Los condicionantes del alarmante estudio australiano sobre la nueva realidad que se avecina con el Covid-19

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Tras casi un año de pandemia, la llegada de las primeras vacunas contra el SARS-CoV-2 a finales de 2020 puso una nueva meta en el calendario: alcanzar cuanto antes la inmunidad de grupo, es decir, vacunar a, al menos, el 70% de la población –el 80% con la variante Delta, según varios estudios, por su mayor transmisibilidad que la cepa original– para poder levantar restricciones y volver a la normalidad.

Pero la vida precovid parece alejarse de nuestro alcance y lo más plausible es que haya que convivir con el virus y con sus consecuencias. La pregunta es: ¿Estamos preparados para levantar todas las restricciones y limitaciones impuestas para frenar la expansión del coronavirus?

Calle vacía en Canberra por las restricciones en Australia. (Photo by Liu Changchang/Xinhua via Getty Images)
Calle vacía en Canberra por las restricciones en Australia. (Photo by Liu Changchang/Xinhua via Getty Images)

Una nueva investigación de las tres universidades australianas líderes nos dice que no. O, al menos, no en los umbrales que creíamos. El estudio muestra que si Australia reabre una vez que el 80% de los adultos estén vacunados –lo que se traduce en el 65% de la población en general– será a costa de la muerte de 25.000 personas y 270.000 casos de covid persistente. Sin embargo, el análisis se centra en el caso de Australia, con particularidades muy distintas a las que hay en Europa.

Australia se encuentra en la fase A de un plan de desescalada cuyo objetivo sería alcanzar la normalidad y levantar todas las restricciones en el país en la fase D. Actualmente, gran parte de la población está entrando y saliendo del confinamiento para erradicar el virus. La fase B se alcanzaría cuando el 70% de la población adulta esté vacunada y la C cuando el ratio de inmunizados llegue al 80% de los adultos.

Este plan se basa en el modelo del Instituto Doherty, que analizó el número de muertes en los primeros 180 días de reapertura en los umbrales de 70% y 80% correspondientes a las fases B y C, cuando los cierres serían "menos probables" y "altamente selectivos", momento en el que habría 761 muertes en ese horizonte temporal con pruebas parciales, seguimiento, rastreo y cuarentena.

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Pero este nuevo estudio predice diez veces más muertes que el Instituto Doherty y los investigadores a cargo piden una tasa de vacunación de al menos el 90% del total de la población y del 95% para las personas mayores y otras personas vulnerables. Aunque aún no ha pasado la revisión por pares, epidemiólogos responsables del nuevo modelo advierten de que es “demasiado peligroso tratar la covid-19 como la gripe”

Concretamente, según este nuevo modelo, si Australia reabre con el 80% de los adultos vacunados y todos los niños también inmunizados, las muertes estimadas caerían a 19.000 –frente a las 25.000 en el caso de que los menores no hayan recibido vacuna–, e incluso a 10.000 si el 90% de los adultos hubieran recibido las dos dosis.

La principal diferencia son los supuestos de los que parte este modelo: un horizonte temporal más largo, una mayor proporción de infecciones sintomáticas y mayor transmisión entre los niños. Mientras, el análisis del Instituto Doherty, en el que se basa la desescalada, incluye medidas de salud pública que reducen el número reproductivo del virus desde 6,32 a 3,6 y asume que las pruebas, el rastreo, el aislamiento y la cuarentena siguen siendo “parcialmente eficaces”.

¿Es aplicable a Europa?

Australia se ha fijado un plan en el que la fase D, de reapertura total, se produciría en 2022, o como muy tarde 2023, sin embargo, menos de la mitad de los australianos se han inyectado al menos una de las dos dosis de la vacuna, y solo el 24% está totalmente protegido.

A los bajos ratios de vacunados, se une una ola de contagios que comenzó en junio y por la que las autoridades se han visto obligadas a cerrar y confinar buena parte de las grandes ciudades como Sídney y Brisbane, con órdenes de aislamiento que vigila el mismísimo Ejército.

Largas colas en Sídney para vacunarse. (Photo by Lisa Maree Williams/Getty Images)
Largas colas en Sídney para vacunarse. (Photo by Lisa Maree Williams/Getty Images)

Este confinamiento estricto refleja, por otro lado, la enorme diferencia del impacto de la pandemia a uno y otro lado del mundo. Australia ha registrado 46.000 casos de covid-19 desde que comenzara la pandemia, mientras que países europeos como España o Reino Unido ya han reportado 4 millones y medio, y 6 millones y medio, respectivamente, rondando las 100.000 muertes (83.000 en España y 132.000 en Reino Unido), con especial incidencia para la población anciana y vulnerable, frente al país de Oceanía que ha sufrido menos de 1.000 fallecimientos por covid.

Aunque Australia cuenta con menos población, los números son mucho menores proporcionalmente y el país ha gestionado mejor la crisis del coronavirus que sus socios europeos.

Este bajo número de contagios y muertes podría explicar por qué el estudio de las universidades australianas no es extrapolable a la realidad europea. En la mayoría de los países de la UE el número de contagios y muertes ha sido proporcionalmente mucho mayor, de manera que actualmente el virus tendría menor potencial letal.

Además, países como España o Reino Unido presentan unos ratios de vacunación entre la población vulnerable mucho mayores.

De hecho en el caso de Reino Unido el levantamiento de las restricciones a mediados de julio no ha significado de momento un aumento significativo de los fallecimientos y la curva se mantiene estable, aunque el escaso tiempo transcurrido (poco más de 30 días) obliga a la prudencia en las conclusiones. 

También el hecho de que los británicos se encuentran en pleno verano (con más planes al aire libre, lo que reduce los contagios), mientras que los australianos están en invierno.

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