No me odies. Es peor para ti

 

El lado bueno del estercolero en el que se han convertido algunas redes sociales es que muchos de esos que vociferan, insultan, agreden verbalmente y vomitan bilis a todas horas descargan su ira tecleando en un aparatito de pocos centímetros cuadrados, en vez de salir a la calle y liarse a golpes con el primero que les mire -o les ignore- de una forma que ellos consideren incorrecta.

Por ese lado, las redes -sobre todo el gran basurero que es Twitter-, están cumpliendo un servicio social, como ollas a presión por las que los infelices y acomplejados descargan su ira poco a poco. Tuit a tuit, a pesar de que la gran mayoría de los que ladran en redes son los más cobardes en la vida real. No estoy hablando de los que critican de manera constructiva, o con educación, o dando argumentos. No. Porque se puede hablar de todo mientras no se falte al respeto.

Es fácil enfadarse con esas personas que insultan de manera gratuita. A mí me ha pasado. Muchas veces. Te sientes indefensa, como si vinieran a gritarte a la puerta de casa. Antes contestaba, intentaba razonar. Pero ya -salvo algunas excepciones- me callo. Porque cada vez que respondo a la ira me siento mal.

Y no es metáfora.

Un pequeño resumen de lo que le pasa a nuestro cuerpo cada vez que nos enfadamos.

Cuando nos enfadamos el cuerpo se prepara para la guerra. El corazón bombea más sangre y los músculos están preparados para huir o atacar. La sangre genera más plaquetas, por si nos hieren y hay que intentar taponar la herida. La grasa almacenada empieza a liberarse al flujo sanguíneo, pudiendo acumularse peligrosamente en venas y arterias. Debido al alto estrés, el cuerpo se fatiga.

Envejecemos tres mil veces más rápido de lo normal.

Así que, aunque sea por egoísmo, no te enfades.

Está demostrado que sonreír, aunque sea de manera fingida, nos va haciendo cada vez un poquito más felices. Por eso, unos científicos japoneses han ideado un frigorífico que sólo se abre si sonreímos. Creen que será de gran ayuda para personas que viven solas. Si tienen que sonreír cada vez que quieren abrir la nevera, se sentirán un poquito mejor. Y más acompañados.