El mundo en 2021: cuando la esperanza no disipa las nuevas sombras ni los viejos fantasmas

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Las principales noticias de Internacional de 2021. (Photo: AP / GETTY)
Las principales noticias de Internacional de 2021. (Photo: AP / GETTY)

Desde enero de 2020, la incertidumbre ocasionada por la pandemia de coronavirus todo lo salpica, todo lo impregna. Es imposible, más allá de lo fortuito, desligar la evolución del virus de la política exterior del planeta entero. El que cierra ha sido un año de oleadas, restricciones que van y vienen, oxígeno a rachas y, sobre todo, el año de la vacuna, el tiempo en el que se ha extendido la protección. Un chute de esperanza para el mundo que, sin embargo, viene lastrado por el desigual reparto de las dosis y que, por sí sólo, no oculta los males de estos 12 meses: el ascenso del autoritarismo, las nuevas guerras híbridas, los fotos de tensión al alza, los tiranos que vuelven al poder.

Según el proyecto Our World in Data, de la Universidad de Oxford, el 57,3% de la población mundial ha recibido al menos una dosis de la vacuna contra la covid y se administran 36,35 millones cada día, pero apenas el 8,3% de las personas de los países de bajos ingresos ha recibido al menos una dosis, cuando el porcentaje llega al 90% en países como España. El desequilibrio es brutal. Pese a los intentos en la Organización Mundial del Comercio (OMC), no se han liberado patentes, las fórmulas las siguen haciendo y vendiendo las farmacéuticas de siempre, por un alto beneficio, mientras que programas como el de Covax, creado por Naciones Unidas para llegar a la zonas más favorecidas, no hace más que rebajar sus horizontes: quería repartir 2.000 millones de vacunas este año y cierra con poco más de 790.

La nueva variante Ómicron, ejemplo de todas las que pueden llegar si se insiste en la política de tercera o cuarta dosis generalizada sin vacunar antes al planeta entero, ha sido el colofón a un tiempo que deja 5,39 millones de muertos en el mundo y 278 millones de enfermos.

Cambios de liderazgo

2021 empezó con un cambio muy esperado: Donald Trump había perdido las elecciones del noviembre previo y, en enero, salió de la Casa Blanca para dar paso a Joe Biden. Sin embargo, no fue un relevo tranquilo, porque el día de Reyes se produjo el asalto al Capitolio de Washington, la mayor agresión a la democracia moderna conocida en EEUU, alentada por el discurso de Trump de robo electoral e ilegitimidad de sus adversarios. El rosario de muertos, heridos, arrestos y procesamientos, además de la comisión de investigación creada para depurar responsabilidades sobre este ataque, han marcado el año político en el país de las libertades.

Biden ha cambiado de nuevo las formas del poder, alejadas del histrionismo y la desfachatez, hasta la mentira, de su predecesor, aunque ha imprimido menos giros de los que hubiera deseado. Su primer reto fue doble: abordar la pandemia -del que salió airoso- y unir a una sociedad profundamente dividida -que tiene a medias aún, y será largo-. Sin embargo, su popularidad cierra el año en mínimos porque se le han ido complicando las cosas, desde la apariciónde nuevas variantes a la inflación, pasando por los problemas (llegados incluso desde el seno de su partido) para aprobar planes sociales y de infraestructuras vendidos en campaña como troncales. A un año de las midterms o elecciones de mitad de mandato, Biden tiene que acelerar, cuando hay imágenes que lastran su mandato, como las de los niños migrantes enjaulados en la frontera o los soldados norteamericanos saliendo de Kabul y dejando Afganistán en manos de los talibanes, sin duda, una de las noticias del año.

También ha cambiado de manos el poder en Alemania, cerrando 16 años de era Merkel. El socialdemócrata Olaf Scholz, que había sido ministro de Finanzas con la conservadora, es el nuevo canciller, gracias a una coalición insólita con verdes y liberales. La campaña fue sosa, sin grandes apuestas y con los ciudadanos tratando de dar con un líder parecido a Merkel, para que las cosas no cambien mucho. Lo encontraron en el partido de enfrente, pero efectivamente propone continuidad, con unas cuantas pinceladas más rojas y aperturistas. En la línea con una Europa en la que la izquierda gana terreno.

