Natalidad y aporofobia: ¿Las mujeres pobres tienen derecho a parir?

Juviamdy Garcia es una migrante venezolana de 19 años que viaja junto a su hijo de dos años. La imagen fue tomada luego de pasar el punto migratorio de la frontera entre Ecuador y Perú el 17 de junio de 2019. García, quien es paramédico, intentó cruzar la frontera por las trochas fronterizas a San Antonio del Táchira pero la policía colombiana se lo impidió. Se vio obligada a tomar otra ruta por un río."Deseo estar en mi país, mi sueño es ser médico. Pero tuve que abandonar porque salí embarazada y tuve una experiencia terrible". En Perú la espera su esposo para iniciar una nueva vida. (Foto REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

Los desplazados son rechazados en todas partes. Es una realidad en Colombia, en España y en Dubái. ¿Pero es ético pedir a una migrante que deje de reproducirse sólo por ser pobre?

La filósofa española Adela Cortina explicó el desprecio a los desposeídos de manera magistral: “No molesta el extranjero por el hecho de serlo. Molesta, eso sí, que sean pobres, que vengan a complicar la vida a los que, mal que bien, nos vamos defendiendo, que no traigan al parecer recursos, sino problemas”.

Cortina no sólo detalló el rechazo que los desamparados generan en las sociedades receptoras sino que dio un paso más allá al crear la palabra aporofobia, que fue adoptada como un neologismo válido por la Real Academia Española y elegida como palabra del año por la Fundación del Español Urgente Fundéu BBVA en 2017.

El significado de aporofobia es muy claro: significa el odio o el miedo al pobre. Lo formó al unir la voz griega á-poros, ‘sin recursos’ o ‘pobre’, y fobos, ‘miedo’.

Cortina usó el término por primera vez el 1 de diciembre de 1995 en una sección del ABC cultural que compartía con el filósofo y ensayista José Antonio Marina sobre ética para diferenciarlo del racismo y la xenofobia, en el marco de una conferencia sobre los desafíos europeos en el Mar Mediterráneo.

“Poner un nombre a esa patología social era urgente para poder diagnosticarla con mayor precisión, para intentar descubrir su etiología y proponer tratamientos efectivos”, escribió Cortina en el primer capítulo de su libro Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia.

Cortina pone el dedo en la llaga cuando dice que a nadie repugnan los extranjeros con suficiente dinero para comprar equipos de deportivos, o los inversionistas que montan fábricas y generan empleos, o los gitanos famosos. Pero el portazo en la cara llega a los inmigrantes pobres, a los refugiados políticos “que no tienen que perder más que sus cadenas”.

El problema no es entonces de raza, de etnia ni tampoco de extranjería. El problema es de pobreza. Y lo más sensible en este caso es que hay muchos racistas y xenófobos, pero aporófobos, casi todos” sentenció la filósofa.

Claudia y su pare de parir

El desarrollo teórico de Cortina sirve para interpretar el artículo de opinión de la periodista Claudia Palacios publicado el 12 de junio de 2019 en el diario El Tiempo, en el que pidió a las inmigrantes venezolanas en Colombia que no tuvieran hijos en territorio colombiano.

En el texto titulado “Paren de Parir”, Palacio se pregunta por qué los venezolanos desamparados "traen hijos al mundo a padecer", luego de señalar que en los últimos dos años han nacido 20.000 niños de padres venezolanos en Colombia.

Para sustentar su argumento menciona una fuente anónima, que le habría declarado que mientras las parejas colombianas compran mascotas, las venezolanas se juntan y tienen hijos para recibir el subsidio otorgado por el gobierno revolucionario de Nicolás Maduro.

Lo asombroso es que la periodista nació en un país que fue devastado por un conflicto armado que obligó el desplazamiento de al menos cuatro millones de personas por todo el mundo. Los colombianos encabezaron la lista de migrantes suramericanos durante décadas.

El censo de población realizado por el Instituto Nacional de Estadística de Venezuela en 2011 registró que al momento de la encuesta en el país vivían unas 721.791 personas nacidas en Colombia. En esa cifra no se encuentran los que nunca formalizaron su residencia, que según estudios sobre el flujo migratorio colombo-venezolano llegarían a los 680.000.

Tampoco están incluidos los hijos de las madres colombianas que nacieron en los hospitales públicos de la Venezuela petrolera.

Si las proyecciones del profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario Ronal Rodríguez son correctas en Venezuela habrían nacido unos tres millones de niños venezolanos hijos de progenitores colombianos.

Los venezolanos también mostraron su aporofobia al tildar de "colombiches" a los migrantes colombianos pobres en una época en que no eran asociados con el café ni el turismo sino con el narcotráfico, el hurto y la prostitución. Pero los hijos nacidos en Venezuela automáticamente eran reconocidos como ciudadanos de pleno derecho.

Nunca se les dijo "paren de parir". Hasta la madre de Maduro, Teresa de Jesús Moros, fue una cucuteña humilde ,que según las versiones oficiales, parió a su primera hija en Colombia y a los otros dos del otro lado de la frontera.

Palacios dijo en un programa de radio que ella nunca ha desconocido que sus compatriotas tuvieron hijos en Venezuela “Si los colombianos fueron allá a reproducirse de manera irresponsable también tendría que condenar eso”.

