El Nini, el señor Cayo y Azarías entran en el Parlamento de Castilla y León

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La familia de Miguel Delibes, junto con el presidente de las Cortes de Castilla y León, Luis Fuentes (2i), descubren una placa para dar el nombre del escritor a una de las salas de la sede del Parlamento autonómico. EFE/ Nacho Gallego

Valladolid, 26 nov (EFE).- Ajeno a cenáculos literarios y sociales, celoso de su vida privada y renuente a foros públicos y políticos, la moral refractaria de Miguel Delibes no ha podido evitar, casi una década después de su muerte, su entrada este martes en el Parlamento de Castilla y León por la puerta del homenaje.

Y lo ha hecho de la mano de algunos de sus personajes más reconocidos, entre ellos el Nini ("Las ratas"), el señor Cayo ("El disputado voto"), Azarías ("Los santos inocentes"), el viejo Eloy ("La hoja roja") y Lorenzo ("Diario de un cazador").

Porque en buena medida los protagonistas de sus novelas forman parte de su biografía, como dijo en 1994 al recoger el Premio Cervantes, esa galería de 'alter egos' devolverá en las Cortes el eco de una Castilla y León marginal, despoblada y sometida al vaivén cuatrienal de promesas insolventes.

A pesar de ir acompañados de la presidenta de la Fundación Miguel Delibes e hija de su creador, Elisa Delibes, un funcionario ha tomado la filiación de todos ellos y obligado a cruzar un detector donde al Tío Ratero le han retirado el pincho, a Paco el Bajo la jaula con el reclamo del señorito, Lorenzo ha tenido que dejar la escopeta y al Moñigo le ha pitado la metralla alojada en su muslo.

La horquilla de zahorí del Señor Cayo ha guiado a la comitiva hasta la presidencia del parlamento autonómico por la gélida, impersonal y vanguardista arquitectura de un edificio donde Azarías, urgido por las circunstancias, se ha orinado en las manos al no encontrar un mingitorio y ha fonado un 'quiá, quiá' al contemplar boquiabierto una pintura de Cuadrado Lomas.

El viejo Eloy, al pasar por la sala Campos de Castilla, se ha acordado del poeta al que le salió la hoja roja en su exilio de Collioure, y el Nini ha evocado con ironía el nido del cuco al contemplar los escaños del hemiciclo.

Son los seres desvalidos, desamparados y desheredados de la fortuna, personajes reales a los que Delibes tuvo que disfrazar con el traje de la ficción para sortear el lápiz rojo de la censura durante su quehacer como periodista en las páginas de El Norte de Castilla, y que apelarán desde hoy a la conciencia de la clase política.

Todo esa carga ética, mensaje y encomienda conlleva el nombre de Miguel Delibes con que ha sido bautizada una de las estancias de las Cortes de Castilla y León, la antigua sala de reuniones de la Mesa y Junta de Portavoces, como anticipo de la conmemoración del primer centenario del nacimiento del escritor, que se celebrará en 2020 según ha recordado el presidente de la Cámara, Luis Fuentes.

Desde su ingreso en la 'casa de la palabra' -donde accedió como académico de la RAE en 1975-, hasta su entrada este martes en la 'residencia de la soberanía popular', ha transcurrido cerca de medio siglo.

Esos cincuenta años son lo que cumple este 2019 "Parábola del náufrago" (1969), no sólo su libro más experimental sino el relato donde más alto y claro habló sobre la alienación del ser humano, la anulación de su voluntad y capacidad de iniciativa bajo la losa de un sistema burocrático, opresor y asfixiante.

Además de un punto de inflexión, al pasar del realismo a la experimentación, Delibes anticipó con esta sátira el discurso que contra el progreso deshumanizador cambió por un sillón en la Academia de la Lengua: el de la letra 'e minúscula', la inicial de su naturaleza (e)scéptica, discurso (é)tico, formación (e)conómica y vocación (e)cológica, la del autor de una obra (e)jemplar y (e)mpática que concilió como (e)sforzado padre de familia.

Al abandonar la casa de la soberanía popular, una vez concluido el acto, el Nini murmuró la cita del evangelista Marcos que Miguel Delibes puso como frontispicio de "Las ratas", la novela de la que fue protagonista: "Si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (...)".

Por Roberto Jiménez