La prueba de que los nazis intentaron desarrollar su bomba atómica

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Este es probablemente uno de los 664 cubos de uranio del fallido reactor nuclear que los nazis intentaron construir en Haigerloch durante la SGM. (Crédito: John T. Consoli / Universidad de Maryland).
Este es probablemente uno de los 664 cubos de uranio del fallido reactor nuclear que los nazis intentaron construir en Haigerloch durante la SGM. (Crédito: John T. Consoli / Universidad de Maryland).

Al ver el pequeño cubo azulado de la imagen superior, de unos cinco centímetros de lado, los seguidores del universo cinematográfico de Marvel podrían creer que se trata de una copia barata del Teseracto. Si así lo fuera obviamente no estaría hablando de él en un blog de ciencia, aunque hay que reconocer que tiene algo en común con este objeto de ficción, y es que nos hayamos ante un objeto de poder del que los “villanos” intentaron obtener energía destructiva infinita. Claro que en el caso del cubo de la foto, formado por cierto por metal de uranio, cuando hablo de villanos no me refiero a personajes de cómic como Cráneo Rojo, sino al mismísimo Adolf Hitler

El objeto, llegó a manos del físico Timothy Koeth (profesor asociado de investigación en la Universidad de Maryland) en verano de 2013, como regalo de cumpleaños. Lo primero que le llamó la atención al sostenerlo en las manos fue lo pesado que era, a pesar de su pequeño tamaño. Además del extraño “teseracto” de casi 2,5 kilogramos, el paquete de regalo contenía una nota que aclaraba que el cubo había formado parte del reactor nuclear que los científicos alemanes, con el mismísimo Heisemberg a la cabeza, habían intentado construir sin éxito durante la Segunda Guerra Mundial (SGM).

Tras hacer varias averiguaciones, Koeth descubrió que el objeto tenía un interés histórico excepcional, y que existían al menos 10 más de esos cubos en los Estados Unidos. Uno estaba en manos del Laboratorio Nacional Pacific Northest (PNNL), otro en el Museo Smithsonian, otro en la Universidad de Harvard y el resto en poder de coleccionistas privados. ¿Cuántos hubo en total originalmente? Los papeles que se recuperaron tras la SGM hablan de un total de 664 cubos de uranio metálico, con los que tres grupos de investigadores nazis trabajaron simultáneamente en Berlín, Gottow y Leipzig.

Pero comencemos por el principio. Mientras los estadounidenses llevaban a cabo el Proyecto Manhattan, persistía la sospecha de que los nazis no solo estaban haciendo lo mismo, intentar fabricar la primera bomba atómica, sino que además los alemanes llevaban ventaja. En efecto, los germanos habían comenzado dos años antes a buscar el arma definitiva, aunque por fortuna para el mundo, la rivalidad entre los ideólogos del proyecto, la competición por acceder a unos recursos finitos, y una gestión científica poco eficiente, retrasó una y otra vez el objetivo, hasta que finalmente la guerra acabó con el resultado que todos conocemos.

Los tres científicos que dirigían los grupos de investigación atómica financiada por los nazis - crédito imagen Wikipedia
Los tres científicos que dirigían los grupos de investigación atómica financiada por los nazis - crédito imagen Wikipedia

En el invierno de 1944, Heisemberg (que dirigía el grupo de Berlín) tuvo que reubicar su laboratorio a medida que las fuerzas aliadas avanzaban, y acabó por emplazarlo debajo del castillo de un pequeño pueblo llamado Haigerloch, lugar por cierto donde hoy se ubica el Museo Atomkeller. Bajo este castillo se construyó el reactor experimental B-VIII, que según describe Timnothy Koeth debía parecerse a una siniestra lámpara de araña, ya que la configuración del experimento constaba de 664 cubos de uranios enlazados entre sí mediante cables de avión y sumergidos en un tanque de agua pesada protegido por grafito, para evitar la exposición a la radiación.

