¿Navidad sin cosas?: ni la crisis de los contenedores frena el afán consumista

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Una joven guarda un regalo navideño.  (Photo: Coolpicture via Getty Images)
Una joven guarda un regalo navideño. (Photo: Coolpicture via Getty Images)

Las primeras luces rojas aparecieron en verano. En septiembre y octubre, ya cundió el pánico: la crisis mundial de contenedores amenazaba la Navidad por falta de materias primas, de chips o de fletes. Fueron semanas frenéticas, cuyas consecuencias aún no se han saldado por completo, pero ha quedado claro que la temporada de fiestas se ha salvado. Ha llegado de todo, desde textil a ropa, pasando por bebidas, perfumería y hasta electrónica y tecnología. A un precio mayor, bien, pero ha llegado.

El debate sobre la necesidad de rebajar nuestro consumismo no llegó a ser hondo en esas horas de zozobra ni ha calado lo suficiente como para hacer reflexionar a los ciudadanos sobre qué se compra, cómo se compra y para qué se compra. Ahí están los datos del Estudio de Consumo Navideño 2021 de la consultora Deloitte, que constata que el 62% de los encuestados gastará más en sus compras navideñas de este año, con un gasto por hogar de 631 euros, esto es, un 14% por encima del gasto de la última navidad prepandémica, con 554 euros, en 2019.

Las categorías de viajes (+91,1%) y de ocio y restauración (+37,7%) son las que reflejan un mayor incremento en la intención de gasto, indica el informe. La categoría regalos también crece, aunque lo hace a un ritmo mucho más comedido, un 1,3%). Son comportamientos, constatan los expertos, impulsados por las noticias positivas sobre los altos índices de vacunación y la disminución de la incidencia del coronavirus, una sonrisa que se ha quedado congelada con la aparición de la variante ómicron.

“El sentido religioso de la fiesta se ha perdido prácticamente y estamos instalados en lo que se llama felicidad de lo material. Queda algo hermoso, que es el afán de regalar y de cumplimentar a las personas que queremos, pero no entendemos que tener un presente es solo un obsequio de reconocimiento y afecto, que no debería ir acompañado de un afán de posesión ni de exceso. No debería reconocerse más una joya que la manualidad de un niño hecha con todo su esfuerzo, pero lo cierto es que ocurre”, señala el psicólogo granadino Miguel González.

Afirma que, incluso en momentos de dificultades como las actuales o en las precedentes crisis económicas como la de 2008, “aún son muchas las personas que no están dispuestas a renunciar a determinados productos, como es el caso de los regalos navideños”. Es algo que ocurre habitualmente en nuestro mundo desarrollado, porque “se cree que los viajes, la ropa de marca, o ciertas actividades de ocio son necesarias para vivir una vida digna, que merece ser vivida”, pero a ello se suma ahora el consumo como escape.

“Hemos estado durante muchos meses sin posibilidad de ir a las tiendas, de ver, de pasear. La misma liberación que se ha sentido en la hostelería al relajarse las medidas anticovid se ha detectado en el textil o en la electrónica, hay ganas de gastar lo que antes no se ha podido y de tener detalles con otros, con personas que nos importan. Eso se une a cierta filosofía que relaciona consumo con vitalidad, con exprimir la vida, y hace que no sólo se mantenga el gasto navideño, sino que se incremente. Es como pensar que nos lo hemos ganado”, añade.

El marco general es la “sociedad de consumo actual”, lo cual ya “empuja en una determinada dirección”, y a eso se suman los condicionantes de cada cual: “el que compra por costumbre, el que no se puede conformar con tener algo sino que lo quiere de varios tamaños y colores, el coleccionista de versiones extendidas y tomas extra, y hasta los defensores de los autocuidados, una tendencia de negocio que ha consolidado una industria paralela y nuevas necesidades”, señala. “No reparamos en la importancia real de tener cosas y en lo que nos supondría no tenerlas. Parece que sin posesiones no hay felicidad”, concluye.

Otro consumo es posible

¿Es iluso entonces pensar en una Navidad sin cosas? “No, pero hay que aprender nuevas maneras de vivir y esas se hacen estables no por una crisis puntual de distribución, sino por nuevos y repetidos hábitos, por una apuesta sostenida”, responde la socióloga sevillana Marisa Ramírez.

“Estas fiestas ha acabado habiendo de todo. Ha habido margen de maniobra para encontrar alternativas si algún pedido tardaba de más y habrá quien haya tenido también cintura económica para pagar más gastos de envío o aduanas, pero no ha llegado la sangre al río, por decirlo llanamente”, así que no ha habido que pensar demasiado las cosas. “Había ganas de fiesta, ahora un poco chafadas por las últimas noticias, y fiesta es gasto en nuestro país”, apunta.

Ramírez habla de la necesidad de instaurar en la sociedad, sin mirar el calendario ni la pandemia, el debate sobre cómo consumimos. “Los principios de compra responsable, de justicia social y de ecología empiezan a estar más presentes, pero no inclinan la balanza de forma significativa. A veces se ponen las excusas de la comodidad, de los precios más baratos, o del ‘todo el mundo lo hace y yo solo no salvo ni a los trabajadores de Bangladesh ni las reservas de bambú’, pero lo cierto es que aún hay un desconocimiento triste de los beneficios de cambiar estos hábitos”, lamenta.

La socióloga defiende enérgicamente las alternativas a la compra desaforada de bienes. “Gastar una alta suma de dinero en las fiestas a algunos les parece la certificación total del amor hacia los hijos, los padres, las parejas... Hay que abogar por hacer regalos propios, creados y elaborados por nosotros, o procedentes de comercio justo y de proximidad, ecológicos, útiles realmente, incluyendo en ellos desde formación hasta experiencias. Cosas que nos ensanchan y no cuestan ni nos acercan al síndrome de Diógenes”, ironiza.

Especialmente “valioso y aleccionador” será si se aplica con los niños, posiblemente el flanco más débil en cuanto a la sobreexposición a anuncios y catálogos. Los que son “asaeteados” por la publicidad y “afianzan cánones de consumo” basados en la insatisfacción o la necesidad de acumulación. “Educar con el ejemplo es esencial”, dice, un aleccionamiento que puede comenzarse, recomienda, por la vía verde. “Hay tanto joven enganchado a los movimientos contra el cambio climático, que hablarles de desperdicio de comida, generación de residuos o incremento de la desigualdad puede ser una manera para luego comprender que se vive con menos y se pueden tener detalles muy amorosos sin alto coste”, concluye.

El “secuestro” de la Navidad

Hasta el Papa Francisco ha alertado reiteradamente del mercantilismo al que se ha sometido esta fiesta, que “secuestra” el verdadero sentido de la Navidad, a su juicio. El pasado octubre, de cara a esta celebración, se organizó un encuentro, parte presencial y parte online, en el que el pontífice argentino defendía una economía diferente, “la que hace vivir y no mata, la que incluye y no excluye, la que humaniza y no deshumaniza, la que cuida la creación y no la depreda”.

Bergoglio habla de “frenesí” por las compras navideñas y denuncia que “el consumismo no está en el pesebre de Belén”, donde hay “realidad, pobreza y amor”.

Según datos de las Naciones Unidas y el Banco Mundial, cerca de mil millones de personas en el planeta viven en pobreza extrema, “pero ese dato no cala, porque la sociedad no está ordinariamente muy sensibilizada con esa realidad y no va a estarlo más porque llegue la Navidad. Hay sentimientos de solidaridad y gestos hermosos en esos días, pero eso no colisionan con las compras ni cambia esos gastos. Se mantiene la creencia de que los objetos contentan o hacen felices. El miedo a tenerlos sólo sirve sólo para acelerar los encargos”, concluye González.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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