día. Las mujeres que viven en países de ingresos bajos y en la franja de países de menores ingresos dentro del grupo de países de ingresos intermedios sufren esta violencia de forma “desproporcionada”, añaden los dos organismos de la ONU. Según sus cálculos, el 37% de las mujeres de los países más pobres han sido objeto de violencia física y/o sexual por parte de un compañero en algún momento de su vida, y en algunos de estos países la prevalencia llega a ser de una de cada dos mujeres. Así sube la media mundial.

Las regiones que presentan las mayores tasas de prevalencia de la violencia de pareja entre las mujeres de 15 a 49 años son las de Oceanía, Asia meridional y África subsahariana, con unos índices que oscilan entre el 33% y el 51%, mientras que las tasas más bajas se registran en Europa (16-23%), Asia central (18%), Asia oriental (20%) y Asia suroriental (21%).

El grupo de edad en el que las tasas de violencia sufrida más recientemente son más elevadas es el de las mujeres jóvenes. Entre las que han tenido algún compañero íntimo en el transcurso de los 12 meses anteriores al estudio, la tasa más elevada en ese periodo, con un 16%, corresponde a las adolescentes y jóvenes de entre 15 y 24 años. O sea, el problema se perpetúa generación a generación.

"Todo empieza por la educación y la deconstrucción", se lee en una pancarta, en una protesta por los derechos de la mujer en París, el pasado 19 de noviembre.

Lo que se puede hacer

Todas las formas de violencia que sufre una mujer pueden afectar a su salud y su bienestar durante el resto de su vida, incluso durante mucho tiempo después de ocurridas. No sólo es la paliza ni el acoso, sino sus consecuencias. Las víctimas corren mayor riesgo de presentar lesiones, depresión, trastornos de ansiedad, embarazos no deseados, infecciones de transmisión sexual (incluida la infección por el VIH) y muchos otros problemas de salud. Son vulnerables. Su salud queda tocada, pero no es la única: afecta, dice ONU Mujeres, a la “sociedad en su conjunto”, de la que las mujeres son la mitad, con unos “costos enormes que repercuten en el desarrollo general y en los presupuestos de los países”.

Falla la base, dicen, la educación. Si desde el colegio no se forma a chicos y chicas de forma “igualitaria, con valores y con respeto”, el bucle será eterno. Por eso, para prevenir la violencia es preciso “solventar las desigualdades económicas y sociales sistémicas, velar por el acceso a la educación y al trabajo seguros e introducir cambios en las normas y las instituciones que discriminan por motivos de género”. Hay también otras intervenciones eficaces, como los programas aplicados para garantizar la disponibilidad de servicios esenciales para las mujeres que han sobrevivido a actos violentos, prestar apoyo a las organizaciones de mujeres, hacer frente a las normas sociales que perpetúan las desigualdades, reformar las leyes discriminatorias o potenciar los mecanismos jurídicos pertinentes. Ninguno de estos pasos, por sí solo, es mágico, pero la suma llevará al fin de esta lacra, confían.

La doctora Claudia García Moreno, fundadora y coordinadora de la Iniciativa de Investigación sobre Violencia Sexual de la OMS, lo lleva a su terreno y añade que es “imprescindible” actuar urgentemente para “reducir la estigmatización en torno a este problema, formar a los profesionales de la salud para que aprendan a interrogar a las víctimas mostrando compasión y luchar contra las estructuras que perpetúan la desigualdad entre los géneros”. Y los jóvenes, hay que “intervenir” sobre ellos, porque es donde están cuajando comportamientos preocupantes y donde está el futuro.

Hacen falta, coinciden la OMS y ONU Mujeres en sus comunicados de estos días, políticas “transformadoras” y leyes de igualdad real, pasando por “el fortalecimiento del sistema sanitario”, para salvar a las víctimas y garantizar sus cuidados, la coordinación en diferentes niveles administrativos -en cuyas grietas a veces se ha colado más de un cadáver- y la toma de pulso de las comunidades más necesitadas, que suelen ser también las menos accesibles.

Y, sobre todas las cosas, hace falta voluntad política para poder concretar las apuestas y, efectivamente, cambiar las cosas. Porque el mundo no se puede permitir más de 700 millones de mujeres sometidas.

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