Muchos no contábamos con lo que pasó en el estreno de 'Secret Story'

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Receloso pero expectante. Así definiría cómo el público, entre el que me incluyo, se sentía ante el estreno del Secret Story de anónimos. Y no es para menos. Después de tantos realities seguidos en la parrilla de Telecinco y un Secret Story de famosos que terminó decayendo en sus últimas semanas, el entusiasmo por ver otro programa de la misma tinta se cogía con pinzas. Sin embargo, tras el debut de la nueva edición en la noche del jueves, por fin puedo sentir que estoy viendo un reality a todo color, como los de antes, como los de siempre. Ahí, en lo desconocido, empezó todo y era el momento para recuperarlo. A esta decisión de Mediaset de apostar y tirarse a la piscina, hay que sumarle otro factor clave que ha convertido este estreno en algo histórico. Un paso decisivo de la cadena que no tiene precedentes.

Y es que nadie se esperaba lo que vimos este jueves en la casilla de salida Secret Story, y esto solo acaba de empezar…

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Ahí estaba una servidora desde las 21.55 sentada en el sofá y más que lista para la nueva puesta en escena de Telecinco. Tenía pocas esperanzas de ver algo distinto que me sorprendiese, pero me generaba cierta curiosidad ver a Carlos Sobera en el papel principal, ¿le daría su personalidad o seguiría la línea de Jorge Javier Vázquez? Bueno, y qué decir del casting. Esa es otra de las incógnitas que me rondaban la cabeza. ¿Optarían por personas demasiado excéntricas solo para dar de qué hablar? Y así una larga lista de dudas que quedaron resueltas prácticamente en el primer minuto de emisión.

Solo con ver la entradilla supe que Telecinco había apostado fuerte por no caer en el mismo esquema rancio de siempre. El arranque en plan musical con cuerpo de bailarines incluido y sus presentadores, Carlos, Sandra Barneda y Toñi Moreno, ejerciendo de actores y cantantes fue puro delirio. Tan absurdo como original, pero divino. Y qué decir de los colaboradores. ¡Por fin caras nuevas! Ese movimiento de ficha también ha aportado una bocanada de aire fresco que ya hacía falta. Ver a Mario Vaquerizo dándolo todo con sus salidas de tono tan únicas e irrepetibles me hizo la noche. También Nagore Robles. Aunque ella es una asidua de los debates, verla en este formato en el que ella nació televisivamente le da un encanto especial. Ahí estaban también el cantante Xuxo Jones y la locutora Cristina Boscá, dos caras bastante ajenas a todo esto pero que estuvieron a la altura en sus intervenciones.

Quien también se lo curró, y mucho, fue el equipo de casting. Creo que han encontrado un equilibrio muy bueno que va a dar mucho juego. El abanico abarca desde Carmen, una chica que no calla ni debajo del agua y que ha salido la primera nominada, hasta Brenda, una barrendera que no lo ha tenido fácil, o Carlos, el primer concursante no binario de una edición de telerrealidad en España. Y así hasta 16. Todos con sus cosas, sus miedos y sus salidas de tono, pero también con una emoción que saltaba a la vista. La ilusión y los nervios que emanaba de ellos traspasaba la pantalla. También la de los colaboradores y el presentador Carlos Sobera, quien, vuelvo y repito, estuvo en su punto, ni mucho ni poco, sino en su justa medida. Lo bordó.

Ya sabemos que Carlos es un presentador divertido con una buena ristra de años a sus espaldas y formatos de lo más variopintos en su currículum. Ya estuvo en la edición de Secret Story VIP, así que más o menos, sabíamos por dónde iban a ir los tiros. Pero he de decir que se superó. No lo digo solo yo, lo dicen las redes que no tardaron en admitir que supo darle color, sabor y emoción al asunto. Eso de ir vestido de fucsia, bromear con el equipo de fútbol del Bilbao y soltar perlitas como “hace falta tener un cuerpazo para llevar esto”, dijo refiriéndose al modelito, causó buena sensación y le dio el aprobado con muy buena nota.

Pero hay algo más con lo que no contaba y creo que nos pilló a todos por sorpresa: las pruebas a los participantes antes de entrar. A diferencia de otros años que uno llegaba y besaba al santo, aquí se lo han tenido que currar y mostrar cuáles son sus colores desde el minuto uno. La cosa fue así: cada uno contaba sus debilidades y fortalezas en sus videos de presentación. Sus dolores y alegrías y, en base a eso, llegaría el filtro por el que Carlos les haría pasar para que la audiencia les conociese aún más. Una pequeña trampa a los participantes que, si no lo hacían bien, ya quedaban bastante retratados. Por ejemplo, Adrián, el joven profesor de 26 años, entraba a este concurso por varias razones, una de las más importantes es su unión con un amigo fallecido con quien vio su primer reality. El momento nos hizo derramar lágrimas. Cuando más emotivo estaba el asunto, Sobera le puso al lado un maletín de 40 mil euros y la posibilidad de irse a casa con él sin concursar. ¿Qué hizo? ¿Cumplió su promesa de darlo todo en honor a su recordado amigo o el gusanillo de los billetes le hizo darse la media vuelta con los bolsillos llenos? Fiel a sus principios y a su amistad, se quedó. Y como esas otras cuantas ideas de casquero más que dejaron entrever quién es quién.

¡Y qué decir de los secretos! Eso ya es para dar de comer a parte. Cuando el presentador empezó a compartir lo que se esconde detrás de cada participante, uno no sabía si aquello era realidad o ficción. Así que el enganche aún fue mayor. “Soy virgen”; “Fui infiel 100 veces”, “Me enganché a comer estropajos” o “He abierto un cadáver”, son tan solo algunos de ellos.

Pero si hay algo que le puso la guinda al pavo y nos descolocó a todos, fue la decisión de Telecinco de escuchar al público y acatar sus peticiones. La polémica con las votaciones pagadas que llevaba tanto tiempo cuestionándose y que reventó en la edición VIP de este reality el año pasado, llegó a su fin. Ya no existe el televoto ni la posibilidad de que familiares y amigos se dejen el sueldo para que su defendido se quede en la casa. Ahora todo será a través de la página web oficial ¡y gratuito! Los deseos de la audiencia han sido concedidos y así lo adelantó Carlos con alegría y alboroto.

Está claro que la cadena ha dado un lavado de cara al género y ha sabido empezar desde cero rescatando la esencia de siempre y aportando todo lo nuevo que suma. Caras frescas, un presentador diferente, participantes desconocidos, pruebas que generan curiosidad y situaciones con las que uno se identifica son los ingredientes que al agitar en la coctelera han obtenido un producto convincente. Aunque el intento bien currado de Telecinco por llenar ese vacío fue muy aplaudido, los datos no han sido los esperados. Secret Story 2 hizo un 14.5% de share superando a Los misterios de Laura pero quedándose por detrás de la película La tribu, de Antena 3, la cual se hizo con el prime time. Dato llamativo e inesperado teniendo en cuenta el estreno a todo dar del reality estrella que tanta expectación generaba.

Hay que darle tiempo al tiempo. Si el programa sigue esta línea, no me cabe duda que remontará y ganará cada vez más adeptos. En resumen, todo esto es lo que pocos esperábamos ver, que no ha sido más de lo mismo sino una apuesta que pretende sacudir y renovar. La decisión de retomar los anónimos se antoja como todo un acierto, yo diría que seguro. Los VIP ya nos estaban hastiando. Aunque así de primeras puedan aportar más morbo por quienes son, al final no dejan de ser caras públicas cuyas vidas más o menos nos sabemos de memoria. Empezar con alguien desde cero y conocer su realidad sin caretas, cuentos aprendidos ni historias televisivas de fondo, atrapa y engancha mucho más a medio plazo. Ya era hora de rescatar el formato en su esencia, con menos floripondio y más verdad. Estábamos agotados de más de lo mismo, de favoritismos, de rencillas de unos y otros que ocultaban lo más importante en un reality, el sentimiento puro y duro más allá de una imagen.

Tengo la sensación de que Telecinco ha aprendido la lección y eso también merece un aplauso. Ha sabido darle al público lo que tanto tiempo lleva pidiendo a gritos. Funcione o no, el tiempo lo dirá. Por lo menos yo me he quedado con ganas de más. Si esto es lo que se han atrevido a hacer en el arranque, no quiero imaginarme la que se avecina.

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