Neurociencia del enamoramiento... y de otras adicciones

José María Delgado Garcia, Profesor Emérito de Neurociencia, Universidad Pablo de Olavide
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Desde los años 50 del siglo pasado, los avances en el conocimiento de las funciones del cerebro han trastocado más de un concepto cultural acerca de nuestra personalidad. Uno de ellos se refiere a la génesis y peculiaridades de las emociones y los sentimientos.

El papel del cerebro en las emociones

Es cierto que, desde los tiempos de Aristóteles, se asumía que estas sensaciones internas se generan y almacenan en el corazón. Sin embargo, hoy día se sabe con suficiente detalle que los procesos emotivos se originan y controlan en el cerebro. En concreto, en el sistema límbico: una parte evolutivamente antigua, ya presente en aves y mamíferos.

El sistema límbico recibe este nombre porque forma un limbo o círculo alrededor del tálamo, la parte central del encéfalo. Dentro de este sistema neuronal hay diferentes estructuras. Por ejemplo, las que están especializadas en el control de funciones motivacionales tanto positivas, como el núcleo accumbens, como negativas, en el caso de la amígdala y el septum. También relacionadas con las memorias, la rememoración y el olvido, como el hipocampo.

No es que las funciones emocionales y cognitivas estén fragmentadas por el cerebro. Más bien, lo que ocurre es que hay puntos nodales o sitios cerebrales donde dichas funciones se ponen particularmente de manifiesto.

En el amor, más cerebro que corazón

Entre las emociones más importantes en nuestra evolución personal está el amor romántico. Y con él, la intensa conmoción psicofísica que nos sacude cuando nos enamoramos.

El enamoramiento es, de alguna forma, una brusca caída en un “mundo mágico”. En ella transferimos al objeto de nuestro amor una serie de características físicas y de cualidades psíquicas más o menos imaginarias.

Puede ocurrir, como ya señalaba Blaise Pascal, que nos guste vivir en la mente de los demás. En términos psicoanalíticos: si nuestro mayor anhelo es que los demás nos deseen, estas características funcionales de nuestra mente se agudizan en el enamoramiento.

Además, si las expectativas y deseos imaginariamente adscritos al partenaire están muy lejos de su realidad, pueden convertir todo el proceso emocional en una neurosis más o menos transitoria.

Desde el punto de vista cognitivo, la persona amada no cambia porque la amemos. Esto quiere decir que la percepción visual, auditiva y, en suma, sensorial que tengamos de ella en realidad es la misma. Lo que se modifica es la interpretación de esa información sensorial. Este fenómeno ocurre de modo decisivo en el lóbulo prefrontal, más que probable sede de nuestra interpretación cognitiva de la realidad.

Esta misma estructura contribuye a la génesis de respuestas comportamentales que acompañan al enamorado. ¿Cómo cuales? Desde las palpitaciones cardíacas al cambio de coloración de la piel (sonrojado, pálido). Desde el temblor o la flacidez muscular a la pérdida de apetito.

Estos fenómenos funcionales ocurren por la acción del lóbulo prefrontal sobre la amígdala y de ahí a las porciones inferiores del cerebro y de la médula espinal. También sobre el hipotálamo y de éste al complejo sistema endocrino y metabólico de nuestro organismo.

Me quiere, no me quiere

Aunque los estados emotivos se generan en el sistema límbico, hay un componente motivacional muy importante en el enamoramiento y es el nivel de satisfacción del deseo. Esto es la recompensa que se obtiene con la consecución del objeto deseado.

En este proceso interviene especialmente el sistema dopaminérgico, denominado así porque libera un comunicador molecular interneuronal llamado dopamina. Lo que hace es actuar en el núcleo accumbens induciendo la sensación interna de satisfacción cuando nos dan el ansiado “sí”.

En relaciones algo más duraderas intervienen también las neurohormonas oxitocina y vasopresina. Ambas se han relacionado recientemente con la generación de comportamientos sociales, como el apego que se establece entre los amantes. También los protocolos conductuales característicos del apareamiento y de la cría.

Enamoramiento, drogadicción emocional y síndrome de abstinencia

La dependencia excesiva del otro en un enamoramiento equivocado puede conducir a una suerte de drogadicción emocional.

Por otra parte, se asume que la adicción a una sustancia determinada (nicotina, cocaína, morfina, alcohol) sólo se diferencia de la situación del adicto emocional en el objeto con el que se pretende compensar (de forma equivocada, claro) un vacío o necesidad interior no bien identificada.

De hecho, la sintomatología que caracteriza el síndrome de abstinencia en algunas drogadicciones (cocaína o anfetaminas) es similar a los síntomas del enamoramiento no correspondido.

Recuerden a Lou Reed cuando canta:

“… heroin: it’s my wife and it’s my life”.

El síndrome de abstinencia que caracteriza a la mayor parte de las drogas tiene un componente de dependencia psicológica que suele ser común a todas ellas. También está presente en el enamorado frustrado.

Tanto el drogadicto como el enamorado no correspondido tienen una necesidad inmediata y exigente de reactivar sus centros nerviosos de recompensa. Sobre todo el núcleo accumbens. Es una necesidad imperiosa y compulsiva, acompañada de toda la cohorte de síntomas que caracterizan el síndrome de dependencia.

Por lo demás, es fácilmente observable (tanto por el que lo sufre como por el que lo observa) la inmediata desaparición del síndrome de abstinencia cuando se consigue el esperado sí. O cuando se administra una nueva dosis de droga.

En ambos casos se produce una activación del centro neural de recompensa (núcleo accumbens) con la importante contribución del sistema dopaminérgico.

Por último, el componente físico del síndrome de abstinencia ocurre por las adaptaciones fisiológicas y metabólicas que se producen tras el consumo repetido y abusivo de una droga determinada. Al final, su ausencia desequilibra la balanza.

Este componente físico depende en particular de las rutas metabólicas que sigue la droga de que se trate, así que en este particular hay evidentes diferencias de unas sustancias a otras.

Por ejemplo, heroína y morfina actúan sobre neuronas relacionadas con las endorfinas. Estas están a su vez relacionadas con la ausencia de dolor y la sensación de satisfacción y placer.

Sin embargo, la cocaína actúa sobre complejos grupos neuronales. En este caso, se relacionan con la serotonina (reguladora del estado de ánimo), la noradrenalina (estados de atención y alerta) y la dopamina ya mencionada.

En conclusión: entender cómo funciona su cerebro le ayudará a conocerse mejor… Y recuerde ¡que la medalla del amor que regale el próximo 14 de febrero tenga forma de sistema límbico!

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

José María Delgado Garcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.