La historia es verdaderamente apasionante. Mientras los estadounidenses avanzaban a buen ritmo en su proyecto Manhattan, los nazis se quedaban sin tiempo. Para comprobar en qué situación se encontraban Heisemberg y los suyos, el militar al mando de la misión norteamericana (teniente general Leslie Groves) inició una misión secreta llamada “Alsos” que debía recopilar información y materiales relacionados con los avances atómicos de los alemanes. El prestigioso físico alemán, cuando supo que las fuerzas aliadas estaban cerca y que su avance era imparable, desmanteló el experimento, enterró los cubos de uranio en un campo, y ocultó la documentación clave bajo una letrina. La historia dice que el propio Heisemberg escapó por los pelos en una bicicleta, llevando consigo alguno de los cubos en una mochila.

En cuanto al resto de los cubos, no se sabe muy bien que fue de ellos. Se especula que muchos acabaron fundidos de nuevo, aunque se sabe que algunos fueron enviados a diferentes personalidades de los Estados Unidos. Eso en cuanto a los cubos del experimento de Heisemberg, pero recordemos que había otros dos grupos de investigadores nazis haciendo más pruebas. Los 400 cubos usados por el grupo de Gottow que dirigía Diebner, por ejemplo, nunca fueron encontrados. Se especula con que los rusos se los quedaron.

Pero volvamos al presente. La pregunta que muchos nos hacemos es ¿lo habrían logrado los alemanes de contar con más tiempo o más recursos? Bien, según un trabajo publicado en 2009 por físicos italianos, para que el reactor alemán hubiese funcionado simplemente habría que haber añadido un 50% más de cubos de uranio. Por fortuna Hitler nunca pudo contar con la bomba atómica. De haberlo conseguido el mundo que conocemos ahora sería muy diferente.

Recreación del reactor experimental que Heisemberg montó en Haigerloch en 1940, expuesta en el Museo Atomkeller. (Imagen Creative Commons / crédito Felix König).
Recreación del reactor experimental que Heisemberg montó en Haigerloch en 1940, expuesta en el Museo Atomkeller. (Imagen Creative Commons / crédito Felix König).

¿Y por qué os hablo ahora de estos cubos de uranio? La pregunta es pertinente. Los científicos nunca han podido probar que el cubo que recibió como regalo Koeth, o el que el PNNL almacena en sus instalaciones desde 1989, fueran empleados efectivamente en los experimentos alemanes en plena SGM.

Entre las funciones del laboratorio PNNL, figuraban precisamente la de dotar de tecnología que pudiera trazar el origen de los recursos naturales empleados en reacciones nucleares, de modo que si un hipotético grupo terrorista se hiciera con material atómico ilícito, se pudiera descubrir donde se obtuvo el combustible.

El cubo de uranio metálico supuestamente nazi era perfecto para probar esta tecnología. Podía manipularse con seguridad porque es muy poco radioactivo, principalmente porque el uranio es tan denso que en esencia se protege a sí mismo. De hecho, cualquier radiación que pueda medirse proviene de la superficie del cubo.

Cuando hicieron la prueba con el cubo en 2002, los investigadores del PNNL tenían bastante confianza en que efectivamente el resultado probaría que era uno de los de Heinsemberg. De hecho, hasta mostraba muescas para colgarlo más fácilmente. Sin embargo, los resultados no fueron concluyentes. Los instrumentos usados no tenían la sensibilidad suficiente para datar al cubo con exactitud.

Ahora, empleando una nueva estrategia que consiste en buscar restos en la superficie de los cubos de los materiales con los que los fueron recubiertos (Heisemberg usaba recubrimientos a base de cianuro, mientras que Diebner usaba estireno) los investigadores del PNNL han vuelto a analizar algunos de los cubos, entre los que se encuentra el que Koeth recibió como regalo de cumpleaños.

¿El resultado? El cubo de Koeth mostraba restos de estireno, toda una sorpresa ya que las investigaciones del físico le habían llevado hasta Berlin y no hasta Gottow. Sin embargo, parece ser que Diebner envió alguno de sus cubos a Heisemberg cuando este último le pidió más combustible para su reactor. Así pues, el misterioso cubo podría en realidad haber sido utilizado por ambos científicos, lo cual le hace una reliquia aún más valiosa.

Me enteré leyendo Ars Technica

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