El odio intercomunitario siembra la desolación en el corazón de Etiopía

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A Girma, no le quedó más opción que mirar de lejos a la multitud cantando "esta es nuestra casa" mientras prendían fuego a la escuela que fundó hace más de diez años en Shashamene, en el corazón de la región Oromia, en Etiopía.

Aunque haya vivido toda su vida en esta ciudad, situada a 250 km al sur de Adís Abeba, Girma no es un oromo, el primer grupo étnico del país, por lo que muy a menudo lo ven como a un forastero.

Si hubiera intentado interponerse y salvar su escuela, víctima de la furia de los jóvenes oromo, probablemente lo habrían matado, según él.

"Si se les deja hacer lo que quieran, no nos tocan. Pero si uno intenta salvar su casa o su propiedad, le atacan", explica a la AFP.

La violencia redujo la escuela de Girma a cenizas, y se desencadenó por el asesinato de Hachalu Hundessa, al que unos desconocidos mataron el 29 de junio en Adís Abeba.

Este cantante era particularmente popular entre los oromo, del que se hizo su portavoz, al expresar en sus canciones el sentimiento, arraigado desde hace décadas, de que los oromo están marginados política y económicamente.

En los días que siguieron a la muerte del artista, entre 179 y 239 personas -las autoridades ofrecieron balances contradictorios- murieron en Adís Abeba y en la región de Oromia, que rodea a la capital.

Algunas perdieron la vida en las manifestaciones, duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad, y otras, en enfrentamientos entre miembros de distintas comunidades.

Aún así, las cifras no bastan para explicar el alcance de los daños registrados en Shashamene, donde cientos de casas, escuelas, hoteles y comercios que pertenecían a personas que no eran oromo, fueron destruidos. Otras ciudades de Oromia corrieron la misma suerte.

"Hasta ahora, nuestras investigaciones sugieren que los daños causados a las propiedades fueron peores que en anteriores escaladas de violencia", indicó Laetitia Bader, de la organización Human Rights Watch.

- 'Las vidas oromo importan' -

Para las víctimas que no son oromo, la intensidad de la violencia les hace pensar que en Sashamene ya no son bienvenidas.

"Con su estrategia, quemando los lugares clave que han quemado, no sé si desean que la gente vuelva", se preguntaba Almaz Morgan Chapman, cuyo hotel fue destruido.

La ciudad es muy conocida por su comunidad rastafari, pero también es uno de los centros comerciales del valle del Rift etíope.

En la carretera principal que conduce al centro de la ciudad, los restos calcinados de comercios saqueados e incendiados, con las ventanas rotas y el interior lleno de escombros, dan cuenta de la intensidad de la violencia.

Las aceras están atestadas de vehículos carbonizados, como cinco camiones de reparto de refrescos rodeado de botellas rotas.

Sin embargo, algunos edificio se salvaron de la destrucción. Según los habitantes, la mayoría de estos pertenecen a gente oromo.

En la fachada de una compañía de seguros que fue saqueada, una pintada reza "Oromo lives matter" ("La vida de los oromo importa"), en clara referencia al movimiento antirracista "Black Lives Matter" de Estados Unidos.

Chapman, una nativa de Trinidad y Tobago que abrió su hotel hace 15 años, cuenta que un grupo de gente le prendió fuego horas después de la muerte de Hachalu.

Un hotel vecino, perteneciente a un amhara, también fue saqueado. Sin embargo, otro que es propiedad de un oromo, permaneció intacto.

- 'Se acabaron los negocios' -

Para William Davison, del International Crisis Group, desgraciadamente este no es más que el último episodio de la violencia intercomunitaria que desgarra Etiopía, "donde la polarización política tiene a menudo una base étnica".

No se sabe a cuánta gente han matado en Shashamene. Pero, sea cual sea el saldo exacto, parece bastante claro que las relaciones intercomunitarias cada vez van a peor en la región.

En el punto álgido de la violencia, los jóvenes hacían rechinar los machetes, arañando con ellos la calzada, para intimidar a los ciudadanos que no son oromo, según una vecina de Shashamene que quiso permanecer en el anonimato, para protegerse.

Solo las personas cuya lengua materna es el oromo se sentían lo bastante seguras como para salir fuera y "tuvieron que pasar tres días antes de que se volviera a escuchar hablar amhárico [la lengua nacional] en las calles", señala.

No obstante, varios testigos destacaron que algunos oromo defendieron a sus vecinos de otra etnia y sus bienes.

Un oromo, que tampoco quiso revelar su nombre, contó a la AFP que escondió en su casa a una familia de etnia guraje, vecinos suyos, al sentirse "avergonzado por lo que estaba pasando".

"Deberíamos concentrarnos en la pobreza, que nunca ha sido peor", sostiene.

A pesar de esos gestos solidarios, varios comerciantes no oromo reconocen que se están planteando irse de la ciudad.

Chapman, por su parte, pretende quedarse para ver si el gobierno le indemniza. Pero no tiene intención de reabrir su hotel.

"Me sigue gustando Etiopía [...] Pero, en lo que se refiere a los negocios, se ha acabado [...] Los oromo me han jubilado".

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