Merkel tiraba del carro en la Unión Europea, así que desde Bruselas y desde las capitales de los otros 26 estados miembros se mira con ansia a Berlín para ver las nuevas apuestas, alianzas y exigencias. En Francia, Emmanuel Macron tratará de ocupar este hueco, pero no, no es Angela. Puede salirle competencia en ese podio con el italiano Mario Draghi, otro de los nombres del año al llegar en febrero al timón de su país con el reto de rescatarlo. Una crisis de la coalición previa, en gran medida debida a los excesos del ultra Matteo Salvini, obligó a una alianza templada de unidad nacional.

También se ha ido en Europa el austríaco Sebastian Kurz, acusado de corrupción, y en Portugal, Antonio Costa se ha visto obligado a convocar elecciones en enero porque no le salían las cuentas para sacar adelante los presupuestos. Es una de las incógnitas para el nuevo año.

Alternancia histórica ha habido en Israel, donde la mano del rey Bibi, Benjamín Netanyahu, dejó de mecer la cuna. 15 años ha estado como primer ministro del país, pero en primavera una alianza de hasta ocho partidos -incluyendo por primera vez una formación árabe- lo acabó echando, tras cuatro elecciones en las que fue imposible lograr una mayoría estable. El hipernacionalista Naftali Bennet y el centrista Yair Lapid se aliaron para liderar el país, repartiéndose el cargo, dos años para cada uno. Bennet es hoy el primer ministro. No ha habido muchos cambios internos y, menos, en sus relaciones con los palestinos. Por ahora se han centrado en controlar la pandemia y, eso sí, profundizar en sus nuevas relaciones con países árabes, como los del Golfo Pérsico o Marruecos, con los que están firmando acuerdos comerciales, turísticos y hasta defensivos.

Siguiendo por Oriente Medio, en Irán se fue Hassan Rohaní y llegó Ebrahim Raisí a la presidencia. Ultraconservador, exresponsable del poder judicial, sin oponentes, promete apretar las tuercas en la república islámica. No hay esperanza de apertura. Un hueso duro de roer cuando, en la segunda mitad del año, se han acelerado de nuevo los contactos para volver a la senda del acuerdo nuclear de 2015, del que Trump se salió y al que EEUU parece querer volver, pero con condiciones.

Nuevos rostros han llegado a América Latina, ilusionando a sociedades como la peruana y la chilena que llevan saliendo a la calle años en busca de más justicia social. Pedro Castillo es el nuevo presidente de Perú y Gabriel Boric, el de Chile, inmerso además en un proceso de reforma constitucional revolucionario desde los tiempos de la dictadura. Cambio forzoso el de Haití, donde se produjo en julio el asesinato de Jovenel Moïse, que ha sumido al país en una crisis aún más profunda.

No es nuevo, sino repetitivo y fiero, el Daniel Ortega que ha ganado otra vez en Nicaragua en unas elecciones oscuras, con toda la oposición en la cárcel o el exilio. Tampoco es nuevo Nicolás Maduro, que sigue ganando elecciones en Venezuela, en este caso locales y regionales, aún con quejas de transparencia, incluso aunque este año haya participado parte de la oposición, que sigue con su proceso de división interna y de cuestionamiento del liderazgo de Juan Guaidó. En Cuba ha habido un relativo cambio: la marcha de Raúl Castro al frente del Partido Comunista, relevado por Miguel Díaz-Canel, actual presidente. Continuismo en la cúpula pero con una oposición fresca en la calle, donde se ha producido levantamientos sociales históricos, con una juventud cansada y peleona.

Vuelve el miedo

La democracia no se ha abierto camino este año, ni un centímetro. Vamos para atrás. Más de dos tercios de la población mundial vive en sistemas en retroceso o regímenes autocráticos, una tendencia acentuada por la pandemia, según el informe anual del Instituto para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional). El número de democracias liberales está disminuyendo y que el número de países en dirección autocrática es tres veces mayor que el de los que van en la dirección contraria. Es lo que se ve en Hungría, Filipinas, Turquía o Sri Lanka, en Venezuela o Bielorrusia.

A eso se han sumado en este año fenómenos ya existentes pero acentuados como el de las guerras híbridas, del que el mejor ejemplo ha sido la presión ejercida contra Europa por Bielorrusia: ante las sanciones impuestas al dictador Alexandr Lukashenko, Minsk ha apretado la soga retando a Bruselas con detenciones de opositores parando en pleno vuelo un avión con origen y destino en la UE o presionando con miles de migrantes en la frontera de Polonia, sin importar lo más mínimo sus vidas.

Con Rusia como principal valedor de esta república exsoviética, la tensión se incrementa. En paralelo a esta crisis, además, en la segunda mitad del año se ha incrementado la de Ucrania, con los mismos protagonistas, Bruselas y Moscú, y Washington por añadidura. El movimiento masivo de tropas rusas a la frontera ucrania hace temer a las Inteligencias occidentales un intento de ataque no más allá de 2022, por lo que se han multiplicado las reuniones, las amenazas y exigencias cruzadas en las últimas semanas. Si no haces, no hago. Si haces, hago.

Abriendo el foco, más al este, hay dos grandes puntos de tensión que han copado titulares este año: el área del IndoPacífico y Taiwán. Todo tiene que ver con lo mismo: el creciente poder de China y el miedo, especialmente de EEUU, a ese ascenso. En este año, ha habido movimientos defensivos que han generado roces en el Mar de China Meridional y también EEUU, Reino Unido y Australia han firmado el polémico Aukus, un acuerdo defensivo para prevenir la influencia china y con el que no han dudado en dejar de lado a un socio histórico como Francia.

Afganistán ha tenido mucho que ver en esto. Parecía imposible. Tras 20 años de presencia en la zona, EEUU y sus aliados occidentales dejaron el país el pasado agosto, en manos de los mismos islamistas a los que se lo habían arrebatado: los talibanes. Dos décadas de lucha contra el yihadismo, de promesas de democracia y de libertades conquistadas para volver al mismo puño de hierro que sometió a la población, especialmente a las mujeres, entre 1996 y 2001.

El avance talibán era un secreto a voces, había informes de Inteligencia y de Defensa alertando de lo que iba a pasar, hasta que cayó Kabul. Un fracaso estrepitoso de los aliados, que ha puesto en tela de juicio el papel internacional de Washington y de la OTAN y que ha avivado el debate de la autonomía estratégica de la UE y hasta de un ejército comunitario. Un fracaso, sobre todo, que ha mandado a la soga, al encierro o al exilio a quienes colaboraron con los extranjeros y que ha cerrado la puerta a una nueva generación de mujeres trabajadoras y estudiantes. El fanatismo ha ganado. Y Occidente le ha dejado hacerlo.

2021 ha perpetuado conflictos como el de Yemen, la mayor crisis humanitaria del planeta, o Siria, camino de los 11 años de guerra, y ha visto cómo se agravaba profundamente el de Tigray (Etiopía). El primer ministro etíope, ganador del premio Nobel de la Paz en 2019, ordenó en noviembre de 2020 una ofensiva contra el Frente Popular para la Liberación de Tigray (TPLF) que ha sumido al país en un conflicto que amenaza con desestabilizar la región del Cuerno de África, donde Adís Abeba juega un papel clave. Durante los últimos meses ha llegado incluso a trasladarse al frente de guerra para dirigir las operaciones del Ejército, después de que los avances del TPLF amenazaran la capital. Ha prometido investigar las numerosas denuncias sobre crímenes de guerra y contra la humanidad en el país, sumido en una profunda crisis humanitaria, pero no hay nada concreto por el momento.

Europa y sus valores

La Unión Europea ha vivido este año en una montaña rusa. Capaz de lo mejor y de lo peor. Ha habido consenso para cuajar el fondo de recuperación, para que todos los países superen el coronavirus con 806.900 millones de euros, y para la emisión de deuda conjunta, entre los Veintisiete, algo que parecía impensable. La vacunación pilotada desde Bruselas ha sido un éxito, también, reforzando en no pocos países el espíritu comunitario. Hasta Países Bajos se quiere bajar del carro de los frugales.

Y, sin embargo, Europa tiene el alma tocada. Los levantamientos de Hungría y Polonia, con gobiernos populistas de ultraderecha que se declaran insumisos ante las leyes europeas, están poniendo a la Unión frente al espejo, ante la necesidad de preservar sus valores y sancionar a quien se salga del tiesto, de estar firme para que la ola reaccionaria, ultranacionalista y contraria a los valores fundacionales no triunfe.

El debate es intenso sobre las sanciones que se han adoptar, como la congelación de fondos europeos para estas naciones hasta que reconduzcan su camino, y se han producido reveses de los tribunales europeos que los aludidos no están dispuestos a aceptar.

En el plano diplomático y defensivo, se abre la nueva Brújula Estratégica, que debe marcar los pasos a seguir para que Bruselas sea más autónomo en la toma de decisiones y se pueda orientar más por sus intereses que por los de otros. Este ha sido un tiempo de mucho debate que ha de cristalizar en 2022.

Unos preocupados por el comercio y otros...

La crisis comercial ha dominado también el año. Los contenedores no llegaban, y no era culpa del Evergreenencallado en el Canal de Suez en marzo. Varios factores, relacionados todos ellos con el coronavirus, han disparado los precios de los portes, generando retrasos y escasez, lo que se suma a las carencias previas en almacén tras año y medio de bloqueo pandémico. Han faltado artículos y los precios por este cuello de botella han subido y lo siguen haciendo, generando una inflación generalizada.

Frente a las preocupaciones de si llegaban o no los regalos de navidad, la desigualdad. La covid-19 ha tenido “impactos desproporcionados en los pobres y vulnerables en 2021”, dice el Banco Mundial, que se traducen en una recuperación económica desigual. Está provocando retrocesos en el desarrollo y suponiendo un revés en los esfuerzos para poner fin a la pobreza extrema y reducir la desigualdad. En la edición de junio del informe Perspectivas económicas mundiales se señaló que, si bien la economía mundial crecerá un 5,6 % en 2021 (el mayor ritmo después de la recesión en 80 años), la recuperación será desigual. Se proyecta que las economías de ingreso bajo crecerán solo un 2,9 % en 2021, el crecimiento más lento de los últimos 20 años, con respecto a 2020, en parte debido al lento ritmo de la vacunación.

En el campo de las migraciones, estamos ante el año del éxodo de los afganos, de los retornados a Libia, de las nuevas rutas hacia Bielorrusia, de los migrantes usados como arma política en Ceuta, de las riadas que cruzan Centroamérica en busca del sueño estadounidense. Los movimientos desesperados de personas han seguido marcando en gran medida las necesidades humanitarias en 2021, con una cifra récord de desplazados y refugiados -de 82,4 millones, según un informe del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) publicado en junio- y alrededor de 4.500 personas muertes en rutas migratorias, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que asume que la cifra, provisional, es sólo la punta del iceberg.

Aún así, han llegado algunas buenas noticias. Por ejemplo, que pese a que cada vez hay más niños y niñas forzados a trabajar -160 millones- y cada vez más pequeños -la mitad tiene entre cinco y 11 años-, para el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia 2021 será recordado como el Año Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, que se tradujo en septiembre en el primer acuerdo vinculante relativo al sector textil. O que el periodo anual de hambruna se ha reducido de 3,6 a 1,4 meses. El programa de desarrollo de tierras áridas, iniciado en 2013, ha permitido ayudar a 60.000 agricultores y recuperar unas 50.000 hectáreas, con resultados “espectaculares” en opinión de World Vision. Aún queda lejos el objetivo de hambre cero, pero es un paso.

Una cumbre decepcionante

Y también ha sido el año del clima, del examen de la Cumbre de Glasgow, la decepcionante COP26, aunque con algunos brillos de esperanza. Del 31 de octubre al 12 de noviembre, 25.000 delegados de 200 países y alrededor de 120 jefes de Estado debatieron durante días, pero, finalmente, el acuerdo alcanzado no fue tan ambicioso como las intenciones de la cumbre. Así lo señaló la activista Greta Thunberg, que tildó el encuentro de “fracaso”.

En el mes de agosto se publicó el informe del IPCC –el panel de especialistas del clima ligado a la ONU–, el más importante de la década sobre la crisis climática, y en sus más de 3.000 páginas se decía que aún es posible no superar los 1,5 grados si se hacen reducciones drásticas. No obstante, avisa de que ya se han causado cambios “irreversibles” para los próximos “siglos o milenios”, todo un bofetón, tan sonoro como esperado, por otro lado, para los humanos que lo han transformado todo.

Año intenso el que se cierra, que deja para el que viene muchas incógnitas y una certeza: hay una nueva era mundial en marcha y nada es como lo conocíamos.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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