No sé qué es el silencio.

 

 

No sé qué es el silencio.

Y esto no es una metáfora. No sé qué es el silencio porque nunca lo he escuchado -qué paradoja, ¿verdad?-. O no recuerdo haberlo escuchado ninguna vez. Porque desde que soy consciente, en mis oídos siempre retumba un zumbido, un zumbido constante y monótono que parece salir de dentro de mi cabeza.

De día, si hay ruido a mi alrededor, pasa bastante desapercibido. Pero en situaciones de poco sonido ambiental, o por la noche, mientras veo la tele con el volumen bajo para no despertar a mis hijas o estoy intentando dormirme, el tono lo invade todo.

Hay días en los que me desespero, pero ya, a estas alturas, son los mínimos.

Después está la pérdida de audición. Por el oído derecho apenas escucho un 36 por ciento, y en algunos tonos la sordera es prácticamente total. Si me hablan de ese lado es fácil que no comprenda lo que me dicen. Eso, en un lugar con poco ruido. Si el ambiente es ruidoso tengo que acercar mi oído izquierdo casi hasta la boca de quien me está hablando.

He visitado otorrinos toda mi vida. Me han hecho un montón de pruebas, una intervención quirúrgica y han elaborado varias teorías –incluida una en la que decían que la cicatriz de la operación para extirparme las amígdalas cuando tenía dos años se había movido al crecer, afectando al nervio auditivo-.

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Hasta que ya me han dicho que me resigne. Que es el síndrome de Menière y que no hay nada que hacer. Y que no permita que eso se convierta en un  elemento invalidante en mi vida.

Nunca sabré lo que es el silencio.

Afortunadamente me he librado de los mareos –asociados también al Menière-.

Hoy os quiero dar las gracias por todo el apoyo que he recibido estos días, desde que hice público que sufría este síndrome. Sois muchos los que me habéis contado que también estáis como yo. O que tenéis un familiar que lo sufre, y que ahora entendéis por lo que pasa.

Nunca imaginé recibir tantas muestras de cariño. Y estos días, cuando el zumbido ha sido especialmente atronador, no me he sentido sola.

Nunca me he considerado alguien enfermo. Ni me considero ahora. El Menière no duele, no me impide caminar, ni hacer una vida normal. Así que me considero una persona afortunada.

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