Nuevos tratamientos contra el coronavirus: no lancemos las campanas al vuelo todavía

Javier Peláez
·7 min de lectura
Durante esta semana han aparecido grandes titulares sobre nuevos y prometedores fármacos contra la Covid-19 | imagen Toby Melville/Reuters
Durante esta semana han aparecido grandes titulares sobre nuevos y prometedores fármacos contra la Covid-19 | imagen Toby Melville/Reuters

La crisis sanitaria global causada por la COVID-19 ha supuesto un curso acelerado de microbiología, medicina o investigación farmacéutica para una gran parte del público que, empujados por la actualidad, utiliza ahora con normalidad conceptos científicos como variante vírica, ARN mensajero o incidencia acumulada. La avalancha de noticias e información sobre el coronavirus ha permitido dar a conocer las diferentes etapas de la investigación científica o el desarrollo de nuevos fármacos. Durante estos meses hemos aprendido que, antes de ser aprobado y autorizado, cualquier tratamiento o vacuna debe pasar por diferentes fases destinadas a analizar su seguridad y eficacia, y del mismo modo hemos comprobado cómo fármacos que parecían prometedores han terminado en nada y se han quedado por el camino.

Nombres que todos aún recordamos, como Hidroxicloroquina, Dexametasona, Lopinavir, Ritonavir, Arbidol o Remdesivir, han ido apareciendo (y muchos desapareciendo) durante todo este tiempo sin que en la actualidad podamos afirmar que hemos conseguido un tratamiento realmente efectivo frente a la COVID-19.

Por eso resulta inquietante observar cómo en los últimos días han surgido como setas nuevos candidatos que se consiguen rápidamente popularidad, no por los resultados científicos que pueden demostrar, sino por algunos titulares altisonantes y demasiado especulativos. Solo en esta semana, al ya conocido plasma sanguíneo, se han ido sumando nuevos fármacos, como la Colchicina o la Plitidepsina que, según los pomposos titulares de determinados medios de comunicación, son capaces de obrar milagros con eficacias altísimas. Como si no hubieran aprendido nada de las decepciones anteriores, parece que ciertos medios se han empeñado en anunciar bálsamos de Fierabrás, más como vendedores ambulantes que como comunicadores científicos.

Son titulares muy llamativos pero tienen truco: nunca citan la fase de desarrollo en la que se encuentra el fármaco en cuestión y terminan ocultando esa información en un subtítulo o en algún párrafo perdido en el texto. Proclaman grandes ventajas para los enfermos de Covid con tratamientos que aún están en etapas preclínicas, que solo se han probado in vitro o en ratones o cuyos resultados son provisionales, sin revisar… La labor de un comunicador no es hacer de “cheerleader” y animar al lector con cantos de sirena sobre tratamientos que todavía están en etapas muy tempranas.

La cautela y la prudencia no están reñidas con un texto positivo y optimista, pero se debería ser mucho más claro con las verdaderas cualidades (comprobadas y demostradas) de un fármaco. Si una molécula se está probando en el laboratorio, si los resultados se han extraído de experimentos en una placa de petri o de un modelo animal, se debería ser mucho más prudente y explicar que aún queda un largo camino para que termine siendo aplicable a seres humanos. Teniendo esto en mente, podemos analizar con más rigor las nuevas incorporaciones.

Aplidin (Plitidepsina)

Lleva meses rondando los titulares a pesar de que aún no posee ni un solo estudio en seres humanos. Algunos expertos ya bromean diciendo que “la plitidepsina ha demostrado su eficacia en bolsa: le falta hacerlo en pacientes de covid-19”. La plitidepsina es un principio activo anticancerígeno que se obtiene a partir de las ascidias y que hasta ahora se había probado como antitumoral frente a diferentes tipos de cáncer, principalmente en mieloma múltiple. La empresa española PharmaMar lo comercializa con el nombre de Aplidin y parte de su fama se debe al empeño de su CEO Presidente José María Fernández Sousa-Faro que lo publicita como “el antiviral más potente descrito jamás”.

Más allá de los halagos del presidente de la compañía, hace unos días la revista Science publicó un estudio científico sobre la plitidepsina en la que se mostraban perspectivas muy interesantes en experimentos realizados en cultivos celulares y con modelos de ratón. Las conclusiones arrojaban datos esperanzadores, siendo mucho más potente que el remdesivir contra el SARS-CoV-2 en experimentos in vitro y consiguiendo muy buenos resultados en dos modelos de ratón con infección por SARS-CoV-2.

