Djokovic sigue sin saber perder... y su público tampoco

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Serbia's Novak Djokovic waits for the trophy ceremony after losing to Russia's Daniil Medvedev during their 2021 US Open Tennis tournament men's final match at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York, on September 12, 2021. (Photo by Kena Betancur / AFP) (Photo by KENA BETANCUR/AFP via Getty Images)
Photo by Kena Betancur / AFP) (Photo by KENA BETANCUR/AFP via Getty Images

La leyenda de Novak Djokovic como jugador de élite empieza en Nueva York. En aquel 2007 en el que se hizo famoso por sus imitaciones a Federer, Nadal o Sharapova... y por llegar a la final ante el suizo con veinte años recién cumplidos. Una final que perdió en tres sets. De todos los públicos del circuito, es quizá el estadounidense el que más simpatía ha mostrado siempre hacia el serbio, con excepciones puntuales, como cuando casi noquea de un pelotazo a una juez de línea. Viendo cómo reaccionó Djokovic a la superioridad de Medvedev en la final del US Open de este año, quizá haya sido buena idea quitarlas de en medio.

Y es que es curioso que, allí donde más querido es Djokovic, haya cosechado el mayor número de derrotas. Entre Roland Garros, Australia y Wimbledon, Nole ha jugado veintidós finales y ha perdido cinco. En Nueva York, ha jugado nueve... y ha perdido ¡seis!. La última, ante Daniil Medvedev este domingo, fue un tratado de impotencia y de todo lo que no nos gusta del serbio. Es tan competitivo, se exige tanto, estaba tan cerca de un hecho histórico -solo Rod Laver, en 1969, ha conseguido el Grand Slam completo en la era open-, que a sus 34 años sigue sin saber medir sus reacciones. Por momentos, resulta hasta violento verlo.

Cuando entra en frustración, y Djokovic lo hizo a principios del segundo set, cuando desperdició cinco bolas de break frente al inaccesible servicio del ruso, de alguna manera nos anuncia su rendición y su derrota. Fue la misma historia que ante Zverev en las semifinales olímpicas o que ante Carreño en el partido por el bronce: raquetas machacadas, amagos de lanzarla contra la red, gritos de rabia... Djokovic, el habitualmente sereno Djokovic, maneja muy mal ser inferior. Fatal. No hablo tanto del marcador, porque el serbio había conseguido remontar un set en cinco partidos consecutivos, sino del juego en sí mismo. De repente, te das cuenta de que el contrario juega mejor que tú. ¿Qué haces? ¿Reinventas tu táctica o te pones a montar el número? Djokovic eligió lo segundo.

No es que Medvedev le diera muchas más oportunidades, porque su partido fue excelente, pero para perder en tres sets y ganar doce juegos en todo el partido, algo tienes que poner de tu parte. ¿Qué puso Djokovic? Un estado de nervios constante, un montón de errores en golpes paralelos que suelen marcar distancias y una enorme sensación de vulnerabilidad. Medvedev veía a su rival superado por la presión, demostrándolo a cada pelota a la red, y se venía abajo. La desesperación de uno retroalimentaba al otro, que ve un poquito más cerca el asalto al número uno de la clasificación mundial.

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Y es que Medvedev es un jugador superlativo. Al menos, cuando le apetece, que no es siempre. Todos los jugadores rusos tienen un aire de familia, como le pasa a los españoles o a los argentinos o incluso a los estadounidenses. Uno ve el talento a menudo desaprovechado de Medvedev -esperar a los 25 años para ganar su primer grande denota una cierta apatía- y no puede evitar acordarse de Yevgeni Kafelnikov, otro tenista que jugaba como los ángeles y que se retiró con dos grandes en su palmarés para dedicarse al póker porque solo se vive una vez.

Medvedev saca como si tuviera prisa, un latigazo que recuerda a Andy Roddick y que, por lo rápido del movimiento, resulta casi imposible de leer. Para restar, se coloca al fondo de la pista, algo que ya hemos visto en alguna ocasión a Nadal y que requiere de unas variaciones en el servicio -cortados con efecto- que no vimos en Djokovic ni en ninguno de sus demás rivales. Ahora bien, sobre todo, es un jugador al que la presión le da absolutamente igual. Juega de la misma manera el primer punto y el último. Hubo un pequeño momento de zozobra cuando perdió por única vez su servicio con 5-3 en el tercer set, justo después de disfrutar de su primer punto de partido, pero ahí quedó la cosa.

Tanta serenidad, aprendida probablemente en su tormentoso US Open de 2019, en el que fue sistemáticamente abucheado en todas las rondas por exagerar sus lesiones, hace que el griterío habitual de la Arthur Ashe no le afectara en absoluto. Y mira que gritaron. El público quería ver historia, quería ver el vigésimo primer grande de Djokovic y su consagración como mejor jugador de todos los tiempos. Quería decir "yo estuve ahí cuando..." y si eso no era posible, quería al menos que el partido se alargara, que no fuera todo tan fácil, tan rápido.

Su comportamiento fue dudoso a lo largo de todo el partido y lamentable en el último saque, cuando se dedicó a abuchear activamente a Daniil Medvedev, a ver si así cedía de nuevo su servicio. Del público de Nueva York se ha escrito tanto que sería absurdo incidir en ello. De hecho, forma parte del encanto del torneo, que a menudo tiene hooligans en vez de aficionados, y, como excepción, eso también está bien. Ahora bien, igual que Djokovic demostró sus serios problemas con la derrota, al público le pasó lo mismo. Ya lo intentaron hace unos años con Naomi Osaka contra Serena Williams y el resultado fue el mismo: perdieron de todos modos.

Es probable que Djokovic gane su vigésimo primer grande en otro lado, pero el cambio ya está aquí. Ni Federer ni Nadal ni probablemente el serbio son ahora mismo los mejores jugadores del mundo. En su lugar, están Medvedev y Zverev, aunque este último con la cabeza a pájaros. Detrás, los que ya conocen: Tsitsipas, Berrettini, Aliassime... y muy pronto Sinner, Musetti o Carlos Alcaraz. A sus 34 años, Nole no tendrá muchas oportunidades más para el desempate. Y como a Nadal le dé por ganar otro Roland Garros -algo nada descartable-, lo mismo su sueño de ser estadísticamente indiscutible se viene abajo. Por eso el partido de ayer era tan importante. De ahí, la impotencia de ser incapaz de darle la vuelta.

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