Los hijos de Chávez

Si hay algo en lo que Palacios tiene razón es que los programas sociales de la Revolución Bolivariana profundizaron aún más el drama del embarazo adolescente que había existido durante décadas.

Aunque la opacidad de los datos oficiales es total, ONGs y la Unicef coinciden en que Venezuela tiene una de las tasas de fecundidad adolescente más altas de Suramérica, al punto que aproximadamente 1 de cada 4 niños nace de una madre menor de 19 años.

Pero lejos de lo que cree Palacios, parir en Venezuela no es tan buen negocio.

La Misión Hijos de la Patria, decretada por Hugo Chávez en 2011, repartía unos 430 bolívares mensuales por cada uno de hasta 3 hijos menores de 17 años. Es difícil calcular el monto en dólares de las ayudas, porque al inicio del programa equivalía a unos 50 dólares mensuales (con un cambio promedio de 8,5 bolívares por dólar) y al final el aporte de había desintegrado a menos de 50 centavos ( con un cambio de 910 bolívares por dólar en 2015).

Unas 800 mil jóvenes dejaron de recibir la paupérrima ayuda cuando la corrupción, las malas políticas económicas y el colapso de Petróleos de Venezuela secaron los fondos para el populismo.

Maduro ha intentado restituir los subsidios con el Plan Parto Humanizado, que dice amparar a unas 400 mil embarazadas. Pero no hay data oficial ni extraoficial que respalden los anuncios. La única realidad palpable son las decenas de embarazadas que cruzan mensualmente la frontera.


Derechos reproductivos

Quizás en el máster de género que cursa Palacios no le hayan enseñado que ya no se habla de control de natalidad sino de derechos reproductivos. Eso implica practicar sexo de manera segura, tener los conocimientos para planificar a tu familia, acceso a asistencia médica que minimice los riesgos en el embarazo y la posibilidad de que tu niño nazca sano.

En Venezuela, el estado viola todos los derechos reproductivos de sus ciudadanos. Sin educación sexual, ni acceso a métodos anticonceptivos, ni asistencia médica los jóvenes no tienen la información ni los mecanismos para decidir si desean tener hijos y cuándo es el mejor momento para hacerlo.

La Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa (AVESA) reveló la tremenda escasez de métodos anticonceptivos en un estudio realizado a 151 farmacias en las 5 ciudades más pobladas del país.

Según su informe publicado en febrero de 2019, los anticonceptivos orales escaseaban hasta un 82,9% y los anticonceptivos inyectables faltaban en el 95% de los expendios. La escasez del 100% le tocó a los dispositivos implantables, parches y aros vaginales.

El índice de escasez de los anticonceptivos de emergencia fue un poco menor, al oscilar entre el 71% y 88%. Los condones si eran más fáciles de conseguir y se podían comprar en 4 de cada 10 farmacias . Quizás lo más problemático sería reunir los 10 dólares para adquirir un paquete de preservativos porque representaban dos salarios mínimos en junio del 2019.

La Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, denunció en su reciente visita a Venezuela que la escasez de anticonceptivos es real y aumentaba el embarazo adolescente y la mortalidad materno-infantil

Otro obstáculo gigante es el destartalado sistema público de salud, al que ya no sólo le faltan equipos, insumos, agua y luz, sino que también ha sufrido el éxodo de 23.000 médicos, 5.000 enfermeros y unos 6.000 bioanalistas. (Es pertinente mencionar que decenas de esos profesionales de la salud fueron contratados por el sistema de salud pública de Colombia, sin que el estado colombiano haya tenido que desembolsar ni un dólar en su formación profesional).

En medio de este pavoroso escenario, muchas chicas embarazadas pobres de Venezuela asumen el riesgo de que cruzar la peligrosa frontera con Colombia para sobrevivir.

Aporofobia al desnudo

Es evidente que las gestantes que llegan desnutridas a Colombia no son del agrado de la señora Palacios, porque en su columna dijo que el gobierno de su país "debe hacer del control de la natalidad en venezolanos una prioridad de su estrategia migratoria, aunque los recursos sean escasos".

Palacios se ha defendido de las lluvia de críticas al decir que ella está llamando a la paternidad responsable y que nunca ha pedido que las mujeres se sometan al aborto ni esterilizaciones forzadas, como ocurrió en Perú durante el gobierno de Alberto Fujimori.

Un caso alarmante de control de natalidad impuesto por un estado habría ocurrido en Israel, cuando aplicó métodos de control de natalidad a las judías negras provenientes de Etiopía que solicitaba asilo sin que las mujeres dieran su consentimiento.

Palacio dijo que en ningún momento ha dicho que hay que obligar a nadie a no tener hijos pero ha insistido en que no hay que ser condescendiente con una persona sólo por el hecho de ser pobre. “Pero yo jamás he dicho que los pobres no pueden tener hijos”. Yo soy hija de un hogar de cuatro hermanos de una pareja que no fue a la universidad, intentó excusarse.

Las migrantes pobres de todas partes del mundo necesitan que sus derechos sean restituidos y protegidos. No juicios de valor sobre su maternidad.

La venezolana Marlioth Armas, de 28 años, llora mientras carga a su hija Erimar, de 2 años, a las afueras de Tumbes, en Perú el 16 de junio de 2019. Dijo que salió de Venezuela por la escasez constante de productos básicos como leche y champú. (Foto REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)