Esto es todo. No es prudente ir más allá de lo que se ha publicado. Coger los resultados obtenidos in vitro o en modelos de ratón y extrapolarlos a seres humanos es hacer trampa y eso es confundir, no informar. Por supuesto es interesante y esperanzador que los ensayos preclínicos de un fármaco contra la COVID19 sean positivos, pero ya hemos vivido demasiadas veces esta situación en fases tempranas y no es conveniente vender falsas ilusiones a los pacientes.

Plasma sanguíneo

Es ya un viejo conocido en las noticias científicas sobre coronavirus. Ha aparecido en tantas ocasiones que podríamos decir que se ha convertido en un clásico de los tratamientos prometedores. Podemos decir que es el Guadiana de los fármacos anti Covid y lo mismo aparecen estudios con conclusiones magníficas que, al día siguiente, las agencias de medicamentos detienen su aprobación de emergencia. Sus éxitos nunca duran demasiado y, terminan siempre acompañados de diferentes fracasos.

Los primeros estudios sobre su eficacia aparecieron muy pronto, en abril de 2020. Unas semanas más tarde surgieron las primeras dudas y las noticias sobre su baja eficacia lo dejaron apartado un tiempo, hasta que volvió a surgir con fuerza en mayo. Tampoco duró demasiado porque en verano la FDA detenía la autorización de emergencia que le había concedido, curiosamente para volver a concedérsela poco más tarde. Esto sirvió para que Trump apareciera satisfecho en televisión anunciado que el plasma sanguíneo era el avance que todos estábamos esperando. Por supuesto, no lo era y desde diferentes medios le recordaron que seguía siendo un tratamiento experimental que todavía no ha logrado demostrar su utilidad.

El tiempo ha seguido transcurriendo y los estudios, en un sentido y en el contrario, han continuado hasta llegar a nuestros días. Por eso, cuando esta semana ha aparecido publicado en el New England Journal of Medicine un pequeño estudio realizado por investigadores argentinos sobre plasma sanguíneo, la recomendación más obvia es la prudencia.

El estudio publicado descubrió que en 80 personas una infusión de plasma redujo el riesgo de desarrollar un caso grave de COVID-19 en un 48 por ciento, en comparación con otro grupo de 80 personas que recibieron una solución salina en su lugar. El trabajo advierte que el plasma parece útil, sobre todo en casos de personas mayores, pero solo cuando se administra a los pocos días de la aparición de la enfermedad.

A diferencia de la Plitidepsina, que solo tiene datos obtenidos en laboratorio y en ratones, este nuevo estudio argentino extrae sus conclusiones de pacientes reales, aunque el número de voluntarios sea pequeño. Aun así, y conociendo la tumultuosa trayectoria de este tratamiento, también resulta muy conveniente ser cauteloso con lo que se anuncia.

Colchicina

El caso de este fármaco es curioso porque su uso más extendido es el de prevenir los ataques de gota, es decir para el dolor de articulaciones causado por los altos niveles de ácido úrico en la sangre. Es un producto muy barato, accesible y por eso mismo hay muchas ganas de que sea aplicable a la Covid… quizás demasiadas.

Los titulares más optimistas sobre la colchicina provienen de un comunicado que el Instituto de Cardiología de Montreal publicó hace unos días, en el que se podían leer frases como “en pacientes con un diagnóstico comprobado de COVID-19, la colchicina redujo las hospitalizaciones en un 25%, la necesidad de ventilación mecánica en un 50% y las muertes en un 44%. Este importante descubrimiento científico convierte a la colchicina en el primer fármaco oral del mundo que podría usarse para tratar a pacientes no hospitalizados con COVID-19”. Suena muy interesante y prometedor, por lo que el siguiente paso lógico sería preguntar ¿dónde está el estudio científico y los datos revisados? Aún no está publicado.

No me malinterpreten, el anuncio es estupendo y esos porcentajes serían más que bienvenidos, pero durante estos largos meses de pandemia ya deberíamos haber aprendido a ser prudentes con los pre-prints, los anuncios de las farmacéuticas, los comunicados y notas de prensa y los datos de estudios sin publicar o revisar… en resumen, en el caso de la colchicina esas afirmaciones deberán ser estudiadas, analizadas y revisadas por expertos antes de ser publicadas en una revista especializada.

En resumidas cuentas: no podemos lanzar aún las campanas al vuelo. A día de hoy, todavía no existe un tratamiento verdaderamente eficaz contra la COVID-19 y, aunque aparezcan (y desaparezcan) candidatos prometedores, ya deberíamos saber que no es oro todo lo que reluce.


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