El enemigo en casa: cuando tus propios compañeros se lavan las manos mientras recibes insultos racistas en un campo de fútbol

Jugadores y técnicos del Oporto intentan retener a Moussa Marega, de espaldas, para que no se marche del campo tras recibir gritos racistas en Guimarães. Foto: Miguel Riopa/AFP via Getty Images.

Uno de los valores más importantes que se aprenden desde bien pequeños cuando se practican deportes de equipo es el compañerismo. Fuera del campo quizás no nos soportemos ni nos dirijamos siquiera la mirada, pero mientras estemos en el terreno de juego con los mismos colores en la camiseta, se crea entre nosotros una especie de vínculo sagrado: derrocharemos por ellos hasta nuestra última gota de sudor y estaremos dispuestos a enfrentarnos con quien sea para defenderles. Precisamente de eso va el fútbol y otros juegos similares: un grupo de personas diversas, de orígenes varios, unidos por la causa común.

En ocasiones, sin embargo, parece que esa lección tan básica no está bien aprendida. Puede dar fe de ello Moussa Marega, futbolista nacido en Francia pero de nacionalidad maliense que juega en el Oporto portugués. Este delantero de 28 años ha sido víctima del último episodio de racismo, en la visita de su equipo al Vitória de Guimarães. Cansado de insultos recibidos desde la grada, optó por cortar por lo sano y largarse del campo

En la grabación del encuentro se puede ver cómo el número 11, harto de recibir ofensas, pide al entrenador Sérgio Conceição que le sustituya y cruza el campo para marcharse a los vestuarios. Lo sorprendente, sin embargo, es que sus propios compañeros no solo no le apoyan, sino que tratan de retenerle para que se quede en el césped. Se le puede ver incluso forcejeando con algunos de ellos; de hecho, tarda hasta tres minutos en esquivarles a todos y poder irse del lugar antes de ser reemplazado. Se da la circunstancia de que los hechos ocurrieron en torno al minuto 68, menos de diez después de que el propio Marega hubiera marcado el 1-2 que acabaría dando la victoria al Oporto.

Más allá de que el árbitro no tomara cartas en el asunto y parara el partido, o incluso lo suspendiera; más allá incluso de las sanciones que pueda imponer la federación portuguesa a la hinchada local; lo vergonzoso del asunto es la pasividad o incluso hostilidad de sus propios compañeros. Se puede llegar a entender que pensaran que la reacción de Marega, aun siendo él la víctima, pudiera perjudicar de alguna manera al equipo. Cabe suponer incluso que pensaran que, como los insultos racistas son desgraciadamente habituales, tenía que haber tenido más aguante. Todo esto, si acaso, puede explicar la situación, pero ni mucho menos justificarla. No tiene perdón que un jugador del equipo propio esté siendo atacado de forma tan ruin y no solidarizarse con él.

Porque a posteriori sí hubo reacciones de empatía. El propio Conceição, sin ir más lejos, publicó poco después de los hechos un tibio #notoracism en su cuenta de Instagram. Y en la rueda de prensa posterior al partido dijo estar “indignado” y tildó de “lamentable” lo ocurrido, añadiendo que “somos una familia, independientemente de la nacionalidad, del color de piel o de cabello. Todos somos humanos y merecemos respeto”. Pero lo hizo después. En el campo era de los que más se esforzaban para evitar que Moussa abandonara el campo. Igual que todos los demás futbolistas y dirigentes del país, que abrieron la boca cuando ya el daño estaba hecho.

Es inevitable trazar paralelismos con sucesos parecidos. Por desgracia hay muchísimos para elegir; en España, por ejemplo, uno de los precedentes más recordados lo protagonizó el camerunés Samuel Eto’o en su etapa en el Barcelona. En febrero de 2006, durante un partido en Zaragoza, también decidió plantarse ante los gritos despectivos de la grada de La Romareda. Esa vez, compañeros, rivales y hasta el propio árbitro le convencieron para que se quedara.

En otras ocasiones, sin embargo, sí que se han adoptado medidas más contundentes en el mismo momento, que es quizás lo único que funciona en estos casos. Es inevitable acordarse de la suspensión, hace apenas unos meses, del Rayo-Albacete debido a los cánticos desde el fondo de Vallecas llamando nazi a Roman Zozulia, jugador del club manchego. Al margen de cuál es o deja de ser la ideología del ucraniano, asunto sobre el que sigue habiendo dudas razonables, llama muchísimo la atención el doble rasero empleado (parece más grave usar “nazi” que “negro” como descalificativo) y el hecho de que en aquellas circunstancias los jugadores albaceteños no tuvieran la más mínima duda a la hora de posicionarse a favor de su colega.

Tristemente, el fútbol sigue teniendo un problema de racismo de grandes proporciones. Cada cierto tiempo se hacen campañas institucionales que hacen quedar muy bien a sus responsables, pero que a la hora de atajar el problema real se muestran tremendamente ineficaces. Si desde arriba está visto que no se consigue nada, quizás habría que empezar a afrontar el problema desde abajo, haciendo que los propios futbolistas se impliquen activamente y pongan freno a estas actitudes.

Marega ha dado un primer paso, pero es imprescindible, primero, que todas las demás víctimas tomen ejemplo y hagan lo mismo en situaciones parecidas, y sobre todo, que los compañeros que no sufren estos ataques se solidaricen. Les guste o no, son referentes muy imitados por buena parte de la población, especialmente los más jóvenes; sus salarios abultadísimos no implican solo darle patadas a la pelota, sino también una responsabilidad de conducta ante la sociedad. De manera que si se tiene que parar un partido, o un campeonato entero, que se pare. Ya se han traspasado demasiados límites. Es hora de que los racistas dejen de tener cómplices en el mismo terreno de juego